PARTE 2: LA CARTA QUE LA ABUELA QUISO OCULTAR HASTA SU ÚLTIMO ALIENTO

Valeria se agachó y recogió el sobre.

En la parte frontal aparecía escrito el nombre de su abuela:

Mercedes Salvatierra.

Debajo había una frase más pequeña:

“Entregar únicamente antes de mi muerte.”

Mateo intentó arrebatárselo.

—Dámelo. Seguro es otra mentira de este viejo.

Don Tomás levantó la cabeza desde el suelo.

—Si abres esa carta, ya no podrás seguir fingiendo que esta familia es lo que crees.

Valeria dudó.

Desde el piso superior llegó un golpe débil.

Después otro.

La abuela estaba pidiendo ayuda desde su habitación.

Valeria corrió escaleras arriba, pero encontró la puerta cerrada con llave. Mateo se quedó inmóvil en el vestíbulo.

—¿Por qué está encerrada? —preguntó ella.

—Para que descanse. El médico dijo que no debía alterarse.

Don Tomás golpeó el suelo con el puño.

—¡No está descansando! La tienen aislada para obligarla a firmar.

Valeria miró a su primo.

—¿Firmar qué?

Mateo no respondió.

Ella tomó una silla y rompió la vieja cerradura.

Dentro de la habitación, Mercedes permanecía recostada en una cama, pálida y débil. Sobre la mesita había documentos legales y una pluma junto a su mano.

—Abuela…

La anciana abrió los ojos.

Al ver a Tomás detrás de Valeria, comenzó a llorar.

—Llegaste demasiado tarde.

Él se acercó lentamente.

—Prometí que volvería antes de que ellos te quitaran todo.

Mateo entró con el rostro descompuesto.

—No le crean. Ese hombre abandonó a la familia hace cincuenta años.

Mercedes reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

—Tomás nunca nos abandonó.

El silencio cayó sobre la habitación.

Valeria sostuvo el sobre frente a ella.

—¿Qué contiene esta carta?

La anciana cerró los ojos.

—La verdad sobre vuestro apellido.

Valeria rompió el sello.

Dentro encontró las escrituras originales de la mansión, un testamento antiguo y varias fotografías.

En una de ellas, Mercedes aparecía joven junto a Tomás y un bebé recién nacido.

Detrás estaba escrita una fecha anterior al nacimiento del padre de Valeria.

—¿Quién es ese niño? —preguntó ella.

Mercedes señaló a Mateo.

—Su padre.

Mateo retrocedió.

—Eso es imposible.

—Tomás es tu verdadero abuelo —confesó la anciana—. Y el dueño legítimo de esta casa.

Don Tomás bajó la mirada.

Durante décadas, la familia había contado que él era un trabajador obsesionado con Mercedes. La verdad era muy distinta.

Ambos habían estado comprometidos en secreto.

Pero el padre de Mercedes rechazó la relación porque Tomás no poseía una fortuna. Cuando ella quedó embarazada, la obligaron a casarse con otro hombre y le hicieron creer a todos que Tomás había huido.

—Yo regresé para buscarte —dijo él—, pero tu familia amenazó con arrebatarte al niño si volvías a verme.

Mercedes extendió una mano temblorosa.

—Y yo fui demasiado cobarde para contar la verdad.

Valeria continuó leyendo.

El testamento establecía que la propiedad debía regresar a Tomás si Mercedes moría sin reconocer públicamente su verdadera identidad.

—Entonces nosotros no somos los herederos —murmuró.

—No de esta mansión —respondió el anciano.

Mateo se abalanzó sobre los documentos.

—¡No permitiré que un desconocido nos eche de nuestra casa!

Don Tomás se puso de pie con dificultad.

—Podría haberlo hecho hace muchos años. No regresé por venganza.

—Entonces ¿por qué has vuelto? —preguntó Valeria.

El anciano sacó una segunda carta.

—Porque Mercedes me pidió que salvara a la familia de Mateo.

Todos miraron al joven.

Valeria encontró entre los documentos transferencias recientes, préstamos ilegales y una solicitud de venta de la propiedad con la firma falsificada de su abuela.

Mateo había acumulado enormes deudas y planeaba vender la mansión antes de que Mercedes muriera.

—¿Tú la encerraste para obligarla a firmar? —preguntó Valeria.

—Solo intentaba proteger lo que nos pertenece.

—Nada de esto te pertenece —respondió Don Tomás.

Mateo perdió el control.

Tomó la almohada de la cama y avanzó hacia la anciana.

—Si ella muere antes de declarar, nadie podrá demostrar nada.

Valeria se interpuso.

—No te acerques.

Mateo la empujó, pero Don Tomás levantó su bastón y bloqueó el paso.

En ese momento, varios agentes entraron en la habitación.

La enfermera personal de Mercedes había grabado las amenazas y avisado a la policía antes de abandonar la casa.

Mateo fue esposado mientras gritaba que todo era una conspiración.

Mercedes observó cómo se llevaban a su nieto y rompió a llorar.

—Prometí a su madre que lo protegería.

Don Tomás se sentó junto a ella.

—Protegerlo no significaba permitir que destruyera a todos.

La anciana tomó la mano del hombre al que había amado durante toda su vida.

—Hay algo más que nunca te conté.

Tomás la miró con preocupación.

Mercedes señaló un pequeño cofre escondido debajo de la cama.

Valeria lo abrió.

Dentro había otra fotografía de un bebé y un certificado de nacimiento.

El nombre de la madre era Mercedes.

Pero el padre no era Tomás.

Tampoco era el esposo fallecido de la anciana.

Era el hermano mayor de Don Tomás.

El anciano dejó caer la carta.

—¿Qué significa esto?

Mercedes respiró con dificultad.

—Que Mateo no desciende de ti.

Valeria revisó las fechas y comprendió la verdad.

El hijo que Tomás había creído suyo durante cincuenta años había sido concebido con su propio hermano.

—¿Me mentiste todo este tiempo? —preguntó él.

Mercedes apretó su mano con desesperación.

—Te amaba. Pero aquella noche me obligaron a guardar un secreto que habría destruido a las dos familias.

Don Tomás se levantó lentamente.

Antes de poder exigir una explicación, la anciana cerró los ojos.

La máquina junto a la cama emitió un sonido continuo.

Mercedes había muerto.

En su mano permanecía apretada una última nota.

Valeria la abrió con lágrimas en los ojos.

Solo contenía una frase:

“No permitáis que Tomás descubra quién asesinó realmente a su hermano, porque el culpable todavía vive dentro de esta casa.”

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