A la mañana siguiente, Claire despertó con el aroma inconfundible de café recién hecho y pan tostado.
Durante unos segundos olvidó por completo dónde estaba.
Luego vio las cámaras en las esquinas del techo.
Las ventanas blindadas.
La puerta electrónica.
Y sonrió.
—Definitivamente no es mi apartamento.
Se puso una de las sudaderas nuevas que Adrian había dejado cuidadosamente dobladas sobre la silla. Le quedaba perfecta.
Eso significaba que no solo recordaba su talla de hacía dos años. También había averiguado la actual.
—Eso da un poco de miedo… —murmuró—. Pero la tela es increíble.
Cuando abrió la puerta, encontró a Adrian sentado en la cocina revisando varios documentos.
No parecía haber dormido.
Las ojeras bajo sus ojos eran aún más profundas.
—Buenos días, secuestrador.
Él levantó la vista.
—¿Dormiste bien?
—Como un bebé millonario.
Hubo un incómodo silencio.
Claire abrió el refrigerador.
Lleno.
Frutas.
Quesos.
Yogures.
Carne.
Chocolate.
Respiró profundamente.
—Creo que nunca había visto tanta comida junta.
Adrian dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Claire…
Ella siguió observando los estantes.
—¿Todo esto es para nosotros?
—Sí.
—¿Siempre compras así?
Él negó con la cabeza.
—Lo hice ayer.
Claire cerró la puerta del refrigerador.
—¿Porque sabías que ibas a secuestrarme?
—Porque sabía que llevabas semanas pasando hambre.
Ella giró lentamente.
—¿Cómo lo sabías?
Adrian dudó.
Después respondió con absoluta sinceridad.
—Nunca dejé de vigilar que estuvieras viva.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
No sonaban románticas. Sonaban profundamente inquietantes.
Claire sintió un escalofrío.
—¿Me estabas siguiendo?
—Protegiendo.
—Eso no es lo mismo.
—Para mí sí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces Claire tomó una manzana.
—Bueno… al menos gracias por comprar fruta.
Adrian la miró completamente desconcertado.
Esperaba un grito.
Una bofetada.
Una amenaza.
No una conversación sobre vitaminas.
Las horas comenzaron a adquirir una rutina extraña.
Claire descubrió que podía caminar libremente por toda la mansión.
No había barrotes.
No había cadenas.
Solo puertas electrónicas imposibles de abrir desde dentro.
Mientras tanto, Adrian trabajaba desde una oficina llena de pantallas.
Hablaba poco.
Comía poco.
Dormía menos.
Pero siempre aparecía exactamente a la hora de cada comida.
Como si alimentar a Claire fuera la misión más importante de su vida.
Ella empezó a observarlo con atención.
No era un hombre tranquilo. Era un hombre completamente agotado.
Cada vez que sonaba un teléfono, tensaba la mandíbula.
Cada vez que Claire desaparecía unos minutos por la casa, iba a buscarla con auténtico pánico.
Una tarde lo encontró revisando por tercera vez las cerraduras.
—¿Temes que escape?
Él respondió sin apartar la vista de la puerta.
—Temo perderte otra vez.
Claire permaneció en silencio.
Había algo roto dentro de Adrian.
Algo mucho más profundo que una simple obsesión.
Esa noche decidió explorar.
No para escapar.
Solo por curiosidad.
Encontró una biblioteca inmensa.

Un gimnasio.
Una piscina cubierta.
Y una habitación cuya puerta permanecía cerrada con llave.
Cuando intentó abrirla, escuchó la voz de Adrian detrás de ella.
—No entres ahí.
Ella dio un pequeño salto.
—¿Qué escondes?
—Nada que debas ver.
—Eso nunca tranquiliza a nadie.
Adrian permaneció inmóvil.
Por primera vez parecía realmente nervioso.
Claire levantó una ceja.
—¿Hay otra mujer?
Él casi se atragantó.
—¿Qué?
—No sé. Una novia secreta. Un laboratorio. Un dragón.
Él soltó una risa involuntaria.
Fue apenas un segundo.
Pero Claire la vio.
—¡Acabas de reírte!
Adrian volvió inmediatamente a ponerse serio.
—No.
—Sí.
—Lo imaginaste.
—Hasta tienes hoyuelos.
Él dio media vuelta.
—Buenas noches, Claire.
Ella sonrió mientras lo veía marcharse.
Era la primera grieta en la máscara del hombre que pretendía controlarlo todo.
Al tercer día ocurrió algo inesperado.
Claire encontró un marco con una fotografía escondido en un cajón del despacho.
Era una imagen antigua.
Los dos aparecían riendo durante un viaje a la playa.
Ella recordaba perfectamente aquel día.
Lo que no recordaba era la expresión de Adrian.
La observaba como si fuera la única persona existente en el mundo.
Nunca había prestado atención a esa mirada.
Detrás de la fotografía había otra.
Y otra.
Y otra.
Decenas de imágenes.
Entradas de cine.
Billetes de avión.
Flores secas.
Notas escritas por ella durante la universidad.
Adrian había conservado absolutamente todo.
No era una colección.
Era un santuario.
Escuchó pasos.
Guardó rápidamente las fotografías.
Adrian apareció en la puerta.
Sus ojos fueron directamente al cajón abierto.
Luego a Claire.
Después al marco que ella todavía sostenía.
El color desapareció de su rostro.
—No querías que viera esto.
Él no respondió.
—¿Desde cuándo guardas todo?
Silencio.
—Adrian.
Él cerró lentamente los ojos.
—Desde el primer día que te conocí.
Claire dejó escapar el aire lentamente.
Aquello ya no era una simple incapacidad para olvidar una relación.
Era una vida entera construida alrededor de un recuerdo.
Antes de que pudiera decir algo más, sonó una alarma en una de las pantallas del despacho.
Adrian miró el monitor.
Su expresión cambió por completo.
Fría.
Peligrosa.
Abrió inmediatamente una aplicación de seguridad.
En la pantalla aparecía un automóvil negro detenido frente al portón principal.
Claire observó la imagen.
Había tres personas descendiendo del vehículo.
Una de ellas llevaba una carpeta.
Otra mostraba una placa metálica.
La tercera señalaba directamente hacia la casa.
—¿Quiénes son? —preguntó Claire.
Adrian no contestó.
Solo susurró una frase que hizo desaparecer cualquier rastro de tranquilidad en la mansión.
—Nos encontraron antes de lo que esperaba.