Los guardias apuntaron directamente al pecho de Mateo.
El joven permaneció inmóvil frente a Alejandro, respirando con dificultad. Tenía el rostro golpeado y las costillas ardiendo, pero no bajó la mirada.
—Disparen —ordenó Alejandro desde el suelo.
Nadie apretó el gatillo.
El mafioso levantó la cabeza con furia.
—¡He dicho que lo maten!
Los hombres intercambiaron miradas nerviosas. Durante años habían obedecido cada orden sin hacer preguntas, pero aquella noche algo había cambiado.
Mateo observó a su madre atada en la esquina.
—No vine aquí para morir —dijo—. Vine a demostrarles por qué Alejandro los trajo a este lugar.
Uno de los guardias frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Mateo sacó lentamente un pequeño teléfono del bolsillo interior de su chaqueta.
Alejandro perdió el color del rostro.
—No lo escuchen.
Mateo reprodujo una grabación.
La voz de Alejandro llenó la fábrica.
—Cuando Mateo llegue, eliminen a todos. También a mis propios hombres. Nadie debe salir vivo de ese almacén.
El silencio se volvió sepulcral.
Los guardias miraron a su jefe.
—Eso está manipulado —gruñó Alejandro.
Mateo cambió el audio.
Esta vez se escuchó la voz de uno de los hombres de confianza del mafioso.
—¿También mataremos a los guardias?
—Por supuesto. Saben demasiado.
El hombre que sostenía el arma más cerca de Mateo bajó lentamente el cañón.
—Nos ibas a enterrar aquí.
Alejandro intentó levantarse.
—Yo los saqué de la miseria. Ustedes me deben la vida.
—Y tú pensabas cobrarnos esa deuda con nuestra sangre —respondió otro.
Mateo aprovechó la confusión y corrió hacia su madre. Rompió las cuerdas con un trozo de metal afilado.
—¿Puedes caminar?
—Sí —respondió ella—. Pero todavía no podemos irnos.
—¿Por qué?
La mujer miró a Alejandro.
—Porque él no fue quien ordenó matar a tu padre.
Mateo sintió que la respiración se le detenía.
—Tú me dijiste que había sido él.
—Te dije lo que necesitabas creer para llegar hasta aquí.
Alejandro comenzó a reír desde el suelo.
—Por fin vas a contarle la verdad.
Mateo miró a su madre con incredulidad.
—¿Qué ocultas?
Ella se puso de pie con dificultad.
—Tu padre trabajaba para Alejandro.
—Eso es imposible.
—Era su contador. Descubrió que alguien estaba robando dinero de la organización y quiso revelar el nombre.
Mateo apretó los puños.
—Alejandro lo mandó silenciar.
—No —dijo su madre—. Alejandro intentó protegerlo.
El joven miró al mafioso.
Por primera vez, la sonrisa del hombre no parecía arrogante. Parecía dolorosa.
—Tu padre era mi hermano —confesó Alejandro.
Mateo retrocedió.
—Mientes.
—Compartíamos padre, pero no apellido. Él eligió una vida diferente y yo respeté su decisión.
La madre de Mateo cerró los ojos.
—Cuando descubrió al verdadero traidor, vino a verme. Me dejó documentos y me pidió que te mantuviera lejos de esta guerra.
—¿Quién lo mató?
Ella miró hacia los guardias.
Uno de ellos dio un paso atrás.
Era Tomás, el más antiguo del grupo.
Había trabajado para Alejandro desde antes de que Mateo naciera.
—No —murmuró Mateo.
Tomás levantó el arma.
—Tu padre debió mantener la boca cerrada.
Un disparo retumbó en el almacén.
Mateo se lanzó sobre su madre y ambos cayeron al suelo.
Pero la bala no los alcanzó.
Uno de los guardias había disparado contra la mano de Tomás. El arma cayó lejos de él.
Alejandro se puso de pie tambaleándose.
—Fuiste tú —dijo—. Durante diez años buscaste enfrentar a nuestras familias.
Tomás sonrió.
—Y casi lo conseguí.
Sacó un pequeño control remoto del bolsillo.
Varias luces rojas comenzaron a parpadear entre las columnas de la fábrica.
—¿Qué hiciste? —preguntó Mateo.
—Si yo no salgo, nadie saldrá.
Había explosivos instalados alrededor del edificio.
Los guardias corrieron hacia las puertas, pero todas estaban bloqueadas desde el exterior.
Tomás levantó el pulgar sobre el botón.
—Tu padre descubrió que yo vendía información a nuestros enemigos. Alejandro habría sobrevivido al escándalo. Yo no.
Mateo avanzó lentamente.
—Entrégame el control.
—¿Para qué? ¿Para convertirme en el único culpable mientras ustedes se presentan como víctimas?
Alejandro recogió la barra de hierro.
—Siempre fuiste un cobarde.
Tomás presionó el botón.
Nada ocurrió.
Volvió a intentarlo.
Las luces rojas continuaron parpadeando, pero no hubo explosión.
La madre de Mateo sacó una batería pequeña del bolsillo.
—Buscabas esto.
Tomás abrió los ojos.
—Cuando me ataste, revisé tus bolsillos.
Los guardias se abalanzaron sobre él.
Mateo corrió hacia Alejandro y lo sujetó por la camisa.
—¿Por qué nunca me dijiste que eras mi tío?
—Porque tu madre me hizo jurar que te mantendría lejos de esta vida.
Mateo miró a la mujer.
Ella bajó la cabeza.
—Convertí a Alejandro en el monstruo de tu historia porque sabía que algún día intentarías vengar a tu padre. Prefería que persiguieras a un hombre que jamás te mataría.
—Casi nos matamos.
—Pero él siempre tuvo la orden de no tocarte.
Mateo recordó los golpes de aquella noche.

Alejandro había podido usar a sus guardias desde el principio.
Sin embargo, había aceptado luchar solo.
—Entonces todo esto fue una prueba —dijo Mateo.
—No —respondió Alejandro—. Fue una despedida.
Un rugido de motores resonó en el exterior.
Decenas de vehículos rodearon la fábrica.
Alejandro observó las luces que aparecían a través de las ventanas rotas.
—Tomás no trabajaba solo.
Uno de los guardias corrió hacia ellos.
—Son hombres del cartel del norte.
Alejandro tomó un arma del suelo y se la entregó a Mateo.
—Ahora puedes marcharte con tu madre o quedarte a defender a una familia que todavía no comprendes.
Mateo miró el arma.
Después miró al hombre al que había odiado durante toda su vida.
—Primero dime algo.
—¿Qué?
—¿Mi padre murió creyendo que tú lo habías traicionado?
Alejandro negó lentamente.
—Murió salvándome.
Las puertas de la fábrica comenzaron a ceder bajo los golpes del exterior.
Mateo tomó el arma.
—Entonces esta noche pagaremos juntos la deuda que dejó su sangre.
La entrada principal explotó en una lluvia de metal y polvo.
Entre el humo apareció una mujer vestida de negro.
Mateo reconoció su rostro de inmediato.
Era su hermana mayor, desaparecida desde hacía ocho años.
Ella levantó una pistola y apuntó hacia su propia madre.
—Por fin están todos reunidos —dijo con frialdad—. Ahora podremos terminar lo que nuestro padre comenzó.