PARTE 2: LA TAZA ESCONDÍA LA ÚNICA PISTA SOBRE SU HERMANA DESAPARECIDA

Lucía no tocó la bebida.

Mateo permaneció de pie frente a ella, bloqueando el camino hacia la puerta principal.

—¿Por qué no bebes? —preguntó con una calma inquietante.

—Está demasiado caliente.

Él sonrió, pero sus ojos no cambiaron.

—Entonces espera.

Lucía bajó la mirada hacia la taza y fingió acercarla a sus labios. En el reflejo oscuro del líquido vio que Mateo metía lentamente una mano en el bolsillo de su delantal.

Ella reaccionó de inmediato.

Empujó la mesa contra él y corrió hacia la salida de emergencia.

La puerta no se abrió.

Estaba cerrada con una cadena desde el otro lado.

Mateo recuperó el equilibrio y soltó una maldición.

—¡No entiendes nada!

Lucía tomó una silla y la levantó para defenderse.

—¿Qué le hiciste a mi hermana?

El rostro del hombre palideció.

—¿De qué hablas?

Lucía señaló la fotografía del mostrador.

—La mujer tachada es Isabel. Desapareció hace un año.

Mateo miró la imagen y luego la taza intacta.

Su expresión dejó de ser amenazante y se transformó en miedo.

—Entonces llegaste antes de lo que esperaba.

—¿Me estabas esperando?

Un fuerte golpe retumbó en la puerta trasera.

Mateo apagó las luces de la tienda.

—Agáchate.

—No voy a obedecerte.

—Si quieres seguir viva, hazlo ahora.

Otro impacto sacudió la madera. Después se escucharon varias voces masculinas en el callejón.

—Sabemos que está dentro, Mateo.

Lucía reconoció una de ellas.

Era la voz de Ramiro, el último hombre que había visto a Isabel antes de su desaparición.

Mateo arrastró a Lucía detrás del mostrador justo cuando una ventana estalló.

Dos hombres entraron por la cocina.

—¿Dónde está la chica? —preguntó Ramiro.

Mateo salió lentamente de su escondite.

—Aquí no hay nadie.

Ramiro observó la taza servida y el pan mojado sobre la mesa.

—Sigues siendo un pésimo mentiroso.

Lucía contuvo la respiración.

Uno de los hombres comenzó a revisar el local. Al acercarse al mostrador, Mateo tomó una bandeja metálica y lo golpeó en el brazo.

Todo ocurrió en segundos.

Ramiro sacó un arma.

Lucía lanzó la silla contra él y corrió hacia la cocina. Mateo la siguió mientras los disparos destrozaban frascos y vitrinas.

Dentro de la despensa, él movió un saco de harina y reveló una trampilla.

—Baja.

Lucía dudó.

—¿También llevaste a Isabel por aquí?

—Ella encontró este lugar sola.

La joven descendió por una escalera estrecha. Mateo cerró la trampilla encima de ambos.

El túnel terminaba en una pequeña habitación subterránea llena de carpetas, fotografías y grabaciones.

En una pared había imágenes de mujeres desaparecidas.

Entre ellas estaba Isabel.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Lucía.

—Pruebas contra Ramiro y sus socios.

Mateo explicó que la pastelería había sido utilizada durante años como punto de encuentro por una red criminal. Él había aceptado trabajar para ellos para pagar las deudas de su padre.

Hasta que Isabel descubrió la verdad.

—Ella intentó denunciarlos —dijo—. Yo prometí ayudarla.

—Pero desapareció.

Mateo bajó la cabeza.

—La traicionaron antes de que pudiera entregar las pruebas.

Lucía lo sujetó del delantal.

—¿Está muerta?

—No lo sé.

La respuesta la golpeó con más fuerza que una confesión.

Mateo señaló la taza que había preparado.

—El té no tenía veneno. En el fondo había una llave.

Sacó otra llave idéntica de su bolsillo.

—Isabel escondió una memoria dentro de una caja de seguridad. Me dijo que, si alguna vez venías, debía entregártela sin hablar delante de las cámaras.

Lucía miró hacia el techo.

—¿Había cámaras en la tienda?

—Ramiro nos vigilaba.

Arriba se escucharon pasos y muebles arrastrándose.

Los hombres estaban buscando la entrada.

Mateo abrió una puerta al fondo del refugio.

—Este pasadizo conduce a una antigua estación de tren. Tenemos que salir.

Antes de avanzar, Lucía vio una fotografía reciente sobre el escritorio.

Isabel aparecía viva, sentada en una habitación blanca y sosteniendo un periódico de hacía solo tres semanas.

—Dijiste que no sabías dónde estaba.

Mateo se quedó inmóvil.

—Esa foto llegó ayer.

En la parte trasera había una frase:

“ENTREGA A LUCÍA Y DEJAREMOS VOLVER A ISABEL”.

Lucía retrocedió.

Mateo cerró la puerta del túnel y guardó la llave.

—Por eso te di la oportunidad de dormirte sin sufrir.

La joven sintió que el miedo regresaba con toda su fuerza.

—¿Qué había realmente en la taza?

Mateo la miró con lágrimas en los ojos.

—Lo suficiente para mantenerte inconsciente hasta que vinieran por ti.

La trampilla comenzó a abrirse.

Ramiro apareció arriba, sonriendo.

—Bien hecho, Mateo.

Lucía comprendió que nunca había sido rescatada.

Había entrado voluntariamente en el lugar donde pensaban intercambiar su vida por la de su hermana.

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