PARTE 2
Valeria no alcanzó a cruzar la puerta.
—Espera —dijo Carlos con la voz quebrada—. Ese documento no puede ser verdadero.
Alejandro se volvió lentamente.
—Lo es.
Doña Beatriz arrebató los papeles de las manos del abogado y comenzó a leerlos con desesperación. Su rostro perdió todo color.
La mansión, las acciones mayoritarias de la empresa y varias propiedades aparecían registradas a nombre de una sociedad desconocida.
Grupo Montiel.
Valeria reconoció inmediatamente aquel apellido.
Era el apellido de su madre.
—¿Qué significa esto? —preguntó, mirando a su hermano.
Alejandro guardó silencio unos segundos.
—Significa que nuestro padre nunca perdió su fortuna como nos hicieron creer.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
Durante años había vivido convencida de que su familia estaba arruinada. Por eso aceptó las humillaciones de Doña Beatriz. Por eso creyó que no tenía un lugar al cual regresar.
—Papá murió sin nada —susurró.
—Eso fue lo que Carlos y su madre te hicieron creer.
Valeria miró a su exesposo.
—Dime que está mintiendo.
Carlos bajó la cabeza.
La respuesta estaba escrita en su silencio.
—Tu padre invirtió en nuestra empresa cuando estaba a punto de quebrar —confesó finalmente—. A cambio recibió la mayoría de las acciones.
—Entonces ¿por qué nunca me lo dijiste?
—Porque después de su muerte, mi madre encontró una manera de controlar la sociedad.
Doña Beatriz lanzó los documentos sobre la mesa.
—¡Todo lo que hicimos fue para proteger a nuestra familia!
Alejandro soltó una risa amarga.
—Falsificasteis la firma de mi padre y ocultasteis su testamento.
El abogado abrió un maletín y sacó una carpeta antigua.
—El documento original fue encontrado hace tres semanas en una caja de seguridad de Suiza.
Valeria tomó el testamento con manos temblorosas.
Su padre había dejado todas sus propiedades y participaciones empresariales a sus dos hijos.
Pero una cláusula llamó su atención.
En caso de que Alejandro fuera declarado desaparecido, Valeria recibiría la totalidad de la herencia.
—¿Por eso dijisteis que mi hermano había muerto? —preguntó.
Carlos levantó la mirada.
—Yo no sabía que estaba vivo.
—Pero sabías que su desaparición te beneficiaba.
Carlos intentó acercarse.
—Valeria, yo te amaba.
—No pronuncies esa palabra.
Ella retrocedió con repulsión.
De repente, Alejandro colocó sobre la mesa varias fotografías. En ellas aparecía Carlos reuniéndose en secreto con un investigador privado.
—Tu esposo sabía dónde estaba yo —reveló—. Pagó para mantenerme lejos del país.
Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Es verdad?
Carlos cerró los ojos.
—Tu hermano amenazaba con destruir todo lo que habíamos construido.
—No —respondió Alejandro—. Amenazaba con recuperar lo que nos robasteis.
Doña Beatriz perdió el control.
—¡Esa fortuna nos pertenece! ¡Nosotros levantamos la empresa!
—Con el dinero de nuestro padre —contestó Valeria.
Por primera vez, su voz no tembló.
Los dos abogados avanzaron.
—Doña Beatriz y Carlos Salvatierra quedan formalmente destituidos de todos sus cargos —anunció uno de ellos—. Además, serán investigados por fraude, falsificación y apropiación indebida.
Carlos miró a Valeria con desesperación.
—No permitas que hagan esto. Soy tu esposo.
Ella señaló los papeles del divorcio.
—Ya no lo eres.
En ese momento, varios agentes entraron en la mansión.
Doña Beatriz intentó huir hacia la escalera, pero uno de ellos le cerró el paso.

—Esto es una humillación —gritó—. ¡Valeria, después de todo lo que hicimos por ti!
Valeria la observó con una serenidad que resultaba más dolorosa que cualquier insulto.
—Me enseñasteis a soportar el desprecio. Mi hermano me recordó que también podía defenderme.
Carlos cayó de rodillas.
—Dame una oportunidad.
Valeria lo miró por última vez.
—Tuviste años.
Alejandro colocó un abrigo sobre los hombros de su hermana y ambos caminaron hacia la salida.
Sin embargo, antes de subir al automóvil, uno de los abogados los alcanzó.
—Señor Alejandro, encontramos algo más dentro de la caja de seguridad.
Le entregó un pequeño sobre dirigido exclusivamente a Valeria.
Ella reconoció la letra de su padre.
Abrió la carta y leyó las primeras líneas.
“Querida hija: si estás leyendo esto, significa que Beatriz descubrió nuestro secreto. No confíes en Carlos. Él no se casó contigo por casualidad.”
Valeria levantó la mirada, completamente pálida.
Alejandro tomó la carta y continuó leyendo.
La última frase hizo que ambos se quedaran inmóviles.
“Carlos aceptó casarse contigo porque su verdadera madre me lo pidió.”
Valeria miró hacia la mansión.
Carlos seguía observándola desde la puerta, custodiado por la policía.
Pero ahora ella comprendía que el fraude empresarial no era el secreto más oscuro.
Carlos no era hijo de Doña Beatriz.
Y la mujer que lo había entregado al nacer seguía viva.