PARTE 2
El joven abrió la mano.
Sostenía una pequeña placa metálica con el número del autobús grabado en un extremo.
La mujer del abrigo rojo retrocedió hasta chocar contra el pasamanos.
—¿Dónde encontraste eso? —preguntó.
—Debajo del asiento que tanto querías recuperar.
El conductor levantó la mirada hacia el espejo retrovisor.
Por primera vez desde el comienzo del conflicto, su rostro mostró verdadero miedo.
El joven giró la placa entre los dedos.
En la parte posterior había una memoria diminuta y una etiqueta roja.
—Este asiento fue manipulado —dijo—. Alguien escondió esto dentro del respaldo.
Los pasajeros comenzaron a levantarse.
—¡Siéntense todos! —ordenó el conductor.
En lugar de abrir las puertas por completo, volvió a acelerar bajo la lluvia.
La mujer del abrigo rojo corrió hacia la salida, pero el mecanismo se cerró delante de ella.
—¡Déjame bajar!
—Usted sabía que estaba ahí —dijo el joven.
Ella negó con desesperación.
—Solo me dijeron que ocupara ese asiento durante todo el trayecto.
—¿Quién se lo ordenó?
La mujer miró hacia el conductor.
El silencio la delató.
El joven conectó la memoria a su teléfono mediante un pequeño adaptador. En la pantalla aparecieron varias carpetas con fechas, matrículas y fotografías de pasajeros.
Una de las imágenes mostraba el interior de aquel mismo autobús.
Todos los presentes aparecían señalados con círculos.
—Nos estaban vigilando —murmuró un anciano.
Otra carpeta contenía conversaciones entre el conductor y un hombre identificado únicamente como “Director”.
“Haz que nadie se siente en el lugar 28 hasta llegar al túnel.”
El joven levantó la mirada.
—Este es el asiento 28.
La mujer comenzó a llorar.
—Me pagaron para reservarlo. Pensé que solo llevaría un paquete.
—¿Qué paquete?
Antes de que pudiera responder, un sonido electrónico surgió debajo del asiento.
Una luz roja comenzó a parpadear.
Los pasajeros gritaron.
El joven arrancó el cojín y encontró una caja negra conectada al sistema eléctrico del vehículo.
No parecía un explosivo, sino un transmisor.
En la pantalla aparecía una cuenta regresiva de cuatro minutos.
—¿Qué ocurrirá cuando llegue a cero? —preguntó.
El conductor no contestó.
La mujer del abrigo rojo lo señaló.
—¡Él lo sabe! Me dijo que abandonaría el autobús antes del túnel.
Varios pasajeros avanzaron hacia la cabina.
El conductor bloqueó la puerta de seguridad.
—¡Atrás o estrellaré el vehículo!
El autobús aumentó la velocidad.
Delante de ellos se veía la entrada de un túnel cerrado por reparaciones.
El joven observó la memoria y abrió el último archivo.
Era un plano.
Al activarse, el transmisor enviaría una señal falsa indicando que el autobús había sufrido un accidente dentro del túnel. Mientras los servicios de emergencia buscaban a los pasajeros, el vehículo sería desviado hacia un almacén privado.
—No quieren matarnos —comprendió—. Quieren hacernos desaparecer.
Entre los pasajeros viajaba una auditora que debía declarar al día siguiente contra la compañía de transportes. La empresa planeaba secuestrarla sin saber exactamente cuál de las mujeres era.
Por eso habían marcado a todos.
—¡Rompan las ventanas! —ordenó el joven.
Los pasajeros utilizaron los martillos de emergencia. El conductor giró bruscamente para hacerlos caer, pero el muchacho logró abrir la cubierta del sistema de puertas.
La mujer del abrigo rojo se acercó.
—Yo conozco el código.
Sus manos temblaron mientras introducía cuatro números.
Las puertas se desbloquearon.
—¡Salten cuando reduzca la velocidad!
—No reducirá —respondió el joven.
Entonces el anciano que había permanecido callado avanzó hacia la cabina con una herramienta metálica. Rompió el cristal de seguridad y tiró de la palanca de emergencia.
El autobús frenó violentamente a pocos metros del túnel.
Los pasajeros salieron uno tras otro bajo la lluvia.
El conductor intentó huir, pero el joven lo alcanzó y le bloqueó el paso hasta que llegaron varias patrullas.
La cuenta regresiva terminó.
En lugar de una explosión, todas las luces del autobús se apagaron y el sistema eliminó automáticamente las grabaciones internas.
Pero la memoria seguía en manos del joven.
—¿Quién eres? —preguntó la mujer del abrigo rojo.
Él mostró una credencial.
Era investigador de delitos tecnológicos.

Había subido al autobús siguiendo la señal de varios dispositivos desaparecidos.
La policía detuvo al conductor y confiscó el vehículo.
La mujer aceptó declarar a cambio de protección.
Sin embargo, cuando revisaron la lista de pasajeros, descubrieron algo inquietante.
La auditora que la compañía quería secuestrar no figuraba entre ellos.
Había comprado el billete con otro nombre.
El joven observó a la mujer del abrigo rojo.
—¿Cuál es su verdadera identidad?
Ella se quitó lentamente la peluca oscura.
—Soy la auditora.
Todos quedaron en silencio.
—Provocaste la discusión para asegurarte de que nadie ocupara el asiento —comprendió él.
—Necesitaba encontrar la memoria antes que el conductor.
La mujer no era una cómplice indefensa.
Había subido para recuperar las pruebas de una red que llevaba años haciendo desaparecer pasajeros.
Y el joven acababa de descubrir que el siguiente nombre de la lista era el suyo.