PARTE 2
Los dos hombres robustos bloquearon el pasillo.
El joven de chaqueta negra soltó lentamente la muñeca del anciano, pero no se apartó de la muchacha.
—Déjenla bajar —exigió.
El viejo sonrió.
—Ya es demasiado tarde para hacerte el héroe.
Uno de los cómplices intentó sujetarlo. El estudiante esquivó sus manos y empujó un asiento para crear distancia.
—¡Conductor, detenga el autobús! —gritó la joven.
El hombre al volante no respondió.
En lugar de frenar, giró hacia una calle industrial donde no había paradas ni edificios abiertos.
Los pasajeros comenzaron a murmurar.
Hasta ese instante habían creído que presenciaban un conflicto aislado. Ahora comprendían que todos estaban siendo llevados hacia un lugar desconocido.
—Llamen a la policía —pidió el estudiante.
Varias personas buscaron sus teléfonos.
No había señal.
El anciano levantó un pequeño dispositivo.
—No os molestéis. Dentro de este vehículo nadie puede comunicarse con el exterior.
Una mujer sentada cerca de la puerta delantera cerró discretamente su bolso.
Había permanecido en silencio desde el comienzo del viaje.
—Estás cometiendo un error —dijo ella.
El conductor la miró por el espejo.
—No se meta, señora.
—Me llamo Laura Méndez. Soy inspectora de transporte.
El rostro del conductor cambió.
Laura mostró una identificación y levantó un pequeño grabador.
—He registrado cada amenaza desde que ese hombre se acercó a la joven.
El anciano avanzó hacia ella.
—Entrégueme ese aparato.
—La copia ya fue enviada automáticamente.
Era una mentira.
El inhibidor había bloqueado la transmisión, pero los agresores no lo sabían.
La duda bastó para quebrar su seguridad.
El conductor frenó de golpe.
—Dijiste que no habría inspectores —reclamó a su cómplice.
Los pasajeros escucharon claramente la confesión.
Entonces el joven aprovechó la distracción, abrió la palanca de emergencia y liberó las puertas traseras.
—¡Bajen todos!
Las personas comenzaron a salir apresuradamente.
Los cómplices intentaron impedirlo, pero varios pasajeros se unieron al estudiante. Ya no estaban paralizados por el miedo.
La muchacha escapó junto a Laura.
Al alcanzar la calle, la inspectora recuperó la señal y envió la grabación junto con la ubicación exacta del autobús.
Las sirenas aparecieron pocos minutos después.
El conductor intentó huir, pero una patrulla bloqueó el camino. El anciano y sus dos hombres fueron detenidos antes de abandonar el vehículo.
Durante el registro encontraron varios teléfonos robados, documentos falsos y fotografías de otras jóvenes tomadas en diferentes rutas nocturnas.
—No era la primera vez —murmuró la muchacha.
Laura negó con gravedad.
—Llevábamos meses investigándolos.
La banda elegía autobuses casi vacíos. El anciano provocaba situaciones intimidantes mientras sus cómplices subían en paradas acordadas. El conductor desviaba la ruta y apagaba las cámaras interiores.
Algunas víctimas habían denunciado amenazas y robos, pero la empresa aseguraba que no existían grabaciones.
—¿Por qué subió usted esta noche? —preguntó el joven.
—Porque este conductor aparecía en todas las denuncias.
La inspectora señaló una cámara diminuta oculta en su broche.
Aquella sí había grabado toda la escena.
La joven se acercó al estudiante.
—Gracias por levantarte cuando todos teníamos miedo.

Él bajó la mirada.
—No hice nada extraordinario.
—Fuiste el primero —respondió Laura—. A veces eso es lo más difícil.
El conductor comenzó a gritar desde la patrulla:
—¡Yo solo obedecía órdenes!
Un agente se acercó.
—¿Órdenes de quién?
El hombre miró hacia la terminal situada al final de la avenida.
—Del propietario de la compañía.
Laura quedó inmóvil.
El dueño de la empresa había prometido colaborar con la investigación y había entregado personalmente los horarios sospechosos.
Si el conductor decía la verdad, aquella supuesta ayuda había sido una estrategia para controlar las pruebas.
Al revisar el autobús encontraron una carpeta escondida bajo el asiento del conductor.
Contenía una lista de pasajeros frecuentes.
Junto a varios nombres había fechas y cantidades de dinero.
El nombre de la joven aparecía marcado en rojo.
—¿Por qué me estaban siguiendo? —preguntó ella.
Laura pasó a la última página.
Allí encontró una fotografía reciente de la muchacha saliendo de su casa junto a su padre.
La inspectora reconoció al hombre.
Era el antiguo contable de la compañía, desaparecido después de denunciar que varios autobuses eran utilizados para transportar dinero ilegal.
El ataque de aquella noche no había sido casual.
La joven no era una víctima elegida al azar.
Era la hija del único hombre que podía destruir toda la organización.