PARTE 2: EL MALETÍN DE MEDICINAS REVELÓ QUIÉN PROVOCÓ LA EMERGENCIA

La anciana observó al joven durante varios segundos.

—¿Cómo se llama tu hermana? —preguntó finalmente.

—Sofía. Tiene nueve años y apenas puede respirar.

La enfermera que acompañaba a la mujer palideció.

—Yo atendí a esa niña. Su tratamiento fue rechazado por orden administrativa.

El oficial apretó las esposas que llevaba en la mano.

—Señora, necesitamos saber si presentará cargos.

La anciana cerró el maletín.

—No.

Un murmullo recorrió la multitud.

—Las medicinas serán llevadas al hospital ahora mismo —añadió—. Y este muchacho vendrá conmigo.

El joven la miró con desconfianza.

—No quiero su compasión. Solo quiero salvarla.

—Entonces deja de perder tiempo.

Todos corrieron hacia el centro médico.

Cuando llegaron a urgencias, un administrador intentó bloquearles el paso.

—Esos medicamentos no pueden utilizarse sin autorización de la dirección.

La anciana levantó la mirada.

—Yo soy la dirección.

El hombre quedó inmóvil.

La niña recibió el tratamiento mientras su hermano esperaba frente a la puerta con las manos temblorosas.

Horas después, el médico salió.

—Sofía está estable.

El joven se cubrió el rostro y comenzó a llorar.

La anciana, sin embargo, no parecía aliviada.

Había ordenado revisar los registros de distribución de la cadena farmacéutica.

Los documentos mostraban que cientos de ampollas habían desaparecido durante los últimos meses.

Alguien provocaba escasez artificial para elevar los precios y obligar a las familias desesperadas a pagar cantidades imposibles.

—Yo no robé ese maletín del almacén —confesó el joven—. Un empleado me lo entregó y me dijo que corriera.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, la enfermera encontró un sobre escondido entre los frascos.

Dentro había facturas falsas, nombres de pacientes fallecidos y una memoria electrónica.

La anciana reconoció la firma que autorizaba cada operación.

Pertenecía a su propio hijo, Ricardo, director financiero de la empresa.

En ese instante, las alarmas del hospital comenzaron a sonar.

Un guardia entró corriendo.

—Han cerrado todas las salidas y alguien ha manipulado el sistema de oxígeno central.

El joven recordó entonces las palabras del empleado que le entregó el maletín.

—Me dijo que si no sacaba estas pruebas del edificio, todos morirían.

Las luces se apagaron.

En cuidados intensivos, las máquinas comenzaron a emitir señales de emergencia.

La anciana comprendió que el robo nunca había sido por las medicinas.

Alguien quería recuperar la memoria y eliminar a cada testigo dentro del hospital.

El joven abrió el maletín y encontró un pequeño transmisor oculto bajo el revestimiento.

—Nos siguieron hasta aquí.

La puerta del pasillo se cerró automáticamente.

Del otro lado apareció Ricardo acompañado por dos hombres.

—Madre, entrégame el maletín —ordenó con absoluta frialdad.

Ella lo miró como si acabara de descubrir a un desconocido.

—¿Estás dispuesto a matar a un hospital entero para ocultar tus robos?

Ricardo sonrió.

—No son robos. Es un negocio.

El joven se interpuso frente a la habitación de su hermana.

—Tendrás que pasar sobre mí.

Ricardo sacó un control remoto.

—No necesito acercarme. En cinco minutos, el sistema dejará de funcionar.

La anciana tomó la memoria y la levantó frente a él.

—Entonces en cinco minutos todo el país sabrá quién eres.

La enfermera había conectado el dispositivo al sistema interno y enviado los archivos a varios periodistas.

Las pantallas del hospital comenzaron a mostrar contratos, transferencias y grabaciones.

Ricardo perdió la calma.

Intentó activar el control, pero el joven se abalanzó sobre él.

El dispositivo cayó al suelo.

El oficial lo recogió y ordenó abrir las salidas.

Ricardo fue detenido mientras los técnicos restauraban el oxígeno.

La anciana regresó a la habitación de Sofía.

La niña dormía tranquila.

—Tu hermano arriesgó todo por ti —susurró.

Entonces observó una pulsera antigua en la muñeca de la pequeña.

Reconoció inmediatamente el símbolo grabado.

Era la misma joya que había entregado a su hija desaparecida hacía veinte años.

La anciana miró al joven.

—¿Quién era vuestra madre?

Él sacó una fotografía gastada.

Al verla, la mujer sintió que las piernas le fallaban.

La madre de aquellos niños era su hija.

El muchacho al que todos habían llamado ladrón era, en realidad, su propio nieto.

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