PARTE 2 — EL SOBRE NEGRO REVELÓ LA VERDAD DEL TREN

Las luces volvieron a encenderse.

El vagón quedó en un silencio absoluto.

El oficial estaba arrodillado, sujetándose el hombro.

El disparo no lo había matado.

Solo había rozado su brazo.

—¡Cierren todas las puertas! —ordenó mientras intentaba levantarse.

Los agentes del siguiente vagón corrieron hacia el lugar.

Pero Mateo ya no estaba donde lo habían esposado.

Las esposas abiertas yacían sobre el suelo.

Y el sobre negro había desaparecido.

La mujer que lo acusó seguía inmóvil.

Sus manos estaban cubiertas por una sustancia rojiza.

—No… no es sangre…

Uno de los agentes tomó una muestra.

Minutos después confirmó que era pintura industrial.

La mujer comenzó a temblar.

—Yo… solo obedecía órdenes.

El oficial la miró fijamente.

—¿Qué órdenes?

Antes de responder, un joven señaló el fondo del vagón.

—¡Allí!

Mateo acababa de sujetar a un hombre que intentaba escapar entre los pasajeros.

Era el mismo individuo cuya mano había intentado robar el sobre negro durante el apagón.

El desconocido forcejeó violentamente.

El sobre cayó al suelo.

El oficial lo recogió de inmediato.

Dentro había una memoria USB y varios documentos.

Uno de ellos era un contrato firmado por el anciano inconsciente.

El oficial frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

En ese momento, el anciano abrió lentamente los ojos.

Con la poca fuerza que le quedaba levantó la mano.

—Él… no me empujó…

Toda la multitud quedó paralizada.

El anciano señaló directamente al hombre que Mateo acababa de inmovilizar.

—Fue… él…

El sospechoso intentó escapar otra vez.

Los agentes lo redujeron inmediatamente.

La mujer rompió a llorar.

—Me pagó para señalar al primer joven que viera cerca del anciano.

El oficial respiró profundamente.

La trampa comenzaba a quedar al descubierto.

Entonces uno de los técnicos conectó la memoria USB al ordenador del tren.

Aparecieron decenas de archivos financieros.

Transferencias millonarias.

Empresas fantasma.

Sobornos.

El anciano no era una víctima cualquiera.

Era el auditor que transportaba las pruebas de una enorme red de corrupción.

El sospechoso había intentado robar el sobre antes de que llegara a la fiscalía.

Mateo comprendió por fin por qué quisieron convertirlo en el culpable.

Pero aún faltaba la pieza más importante.

El anciano pidió hablar.

—No confíen… en todos los policías…

El oficial levantó la vista.

—¿Qué quiere decir?

El anciano señaló el último archivo de la memoria.

El técnico lo abrió.

En la pantalla apareció una lista de nombres protegidos por contraseña.

El primer nombre pudo leerse con claridad.

Era el del jefe de seguridad ferroviaria nacional.

El oficial sintió un escalofrío.

Aquella conspiración iba mucho más allá de un simple intento de homicidio.

En ese instante sonó el teléfono del oficial.

Respondió de inmediato.

Después de unos segundos, su rostro cambió por completo.

—Acaban de revisar las cámaras del tren.

Todos guardaron silencio.

—Durante el apagón… alguien manipuló las grabaciones desde el centro de control.

El técnico levantó la vista.

—¿Quién tenía acceso?

La respuesta llegó desde el otro lado de la llamada.

El oficial dejó caer lentamente el teléfono.

Porque la persona que había borrado todas las pruebas… era su propio comandante.

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