Parte 2: EL VENENO BAJO EL MISMO TECHO

Durante varios segundos, nadie respiró.

La frase de Emma quedó suspendida sobre la cocina como una cuerda tensada al límite.

“Como la medicina de papá antes de irse a dormir y nunca despertar.”

Alessandro dejó de mirar a la niña.

Sus ojos se clavaron en Sophia.

La criada apretó el paño entre los dedos hasta que los nudillos se le volvieron blancos. Tenía los labios entreabiertos, pero ningún sonido consiguió salir de ellos.

—¿De qué medicina habla tu hija? —preguntó Alessandro.

No elevó la voz.

No necesitaba hacerlo.

Sophia miró alrededor. Al cocinero junto a la estufa. A la criada paralizada frente al fregadero. A los dos guardias apostados en el pasillo. Después bajó la vista hacia Emma, como si intentara protegerla con el simple acto de no responder.

—Señor Duca, es una niña —murmuró—. Confunde los olores. Su padre estaba enfermo. Tomaba muchas cosas.

—No estaba enfermo —dijo Emma.

Sophia cerró los ojos.

Fue un gesto breve.

Pero Alessandro lo vio.

Y comprendió que la niña acababa de decir algo que su madre llevaba mucho tiempo intentando ocultar.

Alessandro se incorporó lentamente. Colocó la taza sobre el mármol sin derramar una sola gota.

—Nadie sale de esta cocina.

Danny soltó la espátula. El metal golpeó el suelo con un estrépito seco.

Los guardias entraron de inmediato.

—Registren las puertas, las ventanas y el pasillo de servicio —ordenó Alessandro—. Quiero los teléfonos de todos sobre la mesa.

La joven criada comenzó a llorar.

—Señor, yo no hice nada.

—Entonces no tienes nada que temer.

Era mentira.

En la casa de Alessandro Duca, los inocentes también tenían motivos para temer.

Uno de los guardias sacó varias bolsas transparentes. El otro recogió los teléfonos mientras Danny permanecía inmóvil, con la mandíbula apretada.

Alessandro señaló la cafetera.

—Que nadie la toque.

Después miró a Marco Bellini, el jefe de seguridad que acababa de aparecer en la entrada atraído por el silencio anormal.

Marco llevaba veinte años al servicio de la familia. Había protegido al padre de Alessandro. Había recibido una bala por él en Nápoles. Era uno de los pocos hombres autorizados para entrar armado en cualquier habitación de la finca.

—Llama al doctor Conti —dijo Alessandro—. Que venga con el laboratorio portátil.

Marco observó la taza.

—¿Qué ocurrió?

—La niña dice que mi café huele a la sustancia que mató a su padre.

Por primera vez en años, el rostro de Marco perdió su serenidad.

No fue mucho.

Solo un parpadeo demasiado lento.

Pero Alessandro también vio eso.

Emma tiró suavemente de la manga de Sophia.

—Mamá, quiero irme.

Sophia se inclinó para abrazarla.

—Pronto, mi amor.

—No —dijo Alessandro—. Todavía no.

La madre levantó la cabeza de golpe.

—Ella no tiene nada que ver con esto.

—Precisamente por eso sigue viva.

Sophia palideció aún más.

Alessandro dio un paso hacia ella.

—Dime el nombre de su padre.

—Mateo Álvarez.

Marco se movió detrás de Alessandro.

Un leve desplazamiento del peso.

Casi imperceptible.

—¿Dónde trabajaba? —continuó Alessandro.

Sophia tragó saliva.

—En una empresa de transporte.

—¿Cuál?

—No lo sé.

Emma levantó la mano como si estuviera en una clase.

—La de los caballos negros.

Sophia la abrazó con fuerza.

—Emma, basta.

La niña frunció el ceño.

—Papá tenía uno en la chaqueta.

Alessandro sintió que algo frío se instalaba detrás de sus costillas.

El emblema de la familia Duca era un caballo negro sobre un escudo plateado.

Solo los conductores de confianza lo llevaban bordado en la chaqueta.

—Marco —dijo sin apartar la vista de Sophia—, busca el nombre de Mateo Álvarez en nuestros registros.

El jefe de seguridad no respondió de inmediato.

—No hace falta —dijo finalmente.

El silencio adquirió otra forma.

Más pesada.

Más oscura.

Marco respiró por la nariz antes de continuar.

—Lo recuerdo. Trabajó para nosotros hace dos años. Conducía uno de los camiones del puerto.

Sophia alzó los ojos.

Había odio en ellos.

No miedo.

Odio.

—No murió mientras dormía —dijo ella.

Alessandro la observó.

—Entonces dime cómo murió.

Sophia miró a su hija, luego a los guardias y finalmente a Marco.

—Llegó a casa una noche temblando. Dijo que había visto algo en uno de los almacenes. Algo que no debía ver. Quería hablar con usted, señor Duca.

Marco dio un paso al frente.

—Eso es absurdo.

—Cállate —ordenó Alessandro.

Fue la primera vez que su voz sonó peligrosa.

Sophia continuó:

—Mateo recibió una llamada. Le dijeron que usted quería reunirse con él. Antes de salir, un hombre vino a casa y le entregó un frasco. Dijo que era un calmante para los nervios, enviado por el médico de la familia.

—¿Qué hombre?

Sophia miró directamente a Marco.

—No vi su rostro.

La tensión aflojó apenas en los hombros del jefe de seguridad.

—Pero reconocí su reloj —añadió ella—. Tenía un caballo negro grabado en la esfera.

Marco se llevó instintivamente la mano a la muñeca.

Demasiado tarde.

Todos lo vieron.

Llevaba un reloj de acero oscuro con el emblema de los Duca grabado bajo el cristal.

Los guardias se volvieron hacia él.

Marco soltó una risa seca.

—La mitad de los hombres de esta casa tiene ese símbolo.

—No en un reloj —dijo Alessandro—. Solo se fabricaron seis.

Marco sostuvo su mirada.

—Y tú me regalaste uno por salvarte la vida.

—Tal vez no la salvaste por lealtad.

—¿Qué estás insinuando?

—Todavía nada.

La puerta principal de la cocina se abrió y el doctor Conti entró con un maletín negro. Dos asistentes lo siguieron.

Alessandro señaló la taza.

—Analízala.

Conti se colocó guantes, extrajo una muestra con una pipeta y añadió varias gotas a un pequeño tubo. La cocina entera observó cómo el líquido cambiaba lentamente de color.

Primero amarillo.

Después verde.

Finalmente, un azul oscuro casi negro.

El doctor levantó la cabeza.

—Hay un sedante potente mezclado con otro compuesto. Necesito más tiempo para identificarlo, pero esta cantidad podría detener la respiración de un adulto.

Sophia cubrió los oídos de Emma.

Danny retrocedió hasta chocar contra la estufa.

—Yo solo preparé el desayuno —balbuceó—. El café ya estaba servido cuando llegué.

Alessandro se volvió hacia él.

—¿Quién lo sirvió?

El cocinero miró a Marco.

—Él.

Todos los guardias desenfundaron sus armas al mismo tiempo.

Marco no se movió.

Solo sonrió.

Una sonrisa pequeña, agotada y extrañamente triste.

—Bajen las armas —dijo—. Todavía no entienden nada.

Alessandro avanzó hasta quedar frente a él.

—Entonces explícame.

Marco inclinó la cabeza.

—Pregúntale a la criada por qué consiguió trabajo aquí exactamente una semana antes de que alguien intentara envenenarte.

Sophia se quedó inmóvil.

Alessandro se volvió lentamente hacia ella.

—¿Qué quiere decir?

La mujer apretó a Emma contra su pecho.

—Yo vine porque necesitaba encontrar pruebas.

—¿Pruebas de qué?

Sophia miró la taza contaminada.

Después señaló la puerta cerrada del sótano, al fondo del pasillo de servicio.

—De lo que Mateo descubrió bajo esta casa.

Un golpe resonó detrás de aquella puerta.

Luego otro.

Como si alguien encerrado al otro lado hubiera escuchado su nombre.

Emma escondió el rostro en el cuello de su madre.

Y entonces, desde las profundidades del sótano, una voz ronca gritó:

—¡Alessandro, no confíes en ninguno de ellos!

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