PARTE 2
—No llames todavía —dijo Valeria.
Mateo detuvo el dedo sobre la pantalla.
—¿Ahora quieres impedir que salve a mi madre?
—Quiero que primero llames a una ambulancia, no a tus abogados.
Él la miró con una frialdad que terminó de destruir cualquier esperanza de comprensión.
—Mis abogados sabrán cómo protegernos.
—¿Protegernos o protegerte?
Mateo apretó el teléfono.
Por un instante, su expresión cambió.
Valeria comprendió que había acertado.
Se arrodilló junto a doña Beatriz y revisó su respiración. La anciana seguía inconsciente, pero un pequeño movimiento en sus dedos indicaba que aún luchaba por despertar.
—Necesita atención médica ahora mismo.
Mateo se interpuso.
—No vas a tocarla.
—¿Tienes miedo de que despierte y cuente la verdad?
La pregunta quedó suspendida en la sala.
Mateo dejó de fingir preocupación.
—No sabes nada.
Valeria observó el plato roto, la fruta esparcida y la sangre junto a la mesa. Algo no encajaba.
Doña Beatriz la había humillado minutos antes. Después se inclinó para recoger una pequeña pieza de papel escondida debajo de una rodaja de pera.
Entonces las luces se apagaron.
Cuando regresaron, la anciana ya estaba en el suelo.
Valeria había pensado que se trataba de una caída.
Ahora recordaba haber escuchado pasos detrás de la puerta.
—Tú estabas aquí antes de entrar gritando —susurró.
Mateo sonrió.
—Demuestra eso.
Valeria miró sus zapatos.
Las suelas estaban mojadas por la lluvia del jardín.
Pero sobre la alfombra había huellas húmedas que salían del despacho de doña Beatriz y terminaban junto a la mesa.
Mateo había entrado por la puerta lateral, atacado a su madre y después regresado por el pasillo principal para fingir que acababa de llegar.
—Las huellas te delatan.
Él bajó la mirada.
Después pisó deliberadamente las marcas, intentando borrarlas.
—Ahora solo son manchas.
Valeria sintió un escalofrío.
El hombre con quien se había casado no estaba asustado.
Estaba ejecutando un plan.
—¿Por qué hiciste esto?
—Mi madre iba a destruirlo todo.
—¿Qué cosa?
Mateo señaló los trozos de fruta.
—Lo que escondió ahí.
Valeria recordó la pequeña nota.
Buscó rápidamente entre los pedazos esparcidos, pero Mateo la sujetó del brazo.
—No la encontrarás.
Sacó del bolsillo una hoja doblada.
Era una carta dirigida al abogado de la familia.
Doña Beatriz afirmaba que había descubierto varias transferencias fraudulentas realizadas por su hijo y anunciaba que cambiaría el testamento esa misma noche.
Mateo perdería el control de las empresas.
También tendría que responder por el dinero desaparecido.
—Robaste a tu propia familia —dijo Valeria.
—Solo adelanté lo que algún día sería mío.
—¿Y querías matarla para impedir que te denunciara?
—No tenía que morir. Solo debía parecer que tú la empujaste durante una discusión.
Valeria sintió náuseas.
Las humillaciones de doña Beatriz habían sido reales, pero Mateo había utilizado el odio entre ambas para crear un motivo perfecto.
—Por eso mandaste a los sirvientes a casa.
—Y desconecté las cámaras.
—También dejaste el plato en el suelo para que pareciera que discutimos.
Mateo guardó la carta.
—Siempre fuiste demasiado observadora.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Él miró hacia la ventana, sorprendido.
—¿A quién llamaste?
Valeria negó.
—A nadie.
Entonces una voz débil surgió desde el suelo.
—Yo lo hice.
Doña Beatriz había abierto los ojos.
Entre sus dedos sostenía un pequeño botón de emergencia oculto en un colgante.
Mateo se quedó paralizado.
—Mamá…
La anciana intentó incorporarse.
—Te escuché entrar por el despacho.
—Estás confundida por el golpe.
—También te vi cambiar mis pastillas esta mañana.
Valeria miró a su esposo con horror.
La caída no era el único ataque.
Mateo llevaba días debilitando a su madre para que un accidente pareciera natural.
Él retrocedió hacia la puerta.
—Nadie creerá a una anciana desorientada y a una esposa resentida.
—Quizá crean esto —respondió doña Beatriz.
Señaló el jarrón situado frente a la mesa.
Dentro había una cámara diminuta.
Mateo perdió el color del rostro.
—Dijiste que las cámaras estaban apagadas.
—Las que tú conocías —aclaró su madre.
Semanas atrás, doña Beatriz había notado que alguien revisaba sus documentos. Instaló un dispositivo independiente que enviaba las imágenes a la oficina de su abogado.
La grabación mostraba a Mateo entrando por la puerta lateral.
Después aparecía detrás de su madre, arrebatándole la nota y empujándola contra la mesa.
También registraba el momento en que colocaba un objeto entre los dedos de Valeria mientras ella permanecía aturdida por el apagón.
Valeria revisó su bolsillo.
Encontró un pequeño pisapapeles manchado.
Mateo pensaba utilizarlo como supuesta arma.
—Intentaste colocarme la prueba encima —dijo ella.
—Tú no pertenecías a esta familia antes de casarte conmigo —respondió él con desprecio—. Nadie iba a sacrificar el apellido por ti.
La puerta principal se abrió.
Entraron paramédicos, varios agentes y un hombre mayor con un maletín.
Era el abogado de doña Beatriz.
Mateo intentó huir hacia el jardín, pero dos policías lo detuvieron antes de que alcanzara la salida.
—Todo esto es una conspiración —gritó—. Mi esposa manipuló a mi madre.
Doña Beatriz fue colocada en una camilla.
Antes de salir, miró a Valeria.
—Debajo de la bandeja hay otro documento.
Valeria levantó la base metálica donde había estado el plato de fruta.

Pegado en la parte inferior encontró un sobre sellado.
El abogado lo abrió delante de todos.
Era el nuevo testamento.
Doña Beatriz había retirado a Mateo de la administración de las empresas y dejado sus acciones dentro de un fideicomiso protegido.
Pero el nombre de Valeria aparecía como responsable temporal.
—¿Por qué yo? —preguntó ella.
La anciana respiró con dificultad.
—Porque soportaste mi crueldad sin convertirte en una ladrona como mi hijo.
Valeria bajó la mirada.
—Usted también me hizo daño.
—Lo sé.
Por primera vez, doña Beatriz no habló con arrogancia.
—Pensé que la dureza protegía a la familia. Solo conseguí criar a un hombre que confundió el amor con la posesión.
Mateo forcejeó con los agentes.
—¡Esa fortuna me pertenece!
—Nada pertenece a quien intenta conseguirlo mediante una muerte —respondió su madre.
La policía encontró en el despacho contratos falsificados, medicamentos alterados y mensajes enviados por Mateo a un abogado corrupto.
En uno de ellos había escrito:
“Cuando mi madre caiga, Valeria será detenida y yo controlaré todo.”
Su mentira perfecta se derrumbó antes de llegar a la madrugada.
Doña Beatriz sobrevivió y declaró contra su hijo.
Valeria solicitó el divorcio y abandonó la mansión, pero aceptó supervisar las empresas hasta que terminara la investigación.
No lo hizo por la fortuna.
Lo hizo para impedir que los trabajadores perdieran sus empleos por los fraudes de Mateo.
Semanas después, mientras revisaba los documentos ocultos, encontró una fotografía antigua.
En ella aparecía doña Beatriz junto a la madre de Valeria.
Ambas sostenían el mismo plato de fruta que había desencadenado la tragedia.
En el reverso había una frase:
“Valeria nunca debe descubrir que su madre fue la verdadera fundadora de la empresa.”
La joven comprendió entonces que su suegra no la había llevado a aquella familia únicamente como esposa de Mateo.
La había mantenido cerca porque conocía su verdadero origen.
Y la fortuna por la que Mateo había intentado matar quizá nunca había pertenecido a su familia.