Parte 2: EL CONSEJO QUE CAMBIÓ EL IMPERIO LAURENT

La puerta se cerró detrás de mí mientras los flashes iluminaban la entrada de la mansión.

Ninguna pregunta de los periodistas logró detenerme.

Subí al automóvil negro que me esperaba y solo pronuncié una frase.

—Al edificio Laurent.

Mi abogado, Daniel Foster, cerró la carpeta que llevaba sobre las piernas.

—Todos ya están reunidos.

Asentí.

—¿Y Adrian?

—Acaba de salir detrás de nosotros.

Miré por la ventana.

Durante siete años había entrado en aquel edificio como la esposa del presidente.

Aquella mañana regresaba como la mayor accionista individual del grupo.

La diferencia era enorme.


A las nueve cincuenta y cinco, las puertas de la sala del consejo se abrieron.

Doce directores permanecían sentados alrededor de la enorme mesa de nogal.

Nadie hablaba.

Todos conocían ya la noticia del embarazo de Isabelle.

Pero esa no era la verdadera razón de la reunión.

Adrian entró apenas unos segundos después que yo.

Su traje seguía impecable.

Su expresión también.

Solo quienes lo conocíamos bien podíamos notar que llevaba toda la noche sin dormir.

El presidente honorario del consejo rompió el silencio.

—Señora Laurent… señor Laurent…

Hice un pequeño gesto.

—Prefiero que me llamen Camila Ortega.

Varios consejeros intercambiaron miradas.

Era la primera vez que rechazaba públicamente el apellido Laurent.

Adrian tomó asiento frente a mí.

—¿Qué pretendes?

No respondí.

Daniel distribuyó varias carpetas.

Cada una contenía decenas de documentos.

Estados financieros.

Poderes notariales.

Contratos.

Auditorías.

El silencio comenzó a volverse incómodo.

Uno de los consejeros abrió la primera página.

Frunció el ceño inmediatamente.

—¿Qué significa esto?

Daniel habló con absoluta calma.

—Durante los últimos siete años, la señora Camila Ortega dirigió personalmente la expansión internacional del grupo.

Nadie discutió.

Todos lo sabían.

Continuó.

—Sin embargo, la propiedad real de varios activos estratégicos nunca perteneció directamente a Laurent Holdings.

Adrian levantó la cabeza.

—Eso es absurdo.

Daniel deslizó otro documento hacia él.

—Aquí están los fideicomisos originales.

Firmados hace quince años.

Antes incluso de que usted conociera a la señora Ortega.

Adrian comenzó a leer.

Sus manos dejaron de estar completamente firmes.

—No…

Daniel prosiguió.

—El hotel de Singapur.

El complejo turístico de Bali.

La residencia corporativa de Londres.

Y esta propiedad principal fueron adquiridos mediante fondos provenientes del patrimonio Ortega.

Un murmullo recorrió la sala.

Uno de los directores observó a Adrian.

—¿No conocías estos documentos?

Él permaneció en silencio.

Yo respondí por primera vez.

—Confié plenamente en mi esposo.

Jamás imaginé que algún día tendría que revisar lo que llevaba mi propio apellido.

Las palabras pesaron más que cualquier acusación.

Entonces Daniel abrió la última carpeta.

—También solicitamos una auditoría independiente.

Adrian levantó la vista.

—¿Auditoría?

—Sí.

En la pantalla apareció una presentación.

Transferencias bancarias.

Apartamentos de lujo.

Tarjetas corporativas.

Viajes privados.

Todos pagados mediante cuentas del grupo.

El nombre de Isabelle aparecía repetidamente.

Nadie dijo una sola palabra.

Uno de los accionistas más antiguos rompió finalmente el silencio.

—Adrian…

—Puedo explicarlo.

—¿Con dinero de la empresa?

Él respiró profundamente.

—Pensaba devolverlo.

Sentí una extraña tranquilidad.

Durante años había escuchado aquella misma frase en labios de hombres que confundían poder con impunidad.

El presidente honorario habló nuevamente.

—Señor Laurent…

Hizo una pausa.

—La confianza de este consejo acaba de sufrir un daño irreparable.

En ese instante la puerta volvió a abrirse.

La secretaria entró apresurada.

—Disculpen la interrupción.

Todos la miraron.

—Acaban de llegar representantes de la Autoridad Financiera.

Traen una orden para asegurar toda la documentación contable del grupo.

La sala quedó completamente inmóvil.

Adrian giró lentamente hacia mí.

—¿Fuiste tú?

Negué con serenidad.

—No.

Él frunció el ceño.

—Entonces, ¿quién?

Como si respondiera a su pregunta, el teléfono del presidente honorario vibró sobre la mesa.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió por completo.

Levantó lentamente la vista.

—No vienen solo por la auditoría.

Todos esperaban.

Él respiró hondo antes de continuar.

—La señorita Isabelle Moreau acaba de ser detenida en el aeropuerto internacional cuando intentaba salir de Hong Kong.

Adrian se puso de pie de golpe.

—¿Qué?

El presidente dejó el teléfono sobre la mesa.

—Llevaba documentos confidenciales de Laurent Holdings… y una cuenta bancaria en el extranjero con movimientos superiores a cuarenta millones de dólares.

El rostro de Adrian perdió completamente el color.

Comprendió entonces que Isabelle nunca había preparado únicamente un embarazo.

También había preparado su propia fuga.

Y por primera vez desde que comenzó todo, entendió que quizá él nunca había sido quien realmente controlaba el juego… sino la siguiente víctima de una traición mucho más grande.

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