PARTE 2: EL OBJETO OCULTO EN SU CHAQUETA

PARTE 2

El destello metálico apareció bajo la luz roja de emergencia.

Mateo levantó el brazo, preparado para defenderse.

Pero el extranjero no sacó un arma.

Sacó una pequeña placa plateada unida a una cadena.

—¡Policía ferroviaria! —gritó el joven—. ¡Al suelo!

Mateo se quedó inmóvil.

El hombre se llevó una mano a la mandíbula dolorida y mostró la identificación frente a los pasajeros.

—Estoy trabajando encubierto.

La anciana soltó un gemido de sorpresa.

Mateo miró la placa y luego los zapatos abandonados junto al asiento.

—¿Un agente encubierto pone los pies sobre una mesa y provoca a los pasajeros?

—Necesitaba llamar la atención de alguien —respondió el joven—. Y tú acabas de arruinar toda la operación.

Antes de que Mateo pudiera exigir una explicación, un fuerte golpe resonó al otro extremo del vagón.

Las puertas que comunicaban con el siguiente coche se cerraron de manera automática.

Uno de los pasajeros que había intentado huir sacó una herramienta de su mochila y comenzó a manipular el panel eléctrico.

El supuesto extranjero señaló hacia él.

—¡Ese hombre! ¡No permitáis que abra la puerta!

El pasajero arrojó la mochila al suelo y corrió hacia la cabina del conductor.

Dos hombres más se levantaron de distintos asientos.

Hasta ese momento habían fingido no conocerse.

Mateo comprendió que el verdadero peligro no estaba frente a él.

Estaba repartido por todo el tren.

—¿Quiénes son? —preguntó.

—Llevan semanas robando equipaje y documentación —explicó el agente—. Pero hoy planean algo mucho peor.

Un ruido seco recorrió el techo del vagón.

Las luces se apagaron por completo durante varios segundos.

Cuando regresaron, la anciana ya no estaba junto a Mateo.

—¿Dónde está la señora? —preguntó él.

El agente miró hacia el fondo.

La anciana avanzaba tranquilamente entre los asientos con el bolso apretado contra el pecho.

Uno de los sospechosos la acompañaba, sujetándola del brazo.

—Ella tiene algo que buscan —dijo el agente.

Mateo recordó cómo la mujer le había pedido tolerancia y calma.

También recordó que no había soltado su bolso ni siquiera durante el frenazo.

—¿Qué lleva ahí?

—Un disco duro con pruebas contra una red de corrupción ferroviaria.

Mateo miró al agente con incredulidad.

—¿Y la dejaste viajar sola?

—No estaba sola. Yo debía protegerla sin revelar mi identidad.

—Pues tu actuación fue bastante convincente.

El joven apretó los dientes.

—Me llamo Amir. Podemos discutir mis métodos después de sacarla de aquí.

Ambos avanzaron entre los asientos.

Los pasajeros permanecían agachados, algunos grabando con sus teléfonos y otros tratando de comunicarse con emergencias.

El tren seguía atravesando el túnel sin reducir la velocidad.

La anciana llegó a la puerta de la cabina.

—Entréguenos el bolso y nadie resultará lastimado —le ordenó el hombre que la retenía.

Ella miró hacia Mateo.

El miedo había desaparecido de sus ojos.

—No se lo daré.

El sospechoso intentó arrancarle el bolso.

Mateo corrió hacia ellos y lo apartó de la mujer.

Amir redujo al segundo hombre antes de que pudiera intervenir.

El tercero logró abrir el panel eléctrico y accionó una palanca.

Las luces del vagón comenzaron a parpadear.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Mateo.

Amir miró el indicador situado sobre la puerta.

—Ha desconectado parte del sistema de comunicación.

—¿Puede detener el tren?

—No desde aquí. Pero puede impedir que el conductor reciba la alerta.

La anciana abrió el bolso y sacó un pequeño dispositivo negro.

—Por esto están dispuestos a todo.

Mateo la observó.

—¿Quién es usted realmente?

—Me llamo Clara Montes. Trabajé durante treinta años en la administración ferroviaria.

—¿Y qué contiene ese aparato?

—Registros de pagos, sabotajes y accidentes ocultados durante años.

Amir miró hacia la cabina.

—El jefe de la red viaja hoy en este tren.

—¿Quién? —preguntó Mateo.

Clara señaló lentamente hacia el hombre que manipulaba el panel.

—Él solo es un empleado.

Luego levantó la vista hacia la pantalla informativa del vagón, donde aparecía el nombre del maquinista responsable del trayecto.

Mateo leyó el apellido y sintió un escalofrío.

Esteban Rivas.

Su propio padre.

—Eso no puede ser —susurró.

Clara lo miró con tristeza.

—Por eso intenté detenerte antes. Te reconocí en cuanto subiste al tren.

Mateo retrocedió.

—Mi padre lleva cuarenta años trabajando aquí.

—Y durante veinte ha encubierto a quienes provocaban fallos para después cobrar contratos millonarios de reparación.

—Está mintiendo.

—Ojalá fuera así.

Un altavoz emitió un fuerte chasquido.

La voz de Esteban llenó el vagón.

—Mateo, aléjate de esa mujer.

Todos levantaron la mirada.

—Papá —respondió Mateo—, detén el tren.

—No puedo hacerlo todavía.

—¿Por qué?

Hubo un breve silencio.

—Porque si nos detenemos dentro del túnel, las personas que están esperando fuera subirán a buscar ese dispositivo.

Amir tomó el comunicador de emergencia.

—Entonces llévenos directamente a la siguiente estación. Hay agentes esperando.

Esteban soltó una risa amarga por los altavoces.

—No habrá ninguna estación.

Las pantallas informativas se apagaron.

Después mostraron una nueva ruta.

El tren había sido desviado hacia una vía de mantenimiento abandonada.

Clara palideció.

—Esa vía termina en un depósito cerrado.

Mateo miró hacia la puerta de la cabina.

—Mi padre no está intentando salvarnos.

Amir negó lentamente.

—Nos está llevando hasta ellos.

Mateo apretó los puños y avanzó.

—Entonces iremos a buscarlo.

La puerta de la cabina se abrió antes de que pudiera tocarla.

Esteban apareció al otro lado con el uniforme impecable y el rostro cubierto de sudor.

En una mano sostenía las llaves del tren.

En la otra, una fotografía antigua.

—Antes de juzgarme —dijo mirando a su hijo—, deberías saber quién provocó realmente la muerte de tu madre.

Mateo se quedó paralizado.

Su madre había muerto en un accidente ferroviario cuando él tenía ocho años.

Clara bajó la mirada.

Esteban levantó la fotografía.

En ella aparecían Clara, la madre de Mateo y Amir frente al mismo tren, muchos años atrás.

—Ninguno de nosotros está aquí por casualidad —continuó Esteban—. Y si ese disco sale de este túnel, todos descubriremos una verdad que habría sido mejor enterrar para siempre.

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