PARTE 2: LA SILUETA EN LA AVENIDA REVELÓ QUIÉN HABÍA PREPARADO LA EMBOSCADA

Mateo y Elena se detuvieron en seco.

La figura que bloqueaba la salida llevaba un abrigo largo y una gorra oscura.

El agresor apareció detrás de ellos, respirando con dificultad y sujetándose el hombro.

—Se acabó el juego —dijo con una sonrisa cruel—. Ahora no tenéis adónde escapar.

Mateo colocó a Elena detrás de él y levantó nuevamente el tubo de metal.

—No te acerques.

La silueta del frente avanzó lentamente.

Entonces levantó ambas manos.

—Tranquilos. Soy policía.

El desconocido sacó una placa y encendió una pequeña linterna.

El agresor perdió la sonrisa.

—Esa placa es falsa —gritó.

Pero el supuesto policía ya había reconocido su rostro.

—Bruno Salazar. Llevamos meses buscándote.

Bruno dio media vuelta e intentó huir por el callejón.

Dos agentes aparecieron desde una calle lateral y lo redujeron antes de que pudiera escapar.

Elena cayó de rodillas, agotada.

Mateo permaneció junto a ella, sin soltar el tubo.

—¿Cómo sabía que estaríamos aquí? —preguntó con desconfianza.

El agente guardó su placa.

—Recibimos una llamada anónima hace veinte minutos. Alguien dijo que una joven sería atacada exactamente en esta esquina.

Elena levantó la mirada.

—Eso ocurrió antes de que yo llegara.

El silencio cambió de inmediato.

Aquello no había sido un ataque improvisado.

Alguien sabía que Elena pasaría por esa calle y había preparado todo con anticipación.

En la comisaría, Bruno se negó a declarar.

Sin embargo, los agentes encontraron en su bolsillo una fotografía reciente de Elena saliendo de su trabajo.

En el reverso había una dirección y una frase escrita a mano:

Asústala, recupera el sobre y no permitas que hable.

Mateo la miró con preocupación.

—¿Qué sobre?

Elena guardó silencio durante varios segundos.

Después abrió su bolso.

Dentro había una carpeta pequeña que había encontrado esa misma tarde en el escritorio de su jefe.

Contenía recibos, transferencias bancarias y fotografías de varias mujeres desaparecidas del barrio.

—Trabajo en una agencia de empleos —explicó—. Descubrí que enviaban a jóvenes a casas donde nunca llegaban a trabajar.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Tu jefe sabía que tenías las pruebas?

—Creo que sí.

El agente revisó los documentos.

Todos los contratos llevaban la firma de una misma persona.

Era un empresario llamado Víctor Robles.

El hombre que financiaba campañas políticas, fundaciones benéficas y gran parte de la policía local.

—Necesitaremos protección para los dos —dijo el agente—. Quienes organizaron esto no se detendrán.

Mateo negó con la cabeza.

—Yo solo fui un testigo.

Bruno soltó una carcajada desde la celda cercana.

—Tú nunca fuiste un testigo casual.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

El detenido levantó la mirada.

—Te pagaron para estar en esa esquina.

Elena retrocedió.

—¿Es verdad?

Mateo palideció.

Confesó que un hombre le había ofrecido dinero por esperar en aquella calle y avisar si veía pasar a una joven con abrigo rojo.

No sabía que planeaban atacarla.

Cuando comprendió lo que ocurría, decidió intervenir.

—Debí contártelo antes —admitió—. Tenía miedo de que pensaras que formaba parte de todo.

Elena no respondió.

El agente tomó el teléfono de Mateo.

El número que lo había contratado estaba registrado a nombre de una empresa de seguridad privada.

Su propietario era Víctor Robles.

Pero había algo todavía más extraño.

Mateo reconoció la fotografía del empresario.

Era el hombre que había abandonado a su familia cuando él era un niño.

Su propio padre.

Aquella noche, Mateo no había aparecido por casualidad para salvar a Elena.

Su padre lo había colocado allí como parte de la emboscada.

Y nadie sabía todavía si esperaba que la protegiera o que ayudara a silenciarla.

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