PARTE 2: LA HEREDERA QUE TAMBIÉN HABÍA SIDO ENGAÑADA

La limusina avanzó lentamente entre las calles cubiertas por la lluvia.

Lucía sostenía el sobre lacrado sobre sus piernas, pero todavía no se atrevía a abrirlo. Después de tantos años de pobreza, aquella revelación parecía demasiado perfecta para ser real.

El señor de la Vega se sentó frente a ella.

—Dentro encontrarás las pruebas de tu identidad y el testamento de tu abuelo.

Lucía rompió el sello dorado.

El documento confirmaba que era la única heredera de un gigantesco grupo empresarial. También explicaba que había desaparecido cuando apenas era una niña.

—¿Quién me separó de mi familia? —preguntó.

El anciano bajó la mirada.

—Elena.

Lucía apretó los papeles.

—¿La mujer que intentó golpearme?

—Ella era asistente de tu madre. La noche en que tus padres murieron, te entregó a una familia humilde y falsificó tu certificado de defunción.

Lucía sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que todos creyeran que no existía ninguna heredera.

El guardaespaldas colocó una tableta frente a ella. En la pantalla aparecían transferencias realizadas durante décadas desde las empresas de Lucía hacia cuentas controladas por Elena.

—Construyó su fortuna robando la tuya —explicó el magnate.

La joven miró por la ventanilla.

Elena continuaba arrodillada en la calle, rodeada por agentes que comenzaban a revisar sus pertenencias.

—Quiero que responda ante la justicia —dijo Lucía—. Pero no quiero convertirme en alguien como ella.

El señor de la Vega sonrió con aprobación.

—Esa respuesta demuestra que realmente eres hija de tu madre.

Llegaron a la torre principal del conglomerado familiar.

Cientos de empleados esperaban en el vestíbulo. Cuando Lucía entró, todos guardaron silencio.

Un hombre joven de traje azul se acercó.

—Soy Adrián, director financiero. Llevo años protegiendo la empresa hasta que apareciera la heredera legítima.

Lucía le estrechó la mano.

Sin embargo, al tocarlo, recordó algo.

Lo había visto antes.

Él era el hombre que varias veces había visitado el pequeño restaurante donde ella trabajaba. Siempre se sentaba al fondo y observaba en silencio.

—Tú ya sabías quién era —dijo.

Adrián no respondió.

—¿Por qué no me ayudaste antes?

El hombre cerró los ojos.

—Porque necesitábamos estar seguros.

—Me viste pasar hambre.

—Si Elena descubría que seguías viva, habría terminado lo que comenzó hace treinta años.

Lucía retiró su mano.

—También utilizaste mi sufrimiento como una prueba.

Antes de que Adrián pudiera justificarse, una alarma sonó en el edificio.

Uno de los guardias corrió hacia ellos.

—Señorita, alguien está vaciando las cuentas principales.

Adrián palideció.

—Eso es imposible.

Lucía miró la tableta.

Millones desaparecían en transferencias hacia bancos extranjeros.

El señor de la Vega señaló al director financiero.

—Solo tres personas tienen autorización para mover esas cantidades.

—Yo no fui —respondió Adrián.

—Entonces dinos quién más puede hacerlo —exigió Lucía.

El hombre guardó silencio.

Los agentes entraron en la torre con una orden de registro. Mientras revisaban los servidores, encontraron una carpeta protegida con el nombre de Lucía.

Dentro había fotografías de ella tomadas durante los últimos quince años.

Alguien había vigilado cada trabajo, cada vivienda y cada movimiento de su vida.

—Elena sabía dónde estaba —susurró Lucía.

—No —respondió el investigador—. Estas fotografías fueron tomadas desde cuentas internas de la empresa.

Todas las miradas se dirigieron hacia Adrián.

Él retrocedió.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo ahora —ordenó Lucía.

Adrián levantó lentamente las manos.

—Yo fui quien te mantuvo oculta.

—¿Por qué?

—Porque el señor de la Vega no vino para devolverte el imperio.

El anciano endureció el rostro.

—Cuidado con lo que dices.

Adrián sacó una pequeña memoria de su bolsillo y la conectó a la pantalla.

Apareció una grabación antigua.

En ella, el señor de la Vega discutía con los padres de Lucía la noche anterior a su muerte.

—Si la niña hereda, perderemos el control de todo —decía el anciano.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Tú organizaste el accidente de mis padres?

El señor de la Vega no respondió.

Los guardias levantaron sus armas, pero ninguno sabía a quién proteger.

Adrián continuó:

—Elena te escondió, pero no para robarte. Lo hizo porque sabía que él también intentaría eliminarte.

Lucía miró hacia la calle.

Elena ya no estaba rodeada por los agentes.

Había desaparecido.

En ese instante, el teléfono de Lucía recibió un mensaje.

Era una fotografía de Elena dentro de un vehículo, sosteniendo el verdadero testamento.

Debajo había una advertencia:

“No confíes en ninguno de ellos. Soy la única persona que sabe por qué tu madre te entregó voluntariamente la noche en que murió.”

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