PARTE 2: LA TRAICIÓN SENTADA A SU PROPIA MESA

Mateo permaneció de pie frente al líder rival.

Nadie se atrevía a respirar con normalidad.

El hombre retiró lentamente la bota de la mesa, pero su sonrisa regresó con una seguridad inquietante.

—Antes de empezar una guerra, deberías preguntar quién me invitó.

Mateo frunció el ceño.

—Nadie de mi familia te abriría las puertas de Shang Chi.

—¿Estás seguro?

El rival sacó del bolsillo una pequeña llave dorada y la arrojó sobre la mesa.

Mateo la reconoció de inmediato.

Pertenecía a la bóveda privada de su padre, el antiguo jefe del clan. Solo cuatro personas poseían una copia: Mateo y los tres hermanos sentados junto a él.

El hermano mayor retiró la mano de su arma.

—Esa llave desapareció después del funeral de papá.

—No desapareció —respondió el intruso—. Me la entregaron.

Mateo observó a sus hermanos.

Uno permanecía inmóvil. Otro miraba hacia la puerta. El menor, Adrián, mantenía los ojos clavados en el mantel.

—¿Quién fue? —preguntó Mateo.

El rival señaló una bandeja cubierta situada sobre la mesa.

—La respuesta está en la cena que ninguno de vosotros se ha atrevido a tocar.

Mateo levantó la tapa.

Debajo no había comida.

Había contratos, fotografías y un libro de cuentas con el sello de su familia.

Las páginas mostraban pagos realizados durante meses a la banda enemiga. También aparecían rutas de mercancías, nombres de informantes y ubicaciones secretas.

Alguien había vendido cada movimiento del clan.

—Esto es falso —dijo el hermano mayor.

El rival abrió el libro en la última página.

Allí aparecía una firma.

La de Adrián.

Mateo sintió que la rabia le subía al pecho.

—Mírame y dime que no fuiste tú.

Adrián levantó lentamente la cabeza.

—Yo firmé.

Los guardaespaldas avanzaron, pero Mateo levantó la mano.

—Nadie lo toca.

—Hermano, puedo explicarlo.

—Vendiste nuestras rutas. Entregaste nuestros nombres. Trajiste al enemigo hasta nuestra mesa.

Adrián golpeó la superficie con ambas manos.

—¡Lo hice para evitar que nos destruyeran!

El líder rival soltó una risa corta.

—Qué conmovedor.

Adrián se volvió hacia él.

—Prometiste que solo querías negociar.

—Y tú creíste en la palabra de un hombre al que tu familia expulsó hace veinte años.

Mateo quedó inmóvil.

—¿Expulsó?

El rival se quitó lentamente el anillo negro que llevaba en la mano.

En su interior aparecía grabado el símbolo de los fundadores de Shang Chi.

El mismo emblema que Mateo había heredado de su padre.

—Mi nombre verdadero es Samuel Ortega —declaró—. Soy el primer hijo de vuestro padre.

Los tres hermanos quedaron paralizados.

—Eso es imposible —murmuró Mateo.

Samuel dejó sobre la mesa un certificado de nacimiento y una fotografía antigua.

En ella aparecía su padre abrazando a una mujer desconocida y sosteniendo a un niño pequeño.

—Vuestra madre obligó a mi madre a abandonar la ciudad. Después borró nuestros nombres de todos los registros.

Mateo revisó los documentos.

Los sellos eran auténticos.

—¿Por qué regresar ahora?

—Porque la mitad de Shang Chi me pertenece.

—No tienes derecho a amenazar a nuestra familia.

—¿Nuestra familia? —replicó Samuel—. La vuestra construyó su poder con el dinero que correspondía a mi madre.

Adrián se levantó.

—Yo encontré esos documentos en la bóveda. Quise hablar con Mateo, pero nuestro hermano mayor me amenazó.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

El hermano mayor, Esteban, permaneció en silencio.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Mateo.

Adrián respiró con dificultad.

—Que si revelaba la existencia de Samuel, mamá sufriría un accidente.

Esteban se puso de pie de golpe.

—Está mintiendo para salvarse.

Mateo tomó el libro de cuentas y descubrió varias páginas arrancadas.

—¿Dónde están las páginas que faltan?

Samuel sonrió.

—Esteban las tiene.

Los guardaespaldas bloquearon las salidas.

Esteban retrocedió.

—No podéis creer a ese desconocido.

—Entonces vacía tus bolsillos —ordenó Mateo.

El hermano mayor negó con la cabeza.

Mateo comprendió la verdad antes de que nadie dijera nada.

Esteban no solo conocía el secreto.

Había utilizado a Samuel y a Adrián para provocar una guerra. Si ambos bandos se destruían, él quedaría como único heredero del territorio.

—Tú organizaste esta reunión —dijo Mateo.

Esteban apretó la mandíbula.

—Papá cometió un error al dejarte el mando.

—Querías que Samuel me eliminara y después culpar a Adrián.

—La familia necesitaba un líder fuerte.

Mateo lo observó con una profunda decepción.

—Confundiste fuerza con traición.

Esteban lanzó una copa contra las luces.

El salón quedó en penumbra.

Hubo gritos, muebles desplazándose y pasos corriendo hacia las puertas. Cuando las lámparas de emergencia se encendieron, Esteban había desaparecido.

En su silla encontraron las páginas faltantes.

Mateo las revisó.

No contenían rutas ni pagos.

Eran copias de un testamento secreto.

El documento declaraba que ninguno de los cuatro hermanos heredaría Shang Chi.

La verdadera beneficiaria era una mujer llamada Camila Ortega.

Samuel perdió el color del rostro.

—Camila era mi madre.

—¿Era? —preguntó Mateo.

—Murió hace quince años.

Adrián señaló una cláusula escrita al final.

—Aquí dice que la heredera debía presentarse personalmente para reclamar el territorio.

En ese instante, la puerta del restaurante volvió a abrirse.

Una mujer mayor entró acompañada por varios hombres vestidos de negro.

Samuel dejó caer el certificado.

—Mamá…

Camila caminó hasta la mesa y observó a sus hijos con absoluta frialdad.

—Ninguno de vosotros conoce la verdadera historia de esta familia.

Colocó un segundo testamento frente a Mateo.

—Vuestro padre no murió por enfermedad. Fue asesinado la noche en que decidió devolverme lo que me había robado.

Mateo abrió el documento.

En la última página aparecía el nombre de la persona que había ordenado su muerte.

Era su propia madre.

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