Carlos permaneció unos segundos tendido sobre la acera.
El hombro le dolía, pero el miedo era mucho peor.
Miró hacia las casas que lo rodeaban.
Detrás de las cortinas aún distinguía sombras observándolo.
Todos habían visto lo ocurrido.
Nadie había movido un solo dedo.
Se levantó con esfuerzo y recogió los restos de su teléfono destrozado.
Entre los cristales encontró la tarjeta de memoria.
La guardó en el bolsillo con una pequeña esperanza.
Al llegar a su casa, revisó el contenido desde un viejo ordenador.
Había alcanzado a grabar apenas unos segundos antes de que el desconocido le arrebatara el móvil.
No se veía su rostro.
Pero sí la matrícula del automóvil.
Carlos anotó el número y, al amanecer, viajó hasta la comisaría del municipio vecino.
El oficial revisó la denuncia.
Su expresión cambió al leer la placa.
—¿Está seguro de que era ese vehículo?
—Completamente.
El policía respiró hondo.
—Esa matrícula pertenece al alcalde.
Carlos sintió un escalofrío.
—Eso es imposible.
—Oficialmente, ese coche fue destruido en un incendio hace cuatro años.
Al salir de la comisaría, encontró un sobre bajo el limpiaparabrisas de su camioneta.
Dentro había una fotografía de su esposa llevando de la mano a su hija al salir de la escuela.
Al reverso solo había una frase.
“La próxima vez no será una fotografía.”
Carlos comprendió que lo vigilaban en todo momento.
Regresó a su calle antes del anochecer.
Esta vez llamó puerta por puerta.
Nadie quiso hablar.
Hasta que una anciana abrió apenas unos centímetros.
—No siga buscando, hijo.
—Todos tienen miedo, pero alguien tiene que decir la verdad.
La mujer rompió a llorar.
—Hace ocho años otro vecino denunció a ese hombre.
—¿Qué ocurrió?
—Desapareció.
Carlos guardó silencio.
La anciana le entregó una vieja llave.
—Mi esposo escondió algo antes de morir. Dijo que solo debía entregárselo a alguien que todavía creyera en la justicia.
La llave pertenecía a un pequeño almacén abandonado junto a la antigua estación del tren.
Esa misma noche, Carlos entró en el lugar.
Encontró cajas cubiertas de polvo y un archivador metálico cerrado con un candado.
La llave encajó perfectamente.
Dentro había contratos, fotografías, cuentas bancarias y decenas de expedientes con nombres de vecinos del pueblo.
Todos habían sido extorsionados durante años.
En la última carpeta apareció una fotografía del hombre de la gabardina negra estrechando la mano del alcalde.
Pero no era el alcalde quien ocupaba el centro de la imagen.
Detrás de ambos había un tercer hombre.
Vestía uniforme policial.
Carlos lo reconoció de inmediato.
Era el jefe de la comisaría local.
Mientras observaba las fotografías, escuchó pasos en el exterior.
Apagó la linterna.
Varias personas entraron al almacén.
—Registren todo. El testigo no puede salir de aquí con esos documentos.
Carlos contuvo la respiración detrás de unas estanterías.
Uno de los hombres encontró el archivador vacío.
—Llegamos tarde.

Entonces sonó otro teléfono.
—¿Y la familia?
La respuesta llegó desde el otro lado de la llamada.
—Ya los tenemos.
Carlos sintió que el corazón dejaba de latir.
Corrió hacia la salida trasera, pero encontró una cinta amarilla cruzando el camino.
Su casa podía verse a lo lejos.
Estaba rodeada por patrullas.
Pensó que la policía había ido a proteger a su esposa y a su hija.
Hasta que vio al mismo jefe policial salir tranquilamente de la vivienda llevando esposada a su esposa.
Cuando ella levantó la cabeza y lo vio escondido entre los árboles, solo alcanzó a gritar una frase antes de que la obligaran a subir al vehículo.
—¡No confíes en nadie! ¡Ellos fueron quienes mataron a tu padre aquella noche!