Julián soltó lentamente la camisa de Mateo y corrió hacia su hermana.
—Valeria, mírame. Ya estás a salvo.
Ella intentó responder, pero el miedo le cerraba la garganta.
Con manos temblorosas, señaló la vieja mesa que Mateo había derribado durante la pelea.
Debajo de las tablas rotas había caído una carpeta de cuero negro.
Mateo la vio y trató de levantarse.
—No la abras —advirtió con desesperación—. No sabes lo que contiene.
Julián recogió la carpeta.
—Precisamente por eso voy a abrirla.
En su interior encontró el testamento original de su difunto abuelo, varios certificados bancarios y una carta dirigida a Valeria.
La joven palideció al reconocer la letra.
—El abuelo me entregó esa carta antes de morir —confesó—. Me pidió que no confiara en Mateo.
Julián comenzó a leer.
El documento revelaba que la mayor parte de la fortuna familiar no pertenecía a Mateo ni a su esposa, sino a Valeria.
El abuelo había descubierto que Mateo desviaba dinero de las empresas y falsificaba firmas para quedarse con las propiedades.
Por esa razón, decidió nombrar a su nieta heredera principal y encargada de entregar todas las pruebas a la fiscalía.
—¿Por esto la trajiste aquí? —preguntó Julián con una frialdad estremecedora.
Mateo se limpió el labio y soltó una risa amarga.
—Ella iba a destruirnos a todos.
—No —respondió Valeria, recuperando lentamente la voz—. Iba a impedir que siguieras robando.
Mateo miró hacia la ventana.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.
—¿Llamaste a la policía? —preguntó.
Valeria negó con la cabeza.
—Activé una grabadora antes de entrar.
Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo interior de su abrigo.
Cada amenaza, cada confesión y cada palabra de Mateo habían quedado registradas.
El rostro del hombre se descompuso.
Intentó correr hacia la puerta trasera, pero Julián le bloqueó el paso.
—Esta vez no escaparás usando el apellido de nuestra familia.
Los agentes entraron pocos minutos después.
Encontraron la carpeta, la grabación y varios documentos que Mateo había llevado a la mansión para quemarlos.
Mientras lo esposaban, él miró a Valeria con odio.
—Crees que has ganado, pero el testamento no te servirá.
—¿Por qué? —preguntó ella.

Mateo sonrió.
—Porque nuestro abuelo nunca fue el verdadero dueño de esa fortuna.
Uno de los agentes abrió un compartimento oculto bajo el suelo.
Dentro había una caja metálica con fotografías antiguas y un segundo testamento.
Julián lo leyó en silencio.
La fortuna había sido construida décadas atrás por una mujer cuyo nombre había sido borrado de todos los registros familiares.
Aquella mujer era la madre de Valeria.
La misma mujer a la que todos creían fallecida desde hacía veinte años.
Pero junto a los documentos había una fotografía reciente.
La mostraba viva, entrando en una clínica privada apenas tres semanas antes.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
Mateo no solo intentaba ocultar el fraude de la herencia.
También sabía dónde había estado prisionera su madre durante todos aquellos años.