El salón imperial quedó sumido en un silencio absoluto.
Nadie respiraba.
El joven soldado avanzó tres pasos y clavó la punta de su vieja espada sobre el mármol.
El guerrero extranjero sonrió con desprecio.
—¿Pretendes vencerme con ese pedazo de hierro?
El muchacho no respondió.
Cerró lentamente los ojos.
Su respiración comenzó a acompasarse con una calma imposible en medio de aquella tensión.
Los generales veteranos intercambiaron miradas inquietas.
Uno de ellos dio un paso al frente.
—Esa postura… pertenece a la Técnica del Dragón Celestial.
El primer ministro sintió un escalofrío.
Aquella escuela había desaparecido décadas atrás, después de que el emperador anterior ordenara exterminar a todos sus maestros por temor a una rebelión.
El extranjero dejó de sonreír.
Por primera vez observó con atención la empuñadura desgastada de aquella espada.
En la base aún podía distinguirse un antiguo emblema imperial.
—¿De dónde robaste esa arma? —preguntó con el ceño fruncido.
El joven levantó lentamente la mirada.
—No la robé.
—Entonces responde.
—Pertenece a mi familia desde hace tres generaciones.
Aquellas palabras hicieron que el emperador se incorporara bruscamente de su trono.
Solo una familia tenía autorización para portar aquella espada.
Una familia que, según los registros oficiales, había sido ejecutada por traición.
El extranjero comprendió que ya no luchaba contra un simple guardia.
Desenvainó su enorme espada con un rugido metálico.
—No importa quién seas.
Desapareció de su posición y descargó un golpe brutal capaz de partir una armadura en dos.
Los cortesanos gritaron.

Pero la hoja jamás alcanzó su objetivo.
El joven ya no estaba allí.
Había aparecido detrás del emisario con un movimiento tan rápido que apenas dejó una estela sobre el suelo.
Los ojos de los generales se abrieron con incredulidad.
—¡Paso Fantasma!
Era una técnica prohibida que nadie había vuelto a contemplar durante más de cuarenta años.
El extranjero retrocedió varios pasos.
Una fina línea roja apareció sobre su mejilla.
Había sido cortado.
Sin embargo, el joven jamás terminó el ataque.
Simplemente volvió a adoptar su posición inicial.
—¿Por qué no me mataste? —preguntó el emisario mientras tocaba la sangre que corría por su rostro.
—Porque aún no has usado toda tu fuerza.
La respuesta hizo desaparecer por completo la arrogancia del extranjero.
Sonrió por primera vez con auténtico respeto.
Luego apoyó una rodilla sobre el suelo.
Con ambas manos levantó su espada hacia el cielo.
—Si has obligado a un guerrero del Reino del Norte a adoptar la Postura del Juicio…
Su voz retumbó por todo el salón.
—…significa que eres el primer rival digno que encuentro desde la muerte del Gran General Long Wei.
El emperador quedó inmóvil.
Nadie fuera de la familia imperial conocía ese nombre.
Solo los supervivientes de la antigua masacre podían pronunciarlo.
El joven apretó con fuerza la empuñadura de su espada.
—Entonces tú también estuviste allí aquella noche.
El extranjero bajó lentamente la cabeza.
—Sí.
—Vi cómo exterminaban a toda tu familia…
Hizo una breve pausa.
—…pero también vi escapar al único niño que logró sobrevivir.
Todo el salón volvió la mirada hacia el joven soldado.
El emperador sintió que el corazón dejaba de latir.
El muchacho al que había permitido luchar por el honor del imperio no era un simple guardia.
Era el último heredero de la familia que la propia corte había condenado décadas atrás.