PARTE 2
El pequeño detalle estaba en la habitación del fondo.
Era una vieja cámara infantil que Lucía había dejado encendida para vigilar a su abuela mientras dormía.
Una luz roja parpadeaba discretamente sobre una estantería.
Elena no la había visto.
Carlos sí.
Sus ojos se detuvieron en el aparato mientras su esposa continuaba amenazándolo junto a la ventana.
—Baja el teléfono —ordenó ella—. Sabes lo que ocurrirá si hablas.
Carlos fingió obedecer.
Guardó el móvil en el bolsillo y avanzó lentamente hacia su hija.
—Lucía, ve a buscar una manta para la abuela.
La niña comprendió que algo extraño sucedía. Se levantó con miedo y caminó hacia la habitación del fondo.
Carlos esperó unos segundos.
Después escuchó el pequeño sonido de una notificación en su reloj.
La cámara estaba conectada a la tableta de Lucía.
La grabación seguía intacta.
—Necesitamos llevar a mi madre al hospital —dijo Carlos.
Elena bloqueó la puerta.
—Nadie sale de aquí.
—Se está muriendo.
—Precisamente eso necesito.
La frialdad de aquellas palabras terminó de destruir cualquier duda.
Carlos la miró con horror.
—Todo esto era por la herencia.
Elena sonrió.
—Tu madre nunca me aceptó. Siempre dijo que dejaría la empresa directamente a Lucía.
Carlos recordó entonces una discusión ocurrida semanas antes.
Su madre había descubierto movimientos extraños en las cuentas familiares y amenazó con cambiar el testamento.
—Tú robaste dinero de la empresa.
—Tomé lo que merecía.
—Y ahora intentas matarla para ocultarlo.
Elena se acercó y habló en voz baja.
—No olvides que tú firmaste algunos de esos documentos.
Carlos cerró los ojos.
Años atrás había firmado contratos sin leerlos, confiando ciegamente en su esposa.
Ella había utilizado su nombre para desviar dinero.
Si la denunciaba, también sería investigado.
—Eso era tu secreto —murmuró—. No mis negocios oscuros, sino los tuyos.
Elena perdió la sonrisa.
—Sin mi ayuda, parecerás el principal responsable.
Desde el pasillo se escucharon pasos pequeños.
Lucía regresó con la tableta escondida bajo la manta.
Carlos vio la pantalla.
La grabación mostraba claramente a Elena sosteniendo el frasco, insultando a la anciana y ocultándolo cuando él entró.
También había registrado su confesión sobre la herencia.
Carlos tomó la manta y rozó la mano de su hija.
—Corre a casa de la vecina —susurró—. Entrégale la tableta y dile que llame a una ambulancia.
Lucía asintió.
Pero Elena lo escuchó.
—¡Dame eso!
Se lanzó hacia la niña.
Carlos se interpuso y recibió un golpe en el rostro.
Lucía corrió por el pasillo mientras su madrastra gritaba detrás de ella.
Elena intentó perseguirla, pero Carlos la sujetó.
—¡Suéltame!
—No volverás a tocar a mi hija.
Ella golpeó, arañó y forcejeó con desesperación.
Mientras tanto, Lucía salió por la puerta trasera y cruzó el jardín bajo la lluvia.
La vecina abrió al escuchar sus gritos.
—Mi madrastra intentó matar a mi abuela —dijo la niña, entregándole la tableta.
La mujer llamó inmediatamente a emergencias.
Dentro de la mansión, Elena consiguió soltarse y corrió hacia el dormitorio.
Tomó el frasco de veneno.
—Si no puedo evitar la grabación, al menos destruiré la última prueba.
Carlos bloqueó la salida.
—La grabación ya está fuera de la casa.
Por primera vez, Elena mostró verdadero miedo.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Ella miró la ventana, calculando una posible fuga.
—Todavía puedes decir que fue un accidente.
—Mi hija vio todo.
—Es una niña. Nadie creerá su palabra contra la mía.
—La cámara sí será creída.
Elena se quedó inmóvil.
El sonido de la ambulancia se acercaba rápidamente.
Entonces intentó volcar el contenido del frasco por el desagüe, pero Carlos logró arrebatárselo.
Los paramédicos entraron pocos minutos después.
La anciana fue trasladada en estado crítico.
Los médicos confirmaron que había recibido una sustancia peligrosa, aunque todavía podían salvarla porque Lucía había pedido ayuda a tiempo.
La policía revisó la grabación esa misma noche.
Elena fue detenida por intento de homicidio, maltrato y fraude.
Antes de que se la llevaran, miró a Carlos con una mezcla de odio y desesperación.
—Cuando investiguen las cuentas, tú caerás conmigo.
Carlos no apartó la mirada.
—Entonces responderé por cada firma que hice. Pero tú responderás por intentar matar a mi madre.
Elena sonrió de forma extraña.
—Sigues sin entenderlo.
—¿Qué cosa?

—Tu madre no era la única que debía morir hoy.
Carlos sintió un escalofrío.
Los agentes registraron la cocina y encontraron a la cuidadora inconsciente junto a una taza rota.
También hallaron una segunda dosis del veneno dentro de una botella de leche infantil.
Era la leche de Lucía.
Carlos perdió el equilibrio al comprenderlo.
Elena no solo quería eliminar a la anciana.
También pretendía deshacerse de la niña para convertirse en la única heredera indirecta de toda la fortuna.
Lucía se abrazó a su padre cuando él se lo explicó con cuidado.
—¿Mamá quería hacerme daño?
Carlos no pudo responder de inmediato.
Elena era su madrastra, pero Lucía siempre la había llamado mamá desde que era pequeña.
—Ya no podrá acercarse a ti —prometió finalmente.
La anciana despertó dos días después.
Lo primero que pidió fue ver a su nieta.
Lucía corrió hacia la cama y la abrazó.
—Yo sabía que aquella mujer quería quedarse con todo —dijo la anciana con voz débil—. Por eso cambié el testamento.
Carlos la miró sorprendido.
—¿A nombre de quién?
La anciana acarició el cabello de Lucía.
—A nombre de ella.
Pero después llamó a su abogado y reveló algo todavía más grave.
Elena no había actuado sola.
Alguien dentro de la familia le había proporcionado el veneno, falsificado las cuentas y preparado una ruta de escape.
En la grabación de la cámara aparecía durante unos segundos el reflejo de un hombre en el espejo del pasillo.
Había estado dentro de la mansión antes de que Carlos llegara.
Cuando ampliaron la imagen, Carlos reconoció el anillo que llevaba en la mano.
Pertenecía a su propio hermano.
Y junto al reflejo se escuchaba una frase apenas perceptible:
—Cuando todos estén muertos, la empresa será nuestra.