Parte 2: LA ESPOSA QUE NUNCA EXISTIÓ

Durante varios segundos, nadie se movió.

El certificado falso permanecía sobre la mesa de cristal, iluminado por la lámpara de araña como si fuera una sentencia.

Ethan tenía una mano apoyada en el respaldo del sofá. Sus dedos se cerraron lentamente sobre la madera. Maya miraba los restos de la taza rota a sus pies, pero su respiración acelerada la delataba.

Los ejecutivos intercambiaron miradas incómodas.

—Todos fuera —ordenó Ethan.

Nadie discutió.

Las carpetas se cerraron. Las sillas se arrastraron. Uno a uno, los hombres abandonaron la sala sin atreverse a mirarme. En menos de un minuto, solo quedamos Ethan, Maya y yo.

La puerta se cerró.

Entonces Ethan abandonó su sonrisa.

—¿Quién te dio esto?

—Curiosa pregunta —respondí—. Yo esperaba que dijeras que era un error.

Maya levantó la cabeza.

—Clara, podemos explicarlo.

La miré.

Seguía llamándome por mi nombre con aquella voz suave que había usado durante años para pedirme favores.

—¿Explicar qué? —pregunté—. ¿Por qué me llamabas cuñada mientras dormías con el hombre que yo creía mi esposo? ¿O por qué esperaste tres días después de mi boda para casarte legalmente con él?

Ethan golpeó la mesa con la palma.

—¡Basta!

No me sobresalté.

Aquello pareció inquietarlo más que cualquier grito.

Durante seis años, Ethan había conocido cada una de mis reacciones. Sabía cuándo lloraría, cuándo cedería y cuándo terminaría pidiendo perdón por una herida que él mismo había causado.

Pero esa mujer ya no estaba allí.

—Necesitábamos hacerlo —dijo—. Fue una formalidad legal.

Solté una risa breve.

—Una formalidad de seis años.

—Mi familia estaba en una situación complicada. Maya podía ayudarme con ciertos contratos y permisos. El matrimonio era solo una herramienta.

Maya dio un paso hacia mí.

—Entre nosotros nunca hubo amor.

Observé su rostro.

—Entonces dime algo, Maya. ¿Por qué tienes un anillo?

Su mano derecha se cerró de inmediato.

Demasiado tarde.

Debajo de su guante fino, una piedra brilló durante un instante.

Me acerqué y tiré del guante antes de que pudiera apartarse.

En su dedo llevaba una alianza de oro grabada con la misma fecha de mi boda.

El aire abandonó la habitación.

Ethan palideció.

Maya se llevó la mano al pecho.

—No significa nada.

—Tiene nuestra fecha —susurré.

—Fue idea de Ethan —contestó ella, desesperada—. Dijo que así nunca olvidaríamos el día en que todo comenzó.

Sentí que algo dentro de mí se rompía, pero no fue mi corazón.

Fue el último resto de compasión.

Me volví hacia Ethan.

—¿Todo comenzó?

—Clara…

—¿Tu matrimonio con ella comenzó el día de nuestra boda?

Él guardó silencio.

Y ese silencio fue una confesión.

Recordé a Maya caminando detrás de mí en la iglesia. Recordé que sostuvo mi velo antes de que yo entrara. Recordé que me abrazó cuando lloré frente al espejo y me dijo que Ethan jamás miraría a otra mujer.

Mientras yo pronunciaba mis votos, ellos ya habían planeado convertir mi matrimonio en una representación.

Ethan se acercó.

—Escúchame. Lo que hicimos no cambia lo que vivimos juntos.

—Lo cambia todo.

—Yo estuve contigo cada noche.

Maya bajó la mirada.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

La miré despacio.

—¿Cada noche?

Ella apretó los labios.

Ethan se dio cuenta de su error.

—No quise decir…

—¿Dormías con ambos?

Maya rompió a llorar.

No sentí pena.

—Clara, por favor. No era así al principio.

—Entonces, ¿cuándo empezó?

Ella miró a Ethan buscando permiso.

Él negó con la cabeza.

Ese pequeño gesto respondió por ella.

—Dímelo —ordené.

Maya se secó las lágrimas.

—Dos meses antes de tu boda.

Por primera vez, el dolor atravesó mi calma.

No lo mostré.

Dos meses antes de la boda, Ethan había desaparecido durante un fin de semana. Me dijo que asistía a una reunión en Nueva York. Yo le envié una caja con su vino favorito y una nota donde escribí que no podía esperar para convertirme en su esposa.

Ahora sabía con quién había estado.

Ethan intentó tomarme del brazo.

Me aparté.

—No vuelvas a tocarme.

—Tenemos problemas mayores —dijo, endureciendo el tono—. La empresa está a cuarenta y ocho horas de colapsar. Si retiras tu apoyo ahora, perderán el trabajo más de doce mil personas.

—Mi apoyo nunca estuvo firmado.

—Pero me lo prometiste.

—Se lo prometí a mi esposo.

Él apretó la mandíbula.

—Soy el mismo hombre.

—No. Mi esposo jamás existió.

La frase lo golpeó.

Maya se dejó caer en una silla.

—Ethan, dile la verdad completa.

Él giró hacia ella con furia.

—Cállate.

Me acerqué a Maya.

—¿Qué verdad?

—Nada —respondió Ethan rápidamente.

Ella empezó a temblar.

—No sabía que la herencia sería tan grande —dijo—. Ethan decía que solo necesitábamos aguantar hasta que muriera tu padre.

El silencio se volvió glacial.

—¿Aguantar? —repetí.

Maya se cubrió la boca, comprendiendo lo que acababa de revelar.

Ethan avanzó hacia ella.

—Te dije que te callaras.

Me interpuse.

—¿Qué tenía que ver mi padre con esto?

Ninguno respondió.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje del abogado.

“No transfiera dinero ni firme nada. Encontramos una segunda versión del testamento. Hay indicios de que alguien intentó reemplazarla tres semanas antes de la muerte de su padre.”

Leí el mensaje dos veces.

Luego levanté los ojos.

Ethan observaba mi pantalla.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo verdadero en su rostro.

—¿Qué encontraron? —preguntó.

Guardé el teléfono.

—Eso quiero saber yo.

Maya comenzó a llorar con más fuerza.

—Yo no participé en eso.

Ethan la miró como si quisiera destruirla.

—Cállate, Maya.

—¡Me dijiste que solo ibas a presionarlo! —gritó ella—. Dijiste que el señor Whitmore acabaría aceptando cambiar el testamento.

Mi sangre se enfrió.

—¿Presionarlo cómo?

Ethan caminó hasta el mueble de bebidas y se sirvió whisky con manos temblorosas.

—Tu padre odiaba a mi familia. Quería dejarme fuera de todo. Yo solo intenté proteger nuestro futuro.

—No existía ningún “nuestro”.

—¡Yo construí esta vida para ti!

—Con mi apellido, mis contactos y el dinero de mi padre.

El vaso voló contra la pared.

Maya gritó.

Ethan respiraba con dificultad.

—No entiendes lo que está en juego.

—Entonces explícamelo.

Antes de que pudiera responder, las luces de la mansión se apagaron.

La sala quedó a oscuras.

Desde el pasillo llegó el sonido seco de la puerta principal cerrándose con llave.

Después escuchamos pasos.

Lentos.

Firmes.

Alguien avanzaba hacia nosotros desde la entrada.

Ethan buscó su teléfono, pero no tenía señal.

Maya se levantó, aterrorizada.

—No puede ser.

—¿Quién? —pregunté.

Ella retrocedió.

—El hombre que tenía los documentos originales.

Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.

Una voz masculina habló desde la oscuridad:

—Señora Whitmore, antes de demandar a Ethan debería preguntarle quién firmó realmente el certificado de defunción de su padre.

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