La luz dorada del amuleto inundó el sótano.
La criatura retrocedió hasta chocar contra la pared. Sus ojos rojos ya no reflejaban furia, sino un miedo antiguo.
Mi tío seguía de rodillas, presionando con una mano la herida de su pecho.
—Levanta el amuleto —ordenó—. No permitas que se acerque.
Obedecí.
La bestia lanzó otro alarido y cubrió su rostro con las garras. Bajo la luz, su piel oscura comenzó a cambiar.
Aquello no era un monstruo.
Era un hombre deformado por años de sufrimiento.
Entre las cicatrices reconocí una marca con forma de media luna. Mi padre tenía la misma señal en una vieja fotografía familiar.
—No puede ser… —murmuré.
La criatura fijó los ojos en mí.
—Hijo…
El amuleto dejó de brillar por un instante.
Mi cuerpo quedó paralizado.
—¿Papá?
Mi tío intentó ponerse en pie.
—No lo escuches. Esa cosa sabe imitar las voces de los muertos.
La criatura volvió a hablar, esta vez con mayor claridad.
—Yo no morí en el bosque. Tu tío me entregó.
Mis primos miraron a su padre con horror.
—¿Qué está diciendo? —preguntó el mayor.
Mi tío apretó el mango del hacha.
—Es una mentira de la maldición.
El hombre monstruoso avanzó un paso, pero mantuvo las manos levantadas para demostrar que no quería atacarnos.
—Pregúntale por qué este sótano tiene cadenas.
Miré hacia las paredes.
Bajo unas mantas viejas descubrí grilletes oxidados, frascos con un líquido oscuro y páginas cubiertas de símbolos.
No era un refugio.
Era un lugar de encierro.
—¿A quién mantenías aquí? —pregunté.
Mi tío bajó la cabeza.
—Intentaba proteger a la familia.
—¡Dime la verdad!
Un trueno sacudió la casa.
Él comprendió que ya no podía seguir ocultándolo.
—Tu padre heredó el poder de nuestra dinastía. El amuleto debía elegirlo como guardián, pero rechazó el juramento.
—Porque el juramento exigía una vida inocente —respondió la criatura.
Mi tío cerró los ojos.
Décadas atrás, nuestra familia había hecho un pacto para conservar su fortuna. Cada generación recibía poder, tierras y riqueza, pero debía entregar al heredero más fuerte al cumplir treinta años.
Mi padre descubrió la verdad y quiso destruir el amuleto.
Entonces mi tío lo llevó al bosque con la excusa de ayudarlo.
—Lo abandonaste allí —dije.
—No debía regresar.
La criatura lanzó un rugido de dolor.
—Me encadenó ante el altar y permitió que la maldición entrara en mi cuerpo.
Mis primos se alejaron de su padre.
—Nos dijiste que él había atacado primero —susurró el pequeño.
—¡Todo lo hice por vosotros! —gritó mi tío—. Si el sacrificio no se completaba, la maldición reclamaría a todos los niños de la familia.
Comprendí entonces por qué mi padre había venido hasta la casa.
No quería devorarnos.
Había regresado para impedir que mi tío terminara el ritual conmigo.
El amuleto ardió contra mi pecho.
Una voz profunda resonó dentro de mi cabeza.
Elige al próximo guardián.
Vi imágenes que no eran recuerdos míos: generaciones de familiares reuniéndose en aquel sótano, niños arrancados de sus madres y hombres convertidos en criaturas para alimentar la fortuna del linaje.
—Quítate el amuleto —ordenó mi tío—. Entrégamelo y podré controlar la maldición.
—¿Como controlaste a mi padre?
Su expresión se volvió fría.
—Tu padre fue débil. Tú todavía puedes salvarnos.
Levantó el hacha y corrió hacia mí.
Mi padre se interpuso.
El filo alcanzó su hombro, pero él no cayó. Sujetó a mi tío y lo lanzó contra la mesa de piedra.
Los frascos se rompieron.
Un líquido negro cubrió los símbolos del suelo.
Toda la mansión comenzó a temblar.
De las paredes surgieron susurros desesperados. Eran las voces de los antiguos sacrificados.
Mi primo mayor encontró un libro bajo la mesa.
—Aquí explica cómo romper el pacto.
Abrió la última página.
Para destruir la maldición, el heredero debía renunciar voluntariamente a toda la fortuna familiar y quemar el documento original con la luz del amuleto.
Mi tío se abalanzó sobre él y le arrebató el libro.
—¡Sin el pacto lo perderemos todo!
—Eso es lo único que te importa —dije.
—Esta riqueza pertenece a nuestros antepasados.
—Fue construida con sus vidas.
El amuleto volvió a brillar.
Extendí la mano hacia el libro y una llamarada dorada recorrió sus páginas. Mi tío gritó y trató de apagarlo, pero el fuego no quemaba la piel.
Solo consumía los nombres de quienes habían aceptado el pacto.
Cuando la última firma desapareció, un estruendo recorrió el sótano.

Las cadenas se abrieron.
Mi padre cayó al suelo mientras su cuerpo recuperaba lentamente su forma humana. Las garras desaparecieron, sus ojos dejaron de ser rojos y el olor a azufre se desvaneció.
Me arrodillé junto a él.
—¿De verdad eres tú?
Me tocó el rostro con una mano temblorosa.
—Tu madre me hizo prometer que volvería por ti.
Mi tío intentó escapar por las escaleras.
Pero la puerta del sótano se cerró sola.
Las sombras de las paredes se levantaron a su alrededor.
—No —suplicó—. Yo mantuve vivo el pacto. Os di todo.
Las voces respondieron al mismo tiempo:
—Nos robaste todo.
Las sombras lo arrastraron hacia el antiguo altar. Su grito desapareció cuando la luz dorada explotó por última vez.
Después solo quedó silencio.
Al amanecer, salimos de la mansión.
La fortuna familiar había desaparecido de todas las cuentas y las propiedades ya no figuraban a nuestro nombre. Sin embargo, ninguno lamentó la pérdida.
Mi padre estaba vivo.
Mis primos eran libres.
Creímos que la maldición había terminado.
Hasta que abrí el amuleto.
Dentro encontré una pequeña fotografía de mi madre frente al altar del sótano. En la parte posterior había una frase escrita con su letra:
“Cuando mi hijo rompa el primer pacto, comenzará el verdadero sacrificio. No permitáis que descubra que fui yo quien creó la criatura.”