Parte 2: LA DECISIÓN QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE A LA FAMILIA

Julián empujó la puerta como si todavía fuera el dueño de la casa.

Ni siquiera miró a sus hijos.

Su atención estaba puesta en la carpeta que sostenía Renata.

—Vine por las escrituras —dijo con absoluta frialdad.

Teresa permaneció inmóvil.

Miró primero a su hijo.

Después a la joven que lo acompañaba.

Finalmente volvió la vista hacia Mariana.

Por primera vez comprendió que todo lo que acababa de escuchar era verdad.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó despacio.

Julián suspiró con impaciencia.

—Mamá, no empieces.

—Te pregunté qué acabas de decir.

Renata dio un paso al frente.

—La casa debe venderse cuanto antes. Ya hablamos con un abogado.

Teresa la observó de arriba abajo.

—¿Y tú quién eres para hablar de esta casa?

Renata sonrió con suficiencia.

—La pareja de Julián.

El silencio fue absoluto.

Valeria apareció en lo alto de las escaleras.

—¿Papá?

Julián levantó apenas la cabeza.

—Hola, princesa.

La niña sonrió durante un segundo.

—¿Ya regresaste a vivir con nosotros?

Renata tomó a Julián del brazo.

Él evitó responder.

Aquello fue suficiente.

La sonrisa de Valeria desapareció.

Volvió lentamente a su habitación sin decir una sola palabra.

Teresa cerró los ojos.

Había visto muchas cosas en su vida.

Pero jamás imaginó que su propio hijo sería capaz de ignorar así a sus hijos.

—¿Las escrituras? —repitió Teresa.

Julián cruzó los brazos.

—La casa está a mi nombre.

Mariana habló por primera vez.

—También está hipotecada.

Renata abrió inmediatamente la carpeta.

—Precisamente por eso debemos venderla.

Teresa frunció el ceño.

—¿Debemos?

Renata respondió con naturalidad.

—Julián y yo ya encontramos un departamento.

Necesitamos el dinero cuanto antes.

Teresa sintió un nudo en el estómago.

Miró alrededor.

La calefacción averiada.

Las paredes desgastadas.

Los juguetes de sus nietos.

La ropa infantil secándose junto a una ventana que no cerraba bien.

Y entendió algo que la hizo sentir vergüenza.

Durante meses su hijo le había dicho que Mariana gastaba demasiado.

Que él apenas podía mantener la casa.

Todo había sido mentira.

Respiró profundamente.

—Julián.

—¿Qué?

—¿Cuándo fue la última vez que compraste comida para tus hijos?

Él no respondió.

—¿Cuándo pagaste la luz?

Silencio.

—¿Cuándo preguntaste si Mateo seguía enfermo?

Renata intervino.

—Señora, no vinimos a hablar de eso.

Teresa giró lentamente hacia ella.

—Tú no vuelves a interrumpirme.

Su voz fue tan firme que incluso Julián se sorprendió.

—Este asunto es entre mi hijo… y la familia que decidió abandonar.

Julián perdió la paciencia.

—¡Mamá, deja de dramatizar!

—¿Dramatizar?

Ella dio un paso hacia él.

—¿Sabes qué encontré cuando llegué?

Señaló el sillón donde dormía Mateo.

—A mi nieto tapado con una cobija porque el calentador lleva semanas descompuesto.

Después señaló la cocina.

—Y a mi nuera intentando hacer rendir el último litro de leche.

Las palabras comenzaron a salir cargadas de años de decepción.

—Mientras tú estabas jugando a empezar una nueva vida.

Julián endureció el rostro.

—Ya no amo a Mariana.

—Tenías derecho a dejar de amarla.

Teresa lo miró directamente a los ojos.

—Lo que nunca tuviste fue derecho a dejar de ser padre.

La sala quedó completamente en silencio.

Renata tomó nuevamente la carpeta.

—Firmen de una vez.

Teresa fue más rápida.

Le quitó la carpeta de las manos.

La abrió.

Leyó las primeras hojas.

Después levantó lentamente la vista.

—Esto no es una compraventa.

Mariana frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

Teresa mostró la última página.

—Quiere que Mariana renuncie también a la pensión alimenticia.

El rostro de Mariana perdió el color.

Julián evitó mirarla.

Teresa cerró la carpeta de golpe.

El sonido hizo que todos se sobresaltaran.

—No va a firmar absolutamente nada.

—Mamá…

—¡Cállate!

Era la primera vez que Julián escuchaba a su madre gritarle desde que era un adolescente.

Ella respiró con dificultad.

Luego sacó lentamente un pequeño sobre de su bolso.

Lo dejó sobre la mesa.

—¿Sabes qué es esto?

Julián negó con la cabeza.

—Mi testamento.

Él frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Teresa sostuvo su mirada sin titubear.

—Esta mañana pensaba dejarte todo.

La casa donde vivo.

Mis ahorros.

El terreno de San Miguel.

Las inversiones de tu padre.

Hizo una pausa.

—Pero acabo de cambiar de opinión.

Julián abrió los ojos.

—¿Qué?

Teresa tomó la mano de Mariana.

Después llamó suavemente a Valeria para que bajara.

La niña obedeció.

Mateo acababa de despertarse y caminó tambaleándose hasta abrazarse a la pierna de su abuela.

Teresa sonrió con tristeza.

—Todo lo que tengo será para ellos.

Miró nuevamente a su hijo.

—Tú ya elegiste a quién llamar familia.

Ahora me toca elegir a mí.

Julián dio un paso hacia ella.

—¡No puedes desheredarme!

Teresa abrió lentamente la puerta principal.

—Sí puedo.

Y señaló la salida.

—Porque desde este momento… el único hijo que acaba de perder una familia eres tú.

Cuando Julián salió furioso junto a Renata, creyó que todavía podía impugnar aquella decisión.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, apenas una hora antes de llegar a esa casa, Teresa ya había visitado al notario.

Y el nuevo testamento… ya había sido inscrito legalmente a nombre de Valeria y Mateo, dejando a Julián sin un solo peso de la herencia familiar.

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