PARTE 2
El coche negro se detuvo frente a la entrada principal.
La puerta trasera se abrió y un hombre alto, vestido con un traje oscuro, descendió lentamente.
Era Alejandro.
El único hijo de doña Beatriz y heredero de todo el imperio familiar.
Sofía recuperó parte de su arrogancia al verlo cruzar el jardín.
—Alejandro, menos mal que has vuelto —dijo corriendo hacia él—. Tu madre y esta mujer se han unido para humillarme.
El hombre no respondió.
Entró en la sala y observó primero a Elena, todavía sentada en el suelo con la mejilla enrojecida.
Después miró la mano de Sofía.
—¿La golpeaste?
—Ella me provocó.
—No te he preguntado eso.
La frialdad de su voz hizo que todos guardaran silencio.
Sofía intentó tocar su brazo.
—Amor, déjame explicarte.
Alejandro se apartó.
—No me llames así.
El rostro de Sofía perdió todo color.
Doña Beatriz ayudó a Elena a levantarse.
—Tu esposa cree que esta casa le pertenece —dijo la anciana—. También cree que puede tratar a los demás como animales.
Alejandro miró directamente a Sofía.
—Ya no es mi esposa.
La frase cayó como un rayo.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó ella.
Alejandro sacó una carpeta de cuero y la dejó sobre la mesa.
—He iniciado el proceso de divorcio.
Sofía abrió la carpeta con manos temblorosas.
Dentro había documentos bancarios, fotografías y copias de contratos.
—Esto es una locura.
—La locura fue confiar en ti.
Elena observaba la escena sin comprender.
Alejandro había regresado del extranjero una semana antes de lo previsto. Durante meses, había investigado movimientos sospechosos en las empresas familiares.
Millones habían sido transferidos a cuentas privadas.
Las autorizaciones llevaban la firma de Sofía.
—Yo administraba el dinero por orden de tu madre —se defendió ella.
Doña Beatriz golpeó el suelo con su bastón.
—No uses mi nombre para cubrir tus robos.
Sofía señaló a Elena.
—Todo esto empezó cuando esa miserable entró en la casa.
Alejandro se acercó a Elena.
—Ella fue quien me advirtió.
Elena abrió los ojos con sorpresa.
—Yo no hice nada.
—Encontraste una factura escondida en la lavandería y se la entregaste a mi madre —explicó él—. Esa factura nos permitió seguir el dinero.
Sofía recordó aquel día.
Había acusado a Elena de revisar sus pertenencias y la había amenazado con despedirla.
Ahora comprendía que aquel pequeño papel había destruido su plan.
—No podéis demostrar que yo hice esas transferencias —insistió.
Alejandro abrió otra carpeta.
—También tenemos las grabaciones de seguridad.
En la pantalla de una tableta apareció Sofía entrando de madrugada en el despacho de doña Beatriz.
Usaba una llave copiada.
Después fotografiaba documentos y sustituía contratos originales por versiones falsificadas.
El silencio en la sala se volvió insoportable.
—Solo intentaba proteger lo que me corresponde —dijo Sofía.
—Nada te corresponde después de lo que hiciste —respondió Alejandro.
Ella soltó una carcajada nerviosa.
—¿Crees que puedes echarme sin consecuencias? Conozco todos los secretos de esta familia.
Doña Beatriz mantuvo la mirada firme.
—También nosotros conocemos el tuyo.
La anciana sacó una fotografía antigua.
En ella aparecía Sofía, mucho más joven, vestida con un uniforme sencillo y trabajando en una pequeña tienda.
—Tú dijiste que provenías de una familia poderosa del extranjero —continuó Beatriz—. Mentiste sobre tu apellido, tus estudios y tu fortuna.
Sofía apretó los labios.
—Mi origen no cambia nada.
—No —respondió la matriarca—. Haber sido pobre jamás debería avergonzarte. Lo vergonzoso es que humilles a Elena por venir del mismo lugar que tú.
Elena miró a Sofía con incredulidad.
Durante meses la había llamado sirvienta, ignorante y muerta de hambre.
Pero Sofía también había conocido la pobreza.
—Yo luché para salir de allí —gritó—. Ella solo se conforma con limpiar casas.
Elena se secó las lágrimas.
—Trabajar honradamente nunca me ha dado vergüenza.
Aquellas palabras despertaron un murmullo entre los empleados.
Varios llevaban años soportando los insultos de Sofía.
Una cocinera dio un paso adelante.
—Ella también nos obligaba a entregar parte de nuestros salarios.
Otro empleado levantó la mano.
—Y vendió objetos de la mansión culpando al personal.
Sofía comenzó a retroceder.
—Están mintiendo porque quieren dinero.
—No necesitamos sus palabras —dijo Alejandro—. Encontramos los objetos en el almacén que alquilaste.
La policía ya estaba en camino.
Sofía miró hacia la entrada, buscando una salida.
—Alejandro, podemos arreglarlo.
—Intentaste robar a mi familia.
—Lo hice porque nunca me diste seguridad.
—Te di confianza. Tú la convertiste en una oportunidad para destruirnos.
Sofía comprendió que no conseguiría convencerlo.
Entonces señaló a Elena con odio.
—¿Y ahora qué? ¿La convertirás en la nueva señora de la casa?
Elena bajó la mirada, incómoda.
Alejandro no respondió de inmediato.
Fue doña Beatriz quien habló.
—Elena no necesita ocupar tu lugar.
La anciana abrió el cajón del aparador y sacó un pequeño sobre.
Dentro había un certificado de nacimiento.
—Porque su lugar siempre fue más importante que el tuyo.
Elena tomó el documento.
Su nombre aparecía junto al de una mujer llamada Isabel Robles.
—¿Quién es ella?
Doña Beatriz respiró profundamente.
—Mi hija mayor.
Alejandro quedó inmóvil.
—Mamá, tú nunca tuviste otra hija.
—Eso fue lo que todos creyeron.
Décadas atrás, antes de casarse, Beatriz había dado a luz a una niña. Su familia la obligó a entregarla porque consideraban que un hijo fuera del matrimonio destruiría su reputación.
Beatriz pasó años buscando a aquella pequeña.
La encontró demasiado tarde.
Isabel había muerto, dejando una hija.
Elena.
—Tú eres mi nieta —dijo la anciana con la voz quebrada.
Elena dejó caer el certificado.
—Eso no puede ser verdad.
—Tu madre llevaba este medallón.
Beatriz sacó una cadena antigua.
Elena reconoció el símbolo grabado.
Tenía uno idéntico guardado desde su infancia.
Alejandro observó a Elena, completamente desconcertado.
Ella no era una empleada cualquiera.
Era parte de la familia.
Sofía soltó una risa desesperada.
—Qué historia tan conveniente.
—Las pruebas de ADN llegaron esta mañana —respondió Alejandro.
Colocó el informe junto al certificado.

No había ninguna duda.
Elena era nieta biológica de doña Beatriz.
Y según el testamento del fundador de la familia, todos los descendientes directos tenían derecho a una parte de la empresa.
La mujer que Sofía había llamado sirvienta era también heredera.
—Por eso regresaste tan pronto —murmuró Sofía.
Alejandro asintió.
—Regresé para traer a Elena al lugar que le corresponde y para detenerte antes de que robaras el resto.
Las sirenas comenzaron a escucharse afuera.
Sofía corrió hacia las escaleras.
Dos guardias le bloquearon el paso.
—No podéis detenerme —gritó—. Yo también tengo pruebas.
Sacó su teléfono y abrió una carpeta oculta.
—Aquí están las conversaciones de Beatriz con un médico.
Doña Beatriz palideció.
Sofía levantó la pantalla para que todos la vieran.
Los mensajes hablaban de Isabel, la madre de Elena.
También mencionaban un pago realizado pocos días antes de su muerte.
Elena sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué significa eso?
Doña Beatriz no respondió.
Sofía sonrió por primera vez desde la llegada de Alejandro.
—Pregúntale a tu querida abuela por qué pagó al médico que atendió a tu madre la noche que murió.
Elena miró a la anciana.
La emoción de haber encontrado una familia desapareció bajo una sospecha terrible.
Doña Beatriz se apoyó en su bastón.
—No fue como parece.
—Entonces explícalo —exigió Elena.
La policía entró en la mansión y arrestó a Sofía por fraude y robo.
Pero mientras se la llevaban, ella volvió la cabeza.
—Yo puedo ser una ladrona —dijo—, pero Beatriz es responsable de una muerte.
Elena sostuvo el medallón de su madre entre los dedos.
La bofetada había destapado la corrupción de Sofía.
Sin embargo, también había abierto una herida mucho más antigua.
Y ahora Elena debía descubrir si la mujer que acababa de defenderla era realmente su salvadora…
o la persona que había destruido a su madre.