Valeria retrocedió un paso.
Julián seguía sujetando su teléfono con las manos temblorosas.
—Escúchame bien —susurró—. Si llamas a la policía ahora mismo, ellos volverán.
—¿Quiénes?
Él miró rápidamente hacia el automóvil negro.
—Los dueños de ese coche.
Valeria frunció el ceño.
—Pero acabas de estrenarlo.
Julián dejó escapar una amarga sonrisa.
—Ojalá fuera mío.
Sacó un pequeño llavero del bolsillo.
Las llaves no coincidían con el vehículo.
—Anoche alguien dejó este coche frente a mi casa con una nota.
Metió la mano en el abrigo y le entregó un sobre arrugado.
Valeria leyó las pocas palabras escritas.
“Cuídalo hasta mañana. Si desaparece, desaparecerás tú también.”
Un escalofrío recorrió su espalda.
De pronto comprendió el miedo que veía en los ojos de Julián.

El hombre encapuchado no había roto la ventana de su coche por casualidad.
Había estado buscando algo.
En ese instante sonó una alarma.
No era la de su vehículo.
Era la del automóvil negro.
El maletero se abrió lentamente por sí solo.
Julián palideció.
—No… eso no puede estar pasando.
Valeria dio unos pasos con cautela.
Dentro no había dinero.
Tampoco armas.
Había una maleta metálica cubierta de barro.
Sobre ella descansaba un teléfono móvil que comenzó a sonar.
La pantalla mostraba un mensaje.
“Abran la maleta. Ya es demasiado tarde para escapar.”
Julián apagó el teléfono de inmediato.
—No la toques.
Valeria respiró hondo.
—¿Qué hay dentro?
Él bajó la mirada.
—No lo sé… pero anoche escuché a dos hombres decir que esa maleta podía enviar a varias personas a prisión durante el resto de sus vidas.
Antes de que pudiera decir algo más, una camioneta gris apareció al final de la calle.
Se detuvo frente a la casa.
Cuatro hombres descendieron lentamente.
Todos vestían de negro.
El que parecía ser el líder sonrió al ver el maletero abierto.
—Perfecto.
Ahora ya saben demasiado.
Y ninguno de los dos puede marcharse con vida.