Valeria respiró hondo antes de pulsar el botón de llamada.
El teléfono sonó apenas una vez.
—Habla Eduardo Salazar.
La mujer cerró los ojos.
—Don Eduardo… Mauricio ha congelado la cuenta destinada a la operación de Santiago.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio inquietante.
—¿Quién autorizó esa medida?
—Él dice que no necesita autorización de nadie.
La voz del anciano cambió de inmediato.
—Quédate donde estás. Llegaré en quince minutos.
Valeria observó la entrada principal del banco mientras las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.
Exactamente quince minutos después, una larga caravana de vehículos negros se detuvo frente al edificio.
Los empleados comenzaron a murmurar.
Todos reconocieron el automóvil del fundador de la entidad bancaria.
Mauricio, desde el ventanal de su despacho, sintió que el rostro se le quedaba sin color.
No esperaba aquella visita.
El ascensor privado se abrió.
Eduardo Salazar avanzó acompañado por el director jurídico y varios auditores.
Nadie se atrevió a detenerlos.
La puerta del despacho se abrió de golpe.
Mauricio intentó sonreír.

—Señor Salazar… qué sorpresa.
El anciano no respondió.
Solo dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Explícame por qué bloqueaste una cuenta fiduciaria destinada a un tratamiento médico infantil.
Mauricio tragó saliva.
—Había ciertas irregularidades…
Eduardo golpeó la carpeta con la palma de la mano.
—Mentira.
Dentro estaban todas las autorizaciones, los informes médicos y la orden judicial que protegía aquellos fondos.
No existía ninguna razón legal para inmovilizarlos.
El director comenzó a sudar.
—Yo… recibí instrucciones.
—¿De quién?
Mauricio guardó silencio.
Eduardo dio un paso más cerca.
—La próxima mentira será la última que pronuncies como director de este banco.
El hombre bajó lentamente la cabeza.
—Fue el padre del niño.
Toda la oficina quedó en silencio.
El exesposo de Valeria había prometido una enorme suma de dinero a cambio de impedir que ella pudiera pagar la cirugía.
Con el niño sin tratamiento, pensaba demostrar ante el juez que Valeria era incapaz de cuidar de su hijo y quedarse con la custodia.
Eduardo cerró los ojos con indignación.
—Vendiste tu cargo… por destruir a un niño de cinco años.
Sin decir una palabra más, tomó el teléfono interno.
—Recursos Humanos. Destituyan al señor Mauricio con efecto inmediato. También llamen a la unidad de delitos financieros.
Dos agentes de seguridad entraron en el despacho.
Mauricio comprendió que todo había terminado.
Pero cuando los agentes estaban a punto de llevárselo, Eduardo recibió una llamada en su propio teléfono.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Miró a Valeria con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—La cirugía de Santiago ya está preparada…
Hizo una pausa antes de continuar.
—Pero el cirujano acaba de descubrir que alguien alteró los análisis médicos de tu hijo esta misma mañana.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
Porque comprendió que congelar el dinero nunca había sido el verdadero objetivo.
Alguien quería impedir la operación… a cualquier precio.