—No canceles solamente la boda —respondió el padre de Lucía al otro lado del teléfono—. Cancela también el contrato que mantiene viva a la familia de Mateo.
Lucía se quedó inmóvil en mitad de la acera.
—¿Qué contrato?
—El préstamo que les concedimos bajo el nombre de una sociedad extranjera. Su empresa lleva dos años sobreviviendo gracias a nuestro dinero.
La joven miró hacia las ventanas del despacho.
Mateo y su madre seguían allí, convencidos de que acababan de expulsar a una muchacha sin poder ni recursos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque querías que te amaran por quien eras, no por nuestro apellido.
Los padres de Lucía no eran simples agricultores. Las tierras que habían vendido representaban una pequeña parte de un enorme grupo agroindustrial que operaba discretamente en varios países.
Su padre había ocultado la fortuna familiar después de sufrir amenazas y traiciones empresariales.
—Recupera las tierras —ordenó Lucía—. Y detén cada pago relacionado con esa boda.
—Lo haré ahora mismo.
La llamada terminó.
Lucía apenas había avanzado unos pasos cuando la puerta del despacho se abrió.
Mateo salió corriendo.
—Espera.
Ella no se detuvo.
—Mi madre habló demasiado. Podemos modificar el acuerdo prenupcial.
Lucía se giró.
—No me voy por las cláusulas. Me voy porque permaneciste sentado mientras insultaban a mis padres.
—Estaba bajo presión.
—Siempre estarás bajo la presión de tu madre.
El teléfono de Mateo comenzó a sonar.
Era el director financiero de su empresa.
—¿Qué ocurre? —preguntó él con impaciencia.
La voz del hombre se escuchó llena de pánico.
—La sociedad Mendoza Capital canceló la línea de crédito. El banco exige el pago inmediato de todas nuestras deudas.
Mateo palideció.
—Eso es imposible. Tenemos seis meses.
—Ya no. También retiraron la inversión para nuestra nueva fábrica.
La madre de Mateo salió del edificio.
—¿Qué está pasando?
Él apartó lentamente el teléfono de su oído.
—Perdimos el financiamiento.
La mujer miró a Lucía con sospecha.
—¿Qué hiciste?
—Solo pedí a mi padre que dejara de pagar una boda donde su hija era tratada como basura.
La suegra soltó una risa incrédula.
—¿Tu padre? Ese campesino no podría financiar ni esta oficina.
Un automóvil oficial se detuvo frente a ellos.
De él bajó un hombre de traje gris acompañado por dos abogados.
Lucía reconoció inmediatamente a su padre.
Mateo lo había visto varias veces con ropa sencilla, trabajando entre viñedos. Nunca imaginó que aquel hombre fuera el presidente de Mendoza Capital.
—Señor Ramírez —dijo uno de los abogados—, hemos iniciado la recuperación de los activos ofrecidos como garantía.
La suegra retrocedió.
—Debe existir una confusión.
El padre de Lucía la observó con frialdad.
—No hay ninguna confusión. Su familia pidió dinero utilizando documentos falsos y presentó la boda como garantía de una alianza empresarial que mi hija nunca autorizó.
Lucía frunció el ceño.
—¿Utilizaron mi nombre?
El abogado abrió una carpeta.
Mateo había firmado varios acuerdos afirmando que, después del matrimonio, Lucía transferiría parte de las tierras de sus padres a la empresa de su prometido.
—Yo no sabía nada de esto —dijo ella.
Mateo bajó la cabeza.
—Solo eran documentos preliminares.
—Planeabas casarte conmigo para quedarte con nuestras propiedades.
—Al principio necesitábamos la alianza —admitió él—. Pero después me enamoré de ti.
Lucía soltó una risa triste.
—Me amabas tanto que permitiste que tu madre llamara insignificantes a mis padres.
La suegra tomó a su hijo del brazo.
—No le ruegues. Podemos encontrar otro inversor.
El padre de Lucía negó lentamente.
—Difícilmente. Sus cuentas serán congeladas mientras se investiga la falsificación.
En ese momento llegaron varios agentes.
La mujer perdió toda su arrogancia.
—Podemos arreglarlo entre familias.
—Usted dejó claro que nunca nos consideró una familia —respondió Lucía.
Los agentes entregaron a Mateo y a su madre citaciones judiciales. La antigua dinastía no solo estaba endeudada: había utilizado el dinero de los padres de Lucía para mantener una apariencia de riqueza.
La joven recuperó las escrituras de las tierras antes del anochecer.
Sin embargo, cuando revisó los documentos falsificados encontró una cláusula extraña.
En ella se establecía que la familia de Mateo recibiría una suma millonaria incluso si el matrimonio era cancelado.

—Papá, ¿quién aprobó esto?
El hombre observó la firma y su rostro cambió.
—Tu madre.
Lucía quedó inmóvil.
—Mamá murió hace diez años.
—Eso creíamos.
Su padre sacó una antigua fotografía de la carpeta.
Mostraba a la madre de Lucía reunida recientemente con la suegra de Mateo.
—Esta boda no fue organizada para unir dos familias —explicó—. Fue preparada para obligarte a reclamar una herencia que llevamos años ocultándote.
—¿Qué herencia?
El abogado colocó un documento frente a ella.
Lucía leyó el apellido del propietario y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
La fortuna que Mateo esperaba conseguir no pertenecía a sus padres.
Pertenecía a la madre que todos creían muerta.
Y aquella mujer acababa de entrar en el despacho para exigir que la boda continuara.