PARTE 2: LA LLAMADA DESCONOCIDA REVELÓ EL VERDADERO MOTIVO DE SU OBSESIÓN.

Marcos respiró hondo antes de responder.

Su mano temblaba tanto que casi dejó caer el teléfono.

—¿Sí?

Al otro lado de la línea se escuchó la voz de un hombre mayor.

—Si estás con Valeria, sal de ahí inmediatamente. No tienes mucho tiempo.

La llamada se cortó.

Marcos levantó lentamente la mirada.

Valeria permanecía junto a la ventana con una serenidad inquietante.

—¿Quién era? —preguntó ella.

—Alguien que dice conocer tu secreto.

Ella sonrió con tristeza.

—Entonces ya empezaron a buscarte.

Marcos sintió un escalofrío.

—¿Quiénes?

Valeria caminó hasta una estantería y abrió un compartimento oculto.

Sacó una caja de madera cubierta de polvo.

Dentro había decenas de fotografías.

Todas mostraban a distintos hombres.

En cada imagen aparecía ella.

Siempre con el mismo aspecto.

La misma edad.

La misma mirada.

Marcos tomó una fotografía fechada treinta años atrás.

—Eso es imposible.

Valeria aparecía abrazando a un hombre idéntico a él.

—Se llamaba Daniel.

Otra fotografía mostraba una escena casi igual quince años después.

El hombre también tenía el mismo rostro.

—¿Quiénes son?

—Los que dijeron exactamente las mismas palabras que tú.

Marcos dejó caer las fotografías.

—¿Qué significa todo esto?

Valeria bajó la cabeza.

—Cada uno creyó que estaba enamorado de mí.

—¿Y lo estaban?

—Sí.

—¿Qué les ocurrió?

Ella no respondió.

Solo señaló un viejo cuaderno escondido dentro de la caja.

Marcos comenzó a leer.

Eran diarios escritos por aquellos hombres.

Todos describían la misma obsesión.

Pensaban en Valeria desde que despertaban hasta que lograban dormir.

Todos afirmaban sentir un dolor constante en el pecho.

Todos suplicaban un antídoto.

Y todos desaparecían pocos días después.

Marcos cerró el cuaderno de golpe.

—¿Qué les hiciste?

Valeria levantó lentamente la vista.

—Nada.

—¡Entonces explícamelo!

Las lágrimas aparecieron por primera vez en sus ojos.

—Ellos nunca quisieron escuchar la verdad.

En ese instante sonó el timbre del apartamento.

Tres golpes secos.

Valeria palideció.

—Han llegado.

Marcos miró por la mirilla.

Cinco personas vestidas completamente de negro esperaban frente a la puerta.

El hombre que había llamado por teléfono estaba entre ellos.

Tenía unos setenta años.

Al verlo, Valeria retrocedió.

—No abras.

Pero ya era demasiado tarde.

La puerta cedió tras un fuerte impacto.

Los desconocidos entraron sin pronunciar una sola palabra.

El anciano observó a Marcos con preocupación.

—Todavía estamos a tiempo.

—¿Quién es usted?

—El único superviviente.

Marcos frunció el ceño.

—¿Superviviente de qué?

El hombre señaló a Valeria.

—Ella también es una víctima.

Valeria cerró los ojos.

El anciano sacó un expediente.

Dentro había informes médicos realizados durante más de cuarenta años.

Todos llegaban a la misma conclusión.

Las personas que convivían con Valeria desarrollaban una extraña alteración neurológica.

No era un hechizo.

Ni una enfermedad contagiosa.

Su cerebro emitía una anomalía extremadamente rara que provocaba una fijación emocional incontrolable en quienes tenían una determinada predisposición genética.

—Ella nunca quiso hacer daño a nadie —explicó el anciano—. Por eso vive aislada y desaparece cada pocos años.

Marcos miró a Valeria.

Ella rompió a llorar.

—Siempre me marcho antes de destruir otra vida.

El anciano abrió la última página del expediente.

—Creíamos haber encontrado una cura.

Marcos sintió un pequeño alivio.

—¿Existe?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no la aplicaron?

El anciano guardó silencio durante unos segundos.

Finalmente respondió:

—Porque el tratamiento solo funciona si la persona obsesionada no comparte la misma sangre que Valeria.

Marcos quedó inmóvil.

—¿Qué quiere decir?

El anciano entregó una prueba genética.

Marcos leyó los resultados con incredulidad.

Él y Valeria compartían el mismo padre biológico.

Ambos habían sido separados al nacer sin conocer jamás su verdadero origen.

Valeria nunca lo había seducido deliberadamente.

Había intentado alejarlo desde el primer día porque reconoció un antiguo medallón familiar que Marcos llevaba al cuello.

La obsesión que lo estaba destruyendo no había comenzado cuando la conoció.

Había empezado mucho antes, el día en que una organización clandestina alteró los registros de nacimiento de decenas de recién nacidos para ocultar la identidad de sus verdaderos herederos.

Y el nombre del responsable aparecía al final del expediente.

Era el padre adoptivo de Marcos, quien llevaba treinta años fingiendo protegerlo mientras eliminaba a cualquiera que pudiera descubrir la verdad sobre su verdadera familia.

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