Sentí que las piernas dejaban de responderme.
Miré otra vez el reporte del laboratorio, esperando haber entendido mal.
—¿Clonazepam? —pregunté con la voz quebrada—. Mi hijo jamás ha tomado ese medicamento.
El doctor Salgado asintió con gravedad.
—La concentración encontrada en su sangre es demasiado alta para un niño de seis años. Alguien se lo administró pocas horas antes de la caída.
El aire se volvió pesado.
Recordé la llamada de Fernanda.
Su voz histérica.
Sus gritos asegurando que Gael había salido corriendo hacia el balcón mientras ella preparaba un jugo.
Hasta ese momento había repetido esa escena una y otra vez.
Ahora ya no tenía sentido.
—Doctor… ¿un niño sedado puede perder el equilibrio con facilidad?
—Sí.
—¿Puede desorientarse?
—También.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
Entonces el médico abrió la segunda carpeta.
—Hay algo más.
Sacó una hoja con varios resultados genéticos.
—No puedo emitir conclusiones definitivas hasta que Medicina Forense complete el estudio, pero encontramos una incompatibilidad biológica que requiere explicación.
Lo miré sin comprender.
—¿Qué significa?
El doctor eligió cuidadosamente cada palabra.
—Los marcadores genéticos indican que Rodrigo no podría ser el padre biológico de Gael.
Mi mundo se detuvo.
—Eso es imposible.
—Por eso repetiremos las pruebas.
Negué con la cabeza.
—Jamás estuve con otro hombre.
El doctor permaneció en silencio.
Comprendió antes que yo lo que aquella afirmación significaba.
—Entonces… hay otra posibilidad.
No terminó la frase.
Pero ambos pensamos exactamente lo mismo.
La muestra de Rodrigo podía no pertenecer a Rodrigo.
Salí del consultorio completamente aturdida.
En el pasillo seguía esperándome doña Ofelia.
Al verme sonrió con una tranquilidad que me revolvió el estómago.
—¿Ya entendiste que ese niño solo trae desgracias?
La miré fijamente.
Por primera vez no sentí miedo.
—¿Sabía usted que Gael tenía clonazepam en la sangre?
Su sonrisa desapareció.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—¿Qué tonterías dices?
—Eso pregunté.
No respondió.
Simplemente dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el elevador.
Como alguien que necesitaba avisarle algo urgente a otra persona.
Saqué mi teléfono.
Llamé a la licenciada Adriana Cárdenas.
La mejor abogada de una de las empresas donde trabajaba la firma contable.
Contestó de inmediato.
—Mariana.
—Necesito ayuda.
No lloré.
Le conté absolutamente todo.
El divorcio.
Las amenazas.
La amante.
La presión para vender la casa.
Y el resultado del laboratorio.
Cuando terminé, solo hizo una pregunta.
—¿Firmaste el poder para vender?
—No.
—Perfecto.
Escuché cómo comenzaba a escribir.
—Desde este momento no hables más con Rodrigo sin que quede registro. Guarda todos los mensajes. No aceptes llamadas si no puedes grabarlas.
Respiré hondo.
—¿Crees que intentaron matar a mi hijo?
Hubo unos segundos de silencio.
—Todavía no lo sé.
Su voz se volvió mucho más seria.
—Pero alguien tenía mucho interés en que ese niño desapareciera antes de que ustedes se divorciaran.
Colgué.
Regresé a la sala de terapia intensiva.
Tomé la pequeña mano de Gael.

Seguía inmóvil.
Pero el monitor marcaba un ritmo estable.
—Te prometo que voy a descubrir quién te hizo esto.
Apenas terminé de hablar, una enfermera entró apresurada.
—Señora Mariana…
Traía una pequeña bolsa transparente.
—Cuando ingresó su hijo guardamos todas sus pertenencias.
Dentro estaba la ropa que llevaba el día del accidente.
Su camiseta.
Sus tenis.
Y un pequeño dinosaurio de plástico que nunca soltaba.
La enfermera señaló el bolsillo del pantalón.
—Encontramos esto cuando lo cambiamos para cirugía.
Sacó una servilleta doblada varias veces.
La abrí lentamente.
Había un dibujo infantil.
Era nuestra casa.
En el balcón aparecía Gael.
Abajo estaba yo.
Y junto al niño había dos personas tomadas de la mano.
Una tenía el cabello largo.
La otra llevaba corbata.
Debajo, con la letra temblorosa de mi hijo, solo podía leerse una frase:
“Papá dijo que era un secreto.”
Sentí que el corazón se detenía.
Guardé cuidadosamente el dibujo.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era Rodrigo.
Activé la grabación antes de contestar.
—¿Qué quieres?
Su voz sonaba extrañamente tranquila.
—Solo llamo para avisarte que cuando Gael muera no pienso hacerme cargo de ningún gasto funerario.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
—¿Cómo puedes decir eso?
Él soltó una risa breve.
—Porque los accidentes pasan todos los días.
Y añadió unas palabras que me helaron por completo la sangre.
—Además… nadie puede demostrar que Fernanda estuvo sola con el niño antes de la caída.