La puerta se abrió lentamente.
Dos agentes entraron en la sala de interrogatorios, pero no miraron a Carlos.
Sus ojos se dirigieron directamente hacia Méndez.
—El comisario quiere verlo afuera —dijo uno de ellos.
El detective tomó el arma de la mesa y la guardó en su funda.
Antes de salir, se inclinó hacia Carlos.
—No vuelvas a mencionar a esa mujer.
—Entonces existe —respondió él—. Y ustedes saben lo que vio.
Méndez cerró la puerta con violencia.
Carlos quedó solo.
Sin embargo, la cámara de seguridad dejó de parpadear.
Alguien había cortado la grabación.
Unos segundos después, la luz de la habitación se apagó.
Carlos oyó el sonido metálico de la cerradura.
La puerta volvió a abrirse.
Una mujer entró apresuradamente.
Llevaba un abrigo rojo.
—¿Usted? —susurró Carlos.
Ella se llevó un dedo a los labios.
—No tenemos mucho tiempo.
Carlos se levantó de inmediato.
—Dígales que yo no fui.
—Sé que eres inocente.
—Entonces testifique.
La mujer negó con la cabeza.
—Si hablo aquí, ambos desapareceremos antes del amanecer.
Sacó una memoria digital de su bolso y la colocó sobre la mesa.
—La heredera descubrió que mi esposo y varios policías lavaban dinero para su propia familia. Iba a entregar las pruebas a un fiscal.
Carlos miró el pequeño dispositivo.
—¿El jefe de policía ordenó matarla?
La mujer cerró los ojos.
—Mi esposo organizó el encuentro en el callejón.
—Yo solo fui a entregar café.
—Por eso te eligieron. Un empleado pobre, sin influencias y con tus huellas por todas partes.
Carlos recordó la bandeja que había llevado aquella noche.
Alguien le pidió dejarla junto al automóvil de la heredera.
—Pusieron el arma entre mis cosas.
—Y borraron las cámaras de la calle —añadió ella—. Pero olvidaron una.
La mujer señaló la memoria.
—Mi coche estaba grabando.
Carlos sintió una chispa de esperanza.
—Entréguela a la fiscalía.
—No puedo salir de esta comisaría sin que mi esposo lo sepa.
Un ruido de pasos se escuchó en el pasillo.
Ella guardó rápidamente la memoria en el bolsillo de Carlos.
—Busca a la fiscal Elena Salazar. Solo confía en ella.
—¿Cómo saldré de aquí?
La mujer miró hacia la cámara apagada.
—Méndez dejó la puerta abierta a propósito.
Carlos frunció el ceño.
—¿Él nos está ayudando?
—No lo sé.
La puerta se abrió de golpe.
Méndez entró con el arma levantada.
La mujer retrocedió.
—Se acabó —dijo el detective.
Carlos se interpuso frente a ella.
—Primero tendrá que matarme.
Méndez cerró la puerta y bajó el arma.
—Eso es exactamente lo que esperan que haga.
Sacó unas llaves y liberó las esposas de Carlos.
—El comisario ordenó trasladarte al sótano. Allí fingirán que intentaste escapar.
La mujer observó al detective con desconfianza.
—¿Por qué nos ayudas?
Méndez mostró su teléfono.
En la pantalla aparecía una fotografía de un joven con uniforme de policía.
—Mi hijo investigó al comisario hace dos años. Dijeron que murió en un accidente.
—¿Y no lo creyó? —preguntó Carlos.
—Encontré su placa dentro del coche de la heredera.
El silencio confirmó que ambos crímenes estaban conectados.
Méndez abrió una puerta lateral oculta detrás de un archivador.
—Este pasillo conduce al estacionamiento.
Carlos tomó la mano de la testigo.
—Venga con nosotros.
Ella negó.
—Si desaparezco, mi esposo sabrá que entregué las pruebas. Debo quedarme para distraerlo.
—La matará.
—Ya lleva años haciéndolo lentamente.
Antes de que Carlos pudiera responder, varias voces resonaron fuera.
—¡Méndez, abra la puerta!
El detective empujó a Carlos dentro del pasadizo.
—Corre y no mires atrás.
Carlos avanzó por el corredor mientras escuchaba golpes en la sala.
Al llegar al estacionamiento, encontró un automóvil encendido con las llaves puestas.
Condujo hacia la fiscalía.
Pero el edificio estaba vacío.
Sobre la puerta principal había una cinta policial.
Un guardia se acercó.
—La fiscal Salazar fue detenida esta tarde.
Carlos frenó en seco.
—¿Por qué?
—La acusan del asesinato de la heredera.
El joven sintió que la trampa era mucho más grande de lo imaginado.
Sacó la memoria digital y la conectó al ordenador del automóvil.
El video comenzó.
Mostraba el callejón la noche del crimen.
La heredera discutía con un hombre de espaldas.
Después él se giró hacia la cámara.
Carlos reconoció su rostro.
No era el jefe de policía.
Era el detective Méndez.
En la grabación, el detective levantó un arma mientras la heredera intentaba huir.

Carlos retrocedió horrorizado.
Entonces apareció un segundo archivo.
Era más reciente.
Méndez hablaba directamente a la cámara.
—Carlos, si estás viendo esto, significa que lograste escapar. El video fue manipulado para que parezca que yo maté a la joven.
El detective mostró una fotografía.
—El verdadero asesino tiene mi rostro porque es mi hermano gemelo.
Carlos dejó de respirar.
La grabación continuó:
—Él trabaja para el comisario desde hace años y fue quien tomó mi identidad la noche del crimen.
Un golpe fuerte sonó en la ventanilla del automóvil.
Carlos giró la cabeza.
Méndez estaba de pie afuera.
Tenía el arma en la mano.
—Abre la puerta —ordenó.
Carlos miró la pantalla.
Luego volvió a mirar al hombre.
—¿Usted es Méndez?
El detective sonrió.
—Depende de cuál de los dos estés buscando.