Parte 2: EL REGALO QUE DERRUMBÓ SU MENTIRA

Julián no hizo más preguntas.

—Quédate donde estás.

Colgó.

Guardé el teléfono y me agaché frente a Camila.

Le limpié las lágrimas con el pulgar.

—Mi amor…

Ella abrazó con fuerza la caja de regalo.

—¿Papá ya no nos quiere?

Sentí que el corazón se rompía.

—Eso solo puede responderlo él.

Las puertas del elevador se abrieron.

Dos hombres con traje oscuro salieron.

No eran invitados.

Reconocí inmediatamente a los escoltas de mi familia.

Detrás de ellos apareció Julián.

Traje gris.

Corbata azul.

La misma serenidad con la que negociaba adquisiciones multimillonarias.

Mónica dejó de sonreír.

—¿Quién es usted?

Julián ni siquiera la miró.

Se acercó primero a Camila.

Se arrodilló.

—¿Todavía quieres darle tu regalo a tu papá?

Ella asintió en silencio.

—Entonces vamos.

Mónica extendió un brazo.

—Nadie puede subir sin autorización.

Julián sacó una tarjeta negra.

No dijo una palabra.

El gerente general del hotel apareció corriendo apenas la vio.

—Licenciado Cárdenas…

Buenas noches.

Julián habló con absoluta calma.

—Abra inmediatamente el salón principal.

El gerente tragó saliva.

—Por supuesto.

Mónica comenzó a palidecer.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió.

Las puertas del elevador se cerraron.

Subimos al piso dieciocho.

El salón Imperial estaba lleno.

Empresarios.

Banqueros.

Políticos.

Representantes de fondos internacionales.

Más de trescientas personas.

Sebastián estaba sobre el escenario.

Sonriendo.

Con un micrófono en la mano.

A su lado permanecía una mujer elegante de vestido blanco.

Mariana Alcázar.

Y junto a ella un niño de unos ocho años.

—Esta nueva etapa del Grupo Fuentes-Alcázar…

decía Sebastián,

…es posible gracias al apoyo incondicional de mi esposa y de mi hijo.

Los aplausos llenaron el salón.

En ese instante se abrieron las puertas.

Todos voltearon.

Camila seguía abrazando su pequeña caja.

Yo caminaba detrás.

Julián avanzaba a mi lado.

Sebastián nos vio.

El micrófono se deslizó lentamente de su mano.

—Elena…

Mariana giró confundida.

Mónica llegó corriendo detrás de nosotros.

—¡Seguridad!

Pero el gerente del hotel habló antes.

—Nadie toca a la señora.

El silencio fue absoluto.

Camila caminó lentamente hasta el escenario.

Sebastián descendió un escalón.

—Camila…

Mi hija levantó la caja.

—Era para ti.

Su voz era apenas un susurro.

—Porque pensé que eras el mejor papá del mundo.

Todo el salón permanecía inmóvil.

Sebastián tomó la caja con las manos temblando.

La abrió.

Dentro encontró la corbata de papel.

La fotografía familiar.

Y una tarjeta escrita con letras infantiles.

“Aunque siempre trabajes, yo sé que me quieres.”

Vi cómo sus ojos comenzaban a humedecerse.

Pero ya era demasiado tarde.

Julián subió al escenario.

Tomó el micrófono.

—Buenas noches.

Mi nombre es Julián Cárdenas.

Varias personas comenzaron a murmurar.

Reconocían perfectamente aquel apellido.

—No tenía intención de asistir a este evento.

Pero hace veinte minutos mi sobrina fue informada de que su padre tenía otra esposa y otro hijo oficialmente reconocidos.

Miró directamente a Sebastián.

—Creo que todos los presentes merecen conocer la situación completa antes de continuar celebrando esta fusión.

Mariana observaba alternativamente a Sebastián y a mí.

—¿Qué está diciendo?

Nadie respondió.

Julián sacó una carpeta.

—Durante nueve años…

Mi hermana ocultó deliberadamente el origen de nuestra familia.

Lo hizo porque deseaba ser amada por quien era.

No por el patrimonio que heredó.

Los murmullos crecieron.

Varios inversionistas comenzaron a consultar discretamente sus teléfonos.

Julián continuó.

—El señor Sebastián Fuentes conoció a Elena como una simple orientadora escolar.

Jamás supo que era heredera del Grupo Cárdenas.

Jamás supo que el apartamento donde vivieron pertenecía a un fideicomiso familiar.

Ni que los recursos con los que sobrevivió su empresa durante los primeros años provenían indirectamente del patrimonio administrado por ella.

Sebastián quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Lo miré por primera vez desde que entré.

—Nunca te mentí.

Simplemente nunca preguntaste quién era antes de decidir que no era suficiente para ti.

Mariana comenzó a retroceder.

—Sebastián…

¿Quién es esta mujer?

Él abrió la boca.

Pero no encontró palabras.

Julián sacó otro documento.

—Aquí tengo las actas de matrimonio.

Una registrada hace nueve años con Elena Reyes.

Y otra, celebrada tres años después, donde el señor Sebastián Fuentes declaró bajo protesta de decir verdad que era soltero.

El salón entero quedó en silencio.

Un abogado dejó caer lentamente su copa.

Un notario presente levantó inmediatamente la vista.

Mariana sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—Eso significa…

Julián asintió.

—Que alguien mintió en documentos oficiales.

Sebastián respiraba con dificultad.

—Yo…

Puedo explicarlo.

Entonces una voz femenina interrumpió.

—No hace falta.

Todos giramos.

Era Mariana.

Tenía el rostro completamente blanco.

Sacó lentamente su teléfono.

Miró a Sebastián.

—Hace un año mi padre me obligó a firmar un acuerdo prenupcial.

Decía que debía proteger el patrimonio familiar por si algún día descubría quién eras realmente.

Sebastián la observó desconcertado.

Ella respiró profundamente.

—Pensé que desconfiaba demasiado de ti.

Ahora entiendo que llevaba años investigándote.

Julián cerró lentamente la carpeta.

—Precisamente por eso estamos aquí.

Fruncí el ceño.

No entendía.

Mi hermano me miró.

—Elena…

La familia Alcázar no es nuestra enemiga.

También fueron engañados.

En ese momento un hombre de unos sesenta años se levantó de la primera mesa.

Era Arturo Alcázar.

Uno de los empresarios más poderosos del país.

Caminó lentamente hasta el escenario.

Miró a Sebastián.

Después me miró a mí.

Y finalmente habló.

—Señora Elena…

Hace seis meses contraté investigadores privados porque sospechaba que mi yerno llevaba una doble vida.

Hizo una pausa.

—Pero ninguno de los informes explica algo que acabo de descubrir esta noche.

El salón entero guardó silencio.

Arturo levantó lentamente una fotografía.

Era una imagen antigua.

Muy antigua.

En ella aparecían mi padre…

Y el suyo.

Juntos.

Sonriendo.

Muchos años antes de que Sebastián y yo nos conociéramos.

Arturo respiró profundamente.

—Parece que nuestras familias no eran extrañas.

Lo fueron todo durante veinte años.

Hasta que un hombre nos traicionó a ambos.

Miró directamente a Sebastián.

—Y empiezo a creer que tu matrimonio con mi hija… y con Elena… nunca fueron casualidad.

Fueron parte del mismo plan.

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