La mano permaneció levantada en el fondo del salón.
Todos giraron lentamente la cabeza.
Era Lucía, una de las alumnas más calladas de la clase.
Diego sintió que el color desaparecía de su rostro.
—Profesor… yo lo vi todo.
El aula quedó completamente en silencio.
El maestro asintió sin interrumpirla.
—Habla sin miedo.
Lucía respiró profundamente.
—Llevan semanas quitándole dinero a Mateo. Lo esperan en los pasillos, revisan su mochila y lo amenazan para que no diga nada.
Los compañeros comenzaron a mirarse entre sí.
Diego dio un paso adelante.
—Está inventando.

—No.
Otra voz surgió desde la primera fila.
Luego otra.
Y otra más.
Uno a uno, varios estudiantes comenzaron a ponerse de pie.
El profesor los observó con atención.
—¿Todos fueron testigos?
Los alumnos respondieron afirmativamente.
El maestro caminó hasta el panel eléctrico situado junto a la puerta.
—Les pedí que encendieran la fila derecha porque sabía que muchos tendrían miedo de hablar.
Presionó el interruptor.
Las luces de aquella sección se encendieron de golpe.
—Pero la verdad siempre encuentra otra forma de salir.
Diego intentó escapar del aula.
Dos profesores que acababan de llegar le bloquearon la salida.
El director entró acompañado por la orientadora escolar.
—Acabamos de revisar las cámaras del pasillo.
El director colocó una tableta sobre el escritorio.
Las imágenes mostraban claramente a Diego exigiendo dinero a Mateo y empujándolo contra los casilleros.
Ya no había forma de negarlo.
Mateo seguía sentado en el suelo, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo.
El profesor de literatura se arrodilló frente a él.
—Se terminó.
El muchacho rompió a llorar.
—Pensé que nadie iba a creerme.
—Nunca debiste pasar por esto solo.
El director ordenó que llevaran a Diego a su despacho mientras avisaban a sus padres.
Antes de salir, el agresor miró fijamente a Mateo.
—Esto no ha terminado.
El profesor se interpuso inmediatamente.
—A partir de hoy no volverás a acercarte a él.
Sin embargo, cuando el director revisó el historial disciplinario de Diego, frunció el ceño.
—Esto es extraño.
Todos lo miraron.
—No existe ningún reporte anterior… pero las cámaras muestran que este acoso lleva meses ocurriendo.
La orientadora abrió varios expedientes.
Faltaban documentos.
También habían desaparecido denuncias presentadas por otros estudiantes.
El director palideció.
—Alguien las eliminó del sistema.
En ese momento, el técnico de informática entró apresuradamente.
—Director, recuperamos los archivos borrados.
—¿Quién los eliminó?
El hombre dejó una carpeta sobre la mesa.
—Todos fueron borrados desde la cuenta personal de un miembro del personal docente.
El profesor de literatura observó el nombre que aparecía en la primera página.
Su expresión cambió por completo.
—No puede ser…
Mateo levantó lentamente la vista.
—¿Quién fue?
El profesor cerró la carpeta con las manos temblorosas.
—El tutor responsable de proteger a vuestra clase.