Sebastián sostuvo la pequeña medalla entre los dedos sin poder apartar la vista de la letra grabada en el reverso.
V.
Durante unos segundos dejó de escuchar las voces de quienes lo rodeaban.
Volvió a recordar el día en que conoció a Valeria.
Ella llevaba aquella misma Virgen colgada al cuello y, riéndose, le dijo que nunca se la quitaba porque había pertenecido a su abuela.
El día de la boda seguía ahí.
El día que recibieron el diagnóstico de cáncer también.
Y durante el funeral, su madre fue quien aseguró que la medalla había desaparecido entre las flores.
Sebastián levantó lentamente la mirada.
Beatriz estaba completamente pálida.
Mauricio evitaba mirarlo.
Renata ya no parecía tan segura de sí misma.
—¿Cómo llegó esto al pan? —preguntó Sebastián con una calma que asustaba más que cualquier grito.
Nadie respondió.
Marisol seguía llorando.
Corrió hacia el bolillo roto, recogió cuidadosamente cada pedazo y volvió a abrazarlo contra el pecho.
—Mamá dijo que nunca lo perdiéramos…
Abril acarició la espalda de su hermana.
—Porque ahí estaba el secreto.
El corazón de Sebastián dio un vuelco.
Se arrodilló frente a ellas.
—¿Qué secreto?
Abril frunció el ceño, intentando recordar.
—Mamá decía que… cuando encontráramos al señor del lago… teníamos que darle el pan.
Toda la habitación quedó en silencio.
—¿Al señor del lago?
La niña asintió.
—Sí.
Tú.
Sebastián sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Tu mamá dijo mi nombre?
Abril negó con la cabeza.
—Solo decía el señor que vive junto al lago.
El que tiene una casita para los patos.
Sebastián cerró lentamente los ojos.
Solo una persona conocía aquel rincón del jardín.
Valeria.
Ella había construido una pequeña casita de madera para alimentar a los patos cada invierno.
Nunca aparecía en fotografías.
Jamás había salido en redes sociales.
Era un detalle íntimo de aquella propiedad.
Renata tragó saliva.
—Eso… cualquiera pudo verlo.
Sebastián la miró fijamente.
—La casa permaneció cerrada desde la muerte de Valeria.
Nadie entró aquí durante tres años.
El silencio volvió a instalarse.
Pocos minutos después llegaron dos trabajadoras del DIF acompañadas por un comandante de la policía municipal.
Comenzaron a hacer preguntas con delicadeza.
—¿Recuerdan cómo se llamaba su mamá?
Abril respondió casi de inmediato.
—Lucía.
—¿Y su papá?
Las dos niñas bajaron la cabeza al mismo tiempo.
Marisol abrazó con más fuerza el bolillo.
—Nunca lo conocimos.
La trabajadora social anotó cada respuesta.
—¿Vivían cerca?
Abril negó.
—Vivíamos donde había muchas flores.
Pero luego nos fuimos.
—¿Con quién?
La niña tardó varios segundos en contestar.
—Con un señor malo.
Sebastián sintió un nudo en el estómago.
El comandante levantó la vista.
—¿Recuerdas su nombre?
—No.
Solo decía que si hablábamos nos iba a llevar con mamá.
Las palabras helaron el ambiente.
Mientras tanto, Beatriz pidió hablar con Sebastián a solas.
Él aceptó.
Salieron a la terraza.
Su madre evitó mirarlo directamente.
—No te involucres más de lo necesario.
—¿Por qué?
—Porque no sabes quiénes son realmente.
Sebastián observó la medalla que aún sostenía.
—Eso intento averiguar.
Beatriz respiró profundamente.
—Entrega a las niñas al DIF y olvida todo esto.
—¿Por qué estás tan nerviosa desde que apareció esta medalla?
Ella tardó demasiado en responder.
—Porque me recuerda a Valeria.
—No.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Te recuerda otra cosa.
Por primera vez en muchos años, Beatriz pareció perder el control.
—¡Ya basta!
—La medalla no se perdió en el funeral, ¿verdad?
Ella guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
Esa misma tarde, Sebastián acompañó a las niñas al centro médico para una revisión completa.
Mientras una pediatra examinaba a Marisol, llamó discretamente a Sebastián.
—Señor Arriaga…
Él se acercó.
La doctora hablaba en voz muy baja.
—Hay algo que debe saber.
Le mostró dos pequeñas marcas de nacimiento idénticas detrás de la oreja izquierda de ambas niñas.
Sebastián quedó inmóvil.
Valeria tenía exactamente la misma marca.

Siempre decía que era “la luna de los Arriaga”, porque el abuelo de Sebastián también la tenía.
Sacudió la cabeza.
Era imposible.
No podía sacar conclusiones por una simple coincidencia.
La pediatra continuó.
—No significa nada por sí solo.
Pero, si existe alguna sospecha sobre parentesco, sería conveniente realizar pruebas genéticas.
Sebastián permaneció en silencio.
Tres años.
Las niñas tenían aproximadamente tres años.
Justo el tiempo que había pasado desde la muerte de Valeria.
Una idea absurda empezó a abrirse paso en su mente.
Tan absurda que se negó a pronunciarla siquiera.
Al regresar a la casa encontró al comandante esperándolo.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
—Señor Arriaga, encontramos algo sobre la mujer que las niñas llamaban Lucía.
Sebastián tomó el expediente.
Dentro había una fotografía.
Apenas la vio, sintió que las piernas dejaban de responderle.
La mujer abrazando a Abril y Marisol no era Valeria.
Pero sí alguien a quien conocía perfectamente.
Alguien que había trabajado durante años en el hospital donde murió su esposa.
Entonces levantó la siguiente hoja.
Era una copia de un acta de nacimiento.
En el espacio correspondiente al padre aparecía una única anotación.
“Identidad reservada por orden judicial.”
Y al pie del documento, la firma del juez llevaba exactamente la misma fecha en que Sebastián estaba despidiendo a Valeria en el cementerio.