PARTE 2: EL TESTAMENTO QUE CAMBIÓ TODOS LOS DESTINOS.

Carlos se lanzó desesperado hacia la puerta.

—¡Valeria, espera! Todo esto es un malentendido.

Ella ni siquiera volvió la cabeza.

Alejandro Vance hizo un leve gesto con la mano.

Los guardaespaldas bloquearon el paso de inmediato.

—La señorita Vance ya no desea hablar con usted.

Carlos sintió que el aire le faltaba.

—Yo soy su esposo. Tengo derecho a acompañarla.

Alejandro lo observó con absoluta frialdad.

—Hace exactamente una hora dejó de serlo.

Sacó una carpeta de cuero negro.

Dentro estaba la demanda de divorcio.

También aparecían fotografías, estados bancarios y contratos firmados por Carlos durante los últimos años.

Valeria respiró profundamente.

—Mientras yo vendía las joyas que heredé de mi madre para salvar tu empresa, tú utilizabas ese dinero para comprar propiedades a nombre de tu amante.

El rostro de Carlos perdió todo color.

—No… puedo explicarlo.

Valeria negó lentamente.

—Ya no necesito explicaciones.

Necesito justicia.

Alejandro entregó otra carpeta.

—Su padre investigó discretamente la situación antes de fallecer. Sabía que la señorita Vance había ocultado su identidad para comprobar quién la amaba de verdad.

Carlos abrió los documentos con manos temblorosas.

Cada transferencia.

Cada empresa fantasma.

Cada cuenta secreta.

Todo estaba perfectamente registrado.

No había forma de negarlo.

En ese instante sonó su teléfono.

Era el director financiero de su compañía.

—Señor Carlos… los bancos han congelado todas las líneas de crédito. Los inversionistas acaban de retirar su apoyo. Dicen que el Grupo Vance canceló todos los contratos.

Carlos sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Su imperio comenzaba a derrumbarse en cuestión de minutos.

Valeria observó el plato de comida esparcido por el suelo.

Se agachó lentamente.

Recogió un pequeño trozo de pan que había quedado limpio.

—Con este pan cenábamos cuando no teníamos nada.

Lo hice creyendo que algún día recordarías de dónde veníamos.

Lo dejó nuevamente sobre la mesa.

—Pero el hambre más peligrosa nunca fue la de dinero.

Fue la de poder.

Alejandro abrió la puerta de la mansión.

Antes de salir, un abogado se acercó apresuradamente con una nueva notificación.

—Señorita Vance, acabamos de descubrir que alguien falsificó la firma de su padre hace cinco años para intentar acceder anticipadamente a la herencia.

Valeria se quedó inmóvil.

Solo cuatro personas habían tenido acceso a aquella firma.

Y una de ellas seguía sentada dentro de aquella casa.

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