La lluvia golpeaba el techo de lámina con tanta fuerza que apenas dejaba escuchar la respiración de Jacinta.
Mateo permaneció inmóvil unos segundos.
Dieciocho años.
Dieciocho años soñando con volver a abrazar a la mujer que le había salvado la vida.
Y ahora la encontraba sosteniendo una vieja bolsa de mandado, empapada, con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá… —repitió con la voz quebrada.
Jacinta dejó caer la fotografía que llevaba entre las manos.
—¿De verdad eres tú… mijo?
Mateo cruzó el patio sin importarle el barro ni la tormenta.
La abrazó con una fuerza contenida durante casi dos décadas.
—Perdóname…
Ella comenzó a llorar sobre su pecho.
—Pensé que ya no te acordabas de mí.
Mateo cerró los ojos.
—Jamás dejé de buscar la forma de volver.
Rogelio carraspeó con impaciencia.
—Qué conmovedor.
Pero ya es demasiado tarde.
Levantó la carpeta plastificada para que todos los vecinos pudieran verla.
—La casa ya me pertenece legalmente.
Aquí está la firma de la tía Jacinta.
Mateo soltó lentamente a la anciana.
Tomó los documentos sin pedir permiso.
Los revisó durante apenas unos segundos.
Después levantó la vista.
—¿Quién redactó este contrato?
Rogelio sonrió con arrogancia.
—Un notario de Huajuapan.
—¿Cuál?
El hombre dudó apenas un instante.
—Eso no te importa.
Mateo volvió a mirar las hojas.
Algo no encajaba.
Conocía demasiado bien los contratos.
Durante los últimos doce años no solo había trabajado como ingeniero hidráulico.
También dirigía una empresa especializada en proyectos de infraestructura pública, donde revisaba contratos millonarios cada semana.
Había aprendido a detectar irregularidades con solo observar una página.
Y aquellas hojas estaban llenas de ellas.
—Curioso…
Todos guardaron silencio.
Mateo señaló una firma.
—Mi madre siempre firma “Jacinta Hernández López”.
Aquí aparece únicamente “Jacinta Hernández”.
Rogelio tragó saliva.
—Con eso basta.
Mateo siguió leyendo.
—El supuesto pago también presenta un problema.
—¿Cuál?
—Dice que recibió doscientos cincuenta mil pesos en efectivo.
Miró directamente a Jacinta.
—¿Usted recibió ese dinero?
Ella negó lentamente.
—Nunca.
Solo firmé unos papeles porque Rogelio dijo que eran para las medicinas.
Los murmullos comenzaron entre los vecinos.
Doña Ofelia bajó la mirada.
El señor Hilario frunció el ceño.
Mateo pasó otra hoja.
Entonces sonrió.
Una sonrisa tranquila.
La misma que tenía de niño cuando resolvía un problema difícil.
—Aquí está el tercer error.
Rogelio empezó a ponerse nervioso.
—¿Qué error?
Mateo levantó el contrato.
—Este documento fue elaborado hace apenas cuatro meses.
Pero utiliza un formato notarial que dejó de existir hace tres años.
El silencio cayó como otro trueno.
Uno de los hombres que había llegado en las camionetas dio un paso adelante.
Vestía traje oscuro.
Sacó una credencial.
—Licenciado Arturo Salinas.
Departamento jurídico de Grupo Horizonte.
Rogelio abrió mucho los ojos.
El abogado tomó el contrato.
Lo revisó durante menos de un minuto.
Después miró a Mateo.
—Tiene razón.
Este documento presenta varias inconsistencias.
Además…
Señaló el sello.
—Este número de protocolo pertenece a otra escritura completamente distinta.
Los vecinos comenzaron a hablar entre ellos.
Rogelio intentó recuperar la carpeta.
—Eso no prueba nada.
Mateo lo observó fijamente.
—Todavía no.
Pero lo hará.
Sacó su teléfono.
Marcó un número.

—Buenas noches, licenciada.
Necesito confirmar un protocolo notarial del distrito de Huajuapan.
Esperó unos segundos.
Todos permanecían inmóviles bajo la lluvia.
Finalmente sonrió.
—Gracias.
Colgó.
Miró nuevamente a Rogelio.
—El notario cuya firma aparece aquí falleció hace ocho meses.
La carpeta casi se escapó de las manos de Rogelio.
—Eso… eso…
No encontró palabras.
El abogado dio un paso adelante.
—Eso convierte este documento en presuntamente falso.
Y falsificar una escritura pública constituye un delito.
Jacinta observaba la escena sin comprender del todo.
Solo sabía una cosa.
Mateo estaba allí.
Y no había olvidado su promesa.
Ella tomó su mano.
—Mijo…
Él la apretó con cariño.
—Nadie volverá a sacarte de esta casa.
Nunca más.
Los vecinos comenzaron a acercarse.
Muchos evitaban mirar a Jacinta a los ojos.
Durante años habían repetido que Mateo la había abandonado.
Ahora descubrían otra verdad.
Doña Ofelia rompió el silencio.
—Jacinta…
Yo…
La anciana simplemente negó con la cabeza.
No tenía fuerzas para reproches.
Había esperado demasiado tiempo aquel abrazo.
Mientras tanto, Rogelio retrocedía lentamente hacia su camioneta.
Pensaba marcharse.
Pero dos hombres del equipo jurídico ya se habían colocado detrás de él.
—Será mejor que permanezca aquí.
Él levantó la voz.
—¡No pueden detenerme!
—Todavía no.
Respondió el abogado.
—Pero la policía municipal viene en camino.
Mateo respiró profundamente.
Creía que lo peor había terminado.
Entonces uno de los asistentes que viajaba con él salió de la última camioneta llevando una caja metálica.
—Ingeniero.
Encontramos esto entre los archivos que pidió revisar.
Mateo abrió la caja.
Dentro había sobres amarillentos.
Cartas.
Comprobantes bancarios.
Y decenas de sobres cerrados con su nombre escrito.
Sintió un escalofrío.
Tomó el primero.
La fecha era de diecisiete años atrás.
La letra era inconfundible.
Era suya.
Miró a Jacinta.
—Mamá…
¿Nunca recibiste mis cartas?
Ella frunció el ceño.
—¿Qué cartas?
Mateo abrió otro sobre.
Luego otro.
Todos llevaban sellos postales.
Todos habían sido enviados desde Monterrey.
Todos estaban cerrados.
Jamás llegaron a sus manos.
El abogado tomó uno de los sobres.
En la parte posterior aparecía una pequeña anotación escrita con bolígrafo.
“Entregar a Rogelio Hernández para distribución.”
Mateo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Levantó lentamente la vista hacia su primo.
Rogelio ya no intentaba defender la casa.
Porque acababa de entender que su peor crimen… no había sido intentar robar una propiedad.
Había robado dieciocho años enteros entre una madre y el hijo que nunca dejó de escribirle.