El golpe de sus rodillas contra el suelo resonó por todo el consultorio.
Adrian no apartaba la vista del informe médico.
Sus labios temblaban.
—Seis… meses…
Era la primera vez en cuatro años que lo veía completamente derrotado.
No sentí satisfacción.
Solo un cansancio infinito.
Margaret cerró lentamente la computadora y se colocó frente a él.
—Levántese, señor Harrison.
Él no reaccionó.
Seguía mirando mi expediente médico como si esperara que las palabras desaparecieran por sí solas.
—No puede ser… —susurró—. Elena siempre estuvo sana.
Solté una risa amarga.
—También pensabas que era una ladrona.
Aquella frase fue mucho más dolorosa que cualquier grito.
Adrian cerró los ojos.
Recordaba perfectamente aquel juicio.
Yo esposada.
Vivian llorando frente al tribunal.
Y él, jurando bajo protesta de decir verdad que yo tenía acceso exclusivo al laboratorio durante la noche del supuesto robo.
Su testimonio fue el último clavo sobre mi condena.
—¿Por qué no me defendí más? —preguntó con la voz rota.
Lo miré fijamente.
—Lo hice.
Durante tres días permanecí arrodillada frente a tu casa bajo la nieve.
Te pedí que revisaras las cámaras.
Que hablaras con Rachel.
Que investigaras las firmas digitales.
Nunca abriste la puerta.
Adrian comenzó a llorar.
Margaret respiró profundamente.
—Señor Harrison, los archivos de esta memoria contienen los registros originales de la investigación de la doctora Carter.
Abrió nuevamente una carpeta.
En la pantalla aparecieron cientos de documentos.
Metadatos.
Historial de modificaciones.
Registros automáticos del servidor.
Margaret señaló una fecha.
—Observe esto.
Adrian se acercó lentamente.
—La manipulación de los archivos ocurrió cuarenta y ocho horas antes de que denunciaran a Elena.
Pasó a otra pantalla.
—Y todas las modificaciones fueron realizadas utilizando una única cuenta de administrador.
Adrian leyó el nombre.
Su rostro perdió completamente el color.
Vivian Moore.
Negó una y otra vez.
—No…
Margaret abrió un último archivo.
Era una grabación de audio.
La voz de Rachel Carter llenó el consultorio.
“Si me ocurre algo, quiero que sepan que Vivian alteró todos los resultados. Elena intentó detenerla. Si esta grabación llega a existir sin que yo pueda defenderme… significa que ya es demasiado tarde.”
La grabación terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Adrian dio un paso hacia atrás.
Como si acabara de recibir un disparo.
Sacó lentamente su teléfono.
Marcó un número.
Vivian contestó casi de inmediato.
—¿Adrian? ¿Encontraste a Elena?
Él activó el altavoz.
—Tengo frente a mí los archivos originales de Rachel.
Silencio.
—¿Qué estás diciendo?
—Quiero que respondas una sola pregunta.
Su voz era completamente distinta.
Fría.
Controlada.
—¿Fuiste tú quien manipuló toda la investigación?
Pasaron cinco segundos.
Diez.
Quince.
Entonces Vivian soltó una pequeña risa.
—¿De verdad tardaste cuatro años en descubrirlo?
Sentí que Adrian dejaba de respirar.
—Así que era verdad…
—Claro que era verdad.
Su tono no mostraba el menor arrepentimiento.
—Rachel era demasiado inteligente.
Elena también.
Las dos iban a destruir todo por lo que había trabajado.
Tenía que actuar primero.
Margaret apretó los puños.
Yo permanecí inmóvil.
Vivian continuó hablando con absoluta tranquilidad.
—Lo único que hice fue adelantármelas.
Adrian cerró lentamente los ojos.
—¿Y Elena?
Hubo otra pausa.
Después llegó la respuesta que terminó de destruirlo.
—Necesitaba un culpable.
Ella era perfecta.
Huérfana.
Sin influencia.
Y completamente enamorada de la aprobación de su hermano.
Sabía que, si tú declarabas contra ella…
Nadie volvería a escucharla jamás.
La llamada terminó.
No porque Vivian colgara.
Sino porque Adrian dejó caer el teléfono al suelo.
La pantalla se rompió en varios pedazos.
Margaret fue la primera en reaccionar.
Tomó inmediatamente una copia de seguridad de todos los archivos.
—Esto debe entregarse hoy mismo a la fiscalía y al comité científico.
Adrian levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban completamente rojos.
—Yo me encargaré.
Negué con calma.
—No.
Él me miró desconcertado.
—Ya no necesito que hagas nada por mí.
Cada palabra parecía atravesarlo.
—Durante cuatro años esperé que aparecieras.
Que investigaras.
Que dudaras, aunque fuera una sola vez.
Nunca lo hiciste.
Ahora ya es tarde.
Di media vuelta y caminé hacia la puerta.
Sentía el pecho cada vez más pesado.

La tos volvió de repente.
Esta vez acompañada por un pequeño hilo de sangre sobre mi pañuelo.
Margaret me sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
Adrian observó aquella mancha roja.
Comprendió entonces que el informe no exageraba.
Yo realmente me estaba muriendo.
Intentó acercarse.
Pero me aparté suavemente.
—No necesito un hermano arrepentido.
Necesito que la verdad sobreviva cuando yo ya no esté.
Margaret asintió en silencio.
—Te lo prometo.
Justo cuando salíamos del consultorio, el teléfono del hospital comenzó a sonar insistentemente.
Una enfermera apareció en la puerta con expresión nerviosa.
—Doctora Wilson…
—¿Qué ocurre?
La mujer tragó saliva.
—Acaba de llegar la policía.
Traen una orden judicial.
Preguntan por la señorita Elena Harrison…
Y también buscan a una mujer llamada Vivian Moore, porque hace apenas unos minutos intentó abandonar el país con un pasaporte falso.