PARTE 2
—Ese niño jamás heredará mi fortuna —dijo don Aurelio mientras los policías lo conducían hacia la salida—. Porque Carlos no es su verdadero padre.
El salón quedó sepultado bajo un silencio aterrador.
Carlos dejó de respirar por un instante.
Elena, todavía recostada entre sus brazos, abrió los ojos con una expresión de absoluto desconcierto.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Carlos.
Don Aurelio soltó una risa seca.
—Pregúntale a tu querida esposa.
Todas las miradas se clavaron sobre Elena.
Ella negó con la cabeza, incapaz de comprender.
—Carlos, te juro que no sé de qué está hablando.
—¡Miente! —gritó el anciano—. Ese bebé no lleva nuestra sangre.
Carlos apretó los puños.
Durante unos segundos, la duda atravesó su rostro como una sombra dolorosa. Elena lo notó y sintió que algo dentro de ella se rompía.
—¿También tú vas a creerle? —susurró.
Carlos la miró.
Sus ojos estaban llenos de miedo, pero no de desconfianza.
—No. Pero necesito saber por qué mi padre está tan seguro.
Antes de que el anciano pudiera responder, la ama de llaves comenzó a forcejear con uno de los guardias.
—¡No escuchen a ese loco! —gritó desesperadamente—. ¡Todo lo hizo él!
El maletín cayó al suelo.
Los billetes se dispersaron sobre el mármol, junto con varias fotografías, recetas médicas y un sobre amarillo sellado.
Una de las fotografías quedó frente a Elena.
En ella aparecía don Aurelio entrando en una clínica privada junto al doctor que había supervisado su embarazo durante los primeros meses.
Elena palideció.
—Ese es el doctor Salvatierra.
Carlos recogió la imagen.
—¿Qué hacía mi padre con él?
La ama de llaves bajó la mirada.
Don Aurelio dejó de sonreír.
El inspector al mando abrió el sobre amarillo y extrajo un informe médico.
—Aquí hay resultados de una prueba genética prenatal —anunció.
Carlos extendió la mano.
—Démelo.
Leyó la primera página con el corazón golpeándole el pecho.
El documento afirmaba que él no era el padre biológico del bebé.
Elena comenzó a temblar.
—Eso es imposible.
Carlos pasó las hojas rápidamente.
Entonces observó algo extraño.
—La fecha está equivocada.
—¿Qué? —preguntó el inspector.
—Según este informe, la muestra fue tomada el catorce de marzo. Elena estuvo hospitalizada ese día. Yo permanecí con ella desde la mañana hasta la noche. Nadie realizó ninguna prueba genética.
Elena recordó de pronto una escena que había intentado olvidar.
—Sí me sacaron sangre.
Carlos la miró sorprendido.
—¿Cuándo?
—Una enfermera entró mientras tú hablabas con el especialista. Dijo que era un análisis rutinario.
La expresión de Carlos cambió.
Se volvió lentamente hacia su padre.
—Mandaste falsificar una prueba.
Don Aurelio guardó silencio.
—Querías convencerme de que Elena me había engañado —continuó Carlos—. Así podría abandonarla antes del nacimiento y tú conservarías el control de la herencia.
La ama de llaves comenzó a llorar.
—Él me obligó.
—¡Cállate! —rugió don Aurelio.
La mujer retrocedió aterrorizada.
—Me pagó para cambiar las muestras —confesó—. El informe era falso. Pero después decidió que no era suficiente.
Elena se llevó una mano al vientre.
—Entonces comenzó a poner veneno en mi comida.
—No quería matarte —dijo el anciano con frialdad—. Solo necesitaba que perdieras al bebé.
Carlos se abalanzó sobre él, pero varios agentes lo sujetaron.
—¡Es tu nieto!
—¡No tengo nietos! —bramó don Aurelio—. Y nunca los tendré.
La frase fue tan extraña que incluso los policías se miraron entre sí.
Carlos dejó de forcejear.
—¿Qué significa eso?
La ama de llaves cerró los ojos.
—Señor Carlos… hay algo más.
Don Aurelio giró hacia ella con una expresión asesina.
—No te atrevas.
—He guardado silencio durante treinta años —dijo la mujer—. Ya no puedo seguir haciéndolo.
Se agachó y recogió otra fotografía.
Era antigua, con los bordes amarillentos.
En la imagen aparecía una mujer joven sosteniendo a un recién nacido frente a un pequeño hospital rural. Junto a ella estaba la ama de llaves, mucho más joven.
Detrás de la fotografía había una frase escrita a mano:
“Carlos, hijo de Lucía y Rafael”.
Carlos sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Mi madre se llamaba Victoria.
—La señora Victoria no podía tener hijos —confesó la mujer—. Don Aurelio compró tu adopción en secreto para evitar el escándalo y asegurar un heredero para su apellido.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Don Aurelio cerró los ojos con rabia.
Carlos observó al hombre al que había llamado padre durante toda su vida.
—Entonces yo tampoco llevo tu sangre.
—Te di mi nombre —respondió el anciano—. Te di educación, poder y una fortuna. Deberías estar agradecido.
—Me robaste una familia.
—Te salvé de la pobreza.
Carlos levantó la fotografía.
—¿Qué ocurrió con mis verdaderos padres?
La ama de llaves comenzó a llorar con más fuerza.
—Tu madre murió pocos días después del parto. Pero tu padre…
—No digas una palabra más —ordenó don Aurelio.
—Tu padre sigue vivo.
Carlos sintió un escalofrío.
—¿Dónde está?
Antes de que la mujer pudiera responder, Elena soltó un gemido de dolor.
Su vestido comenzó a humedecerse.
—Carlos… algo está mal.
Él dejó caer la fotografía y corrió hacia ella.
—¡Necesitamos una ambulancia ahora!
Los paramédicos entraron en el salón y colocaron a Elena sobre una camilla.
Mientras la llevaban hacia la puerta, ella buscó la mano de Carlos.
—No dejes que sus mentiras nos separen.
Carlos inclinó la frente sobre la de ella.
—Nada volverá a separarnos.
En el hospital, las horas avanzaron con una lentitud insoportable.
Carlos caminaba de un extremo a otro del pasillo mientras las palabras de la ama de llaves resonaban en su mente.
El bebé no corría peligro por casualidad.
Su propio padre había intentado destruirlo.
Finalmente, la doctora salió del quirófano.
—Logramos detener las contracciones. Elena y el bebé están estables.
Carlos cerró los ojos y dejó escapar el aire contenido.
—Gracias.
—Pero deberá permanecer bajo vigilancia. Las sustancias encontradas en su organismo pudieron causar daños graves.
Carlos entró en la habitación.
Elena estaba pálida, pero consciente.
—Nuestro bebé está bien —le dijo él, besándole la mano.
Ella sonrió débilmente.
—¿Y tú?
Carlos se sentó a su lado.
—Toda mi vida fue una mentira.
—Tu padre mintió sobre tu origen. Pero eso no cambia quién eres.
—Hay un hombre en algún lugar que podría ser mi verdadero padre.
Elena apretó su mano.
—Entonces encuéntralo.
A la mañana siguiente, el inspector llegó con nuevas noticias.
—La ama de llaves reveló el nombre de su padre biológico.
Carlos se puso de pie.

—¿Quién es?
El inspector dejó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había una fotografía reciente de un hombre de cabello gris y expresión cansada.
Carlos reconoció aquel rostro de inmediato.
Lo había visto cientos de veces durante su infancia.
—No puede ser.
El hombre de la fotografía era Samuel Ortega, el antiguo jardinero de la mansión.
Había trabajado para la familia durante más de veinte años, hasta que don Aurelio lo acusó injustamente de robo y lo expulsó sin permitirle despedirse.
Carlos recordó que Samuel siempre lo cuidaba en secreto, le enseñaba a montar bicicleta y lo consolaba cuando don Aurelio lo castigaba.
—Él sabía quién era yo —susurró.
—Siempre lo supo —respondió el inspector—. Don Aurelio lo amenazó con enviarlo a prisión si intentaba acercarse a usted como padre.
Carlos sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
En ese momento, una enfermera apareció en la puerta.
—Señor Carlos, hay alguien preguntando por usted.
Detrás de ella estaba Samuel.
Vestía una chaqueta sencilla y sostenía entre las manos un pequeño coche de madera.
El mismo juguete que Carlos había perdido cuando tenía seis años.
Samuel lo miró con los ojos humedecidos.
—Lo guardé durante treinta años.
Carlos no pudo pronunciar palabra.
Samuel avanzó lentamente.
—Perdóname por no haber luchado más por ti.
Carlos contempló al hombre que había permanecido cerca de él durante toda su infancia sin poder decirle la verdad.
Después miró a Elena y comprendió que don Aurelio había fracasado.
Había intentado destruir a su familia.
Sin embargo, sus crímenes acababan de devolverle la familia que le había robado.
Carlos abrazó a Samuel.
Pero, al otro lado de la ciudad, don Aurelio recibía una visita inesperada dentro de la sala de interrogatorios.
Un abogado dejó un documento frente a él.
—La transferencia fue completada antes de su arresto.
El anciano sonrió.
—Perfecto.
—Toda la fortuna de la familia ahora pertenece a una única persona.
Don Aurelio observó la firma estampada al final de la página.
No era la de Carlos.
Tampoco la de Elena.
Era el nombre de una mujer que todos creían muerta desde hacía más de veinte años.
Victoria de Alvarado.
La esposa de don Aurelio acababa de regresar para reclamarlo todo.