Parte 2: LA PRIMERA PISTA QUE CAMBIÓ EL DESTINO

El avión apenas había aterrizado cuando sentí que el miedo volvía a instalarse en mi pecho.

No era por mí.

Era por los tres pequeños corazones que latían dentro de mi vientre.

Había llegado a Puerto Esperanza, una ciudad costera donde nadie conocía el apellido Holt ni el enorme imperio que aquella familia controlaba desde hacía décadas. Alquilé un pequeño apartamento frente al mar utilizando el apellido de mi madre y pagué seis meses por adelantado.

Quería desaparecer.

Quería convertirme en una mujer cualquiera.

Durante los primeros días cambié de médico, compré ropa holgada para ocultar el embarazo y dejé de mirar las noticias.

Pero el pasado siempre encontraba la forma de perseguirte.


Mientras tanto, Adrian Holt no había dormido ni una sola hora.

—¿Qué encontraron? —preguntó apenas entró en la sala de reuniones.

Sobre la pantalla aparecieron imágenes de cámaras de seguridad.

Mi llegada al aeropuerto.

Mi mochila.

Mi boleto comprado con otro apellido.

Después…

Nada.

—Perdimos el rastro cuando abandonó el aeropuerto —informó el jefe de seguridad—. Utilizó efectivo. No registró tarjetas. Cambió de teléfono.

Adrian permaneció inmóvil.

—Eso significa que llevaba este plan preparado desde hace tiempo.

—Sí, señor.

Él recordó entonces la expresión tranquila con la que yo había firmado el divorcio.

No había lágrimas.

No había reproches.

Solo una serenidad que ahora le resultaba aterradora.

—Revisen todos los hospitales públicos donde estuvo antes de irse.

—Ya lo hicimos.

—¿Y?

El director médico colocó una carpeta sobre la mesa.

—Solo conseguimos esto.

Era un registro incompleto.

La recepcionista del hospital recordaba haber visto a una mujer con mi descripción salir del área de Obstetricia.

Nada más.

Los archivos electrónicos habían desaparecido.

—¿Cómo que desaparecieron?

—Fueron eliminados apenas veinte minutos después de la consulta.

Todos quedaron en silencio.

Adrian levantó lentamente la mirada.

—Eso no lo hizo Elena.

El jefe informático negó con la cabeza.

—Alguien con acceso administrativo entró al sistema.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

Por primera vez, Adrian comprendió que alguien más estaba moviendo las piezas.


Yo ignoraba todo aquello.

Mi nueva obstetra, la doctora Isabel Navarro, observaba atentamente la ecografía.

Su sonrisa desapareció poco a poco.

—Elena…

Sentí un escalofrío.

—¿Pasa algo?

—Los tres bebés están bien.

Respiré aliviada.

Pero ella no sonreía.

—El embarazo es de alto riesgo.

Trillizos.

Placenta compartida entre dos de ellos.

Hipertensión inicial.

Necesitarás reposo.

Y vigilancia constante.

—Lo haré.

—¿Tienes familia aquí?

Negué con la cabeza.

—¿El padre?

Guardé silencio unos segundos.

—No puede saberlo.

La doctora me miró con compasión.

—No voy a preguntarte por qué.

Solo prométeme una cosa.

—¿Cuál?

—Si ocurre cualquier emergencia, no intentarás afrontarla sola.

Apreté la fotografía de la ecografía.

—Se lo prometo.


Aquella misma noche recibí una llamada desde un número desconocido.

No respondí.

Cinco minutos después llegó un mensaje.

“No soy Adrian.”

Mi respiración se detuvo.

Abrí el mensaje.

“Soy Samuel Holt.”

El abuelo.

El único miembro de aquella familia que siempre me había tratado con respeto.

“Necesito hablar contigo.”

El teléfono volvió a sonar.

Lo apagué inmediatamente.

No podía confiar en nadie.

Ni siquiera en él.


En la mansión Holt, Samuel golpeó con fuerza su bastón contra el suelo.

—¿Todavía no aparece?

Adrian negó.

El anciano lo observó durante largos segundos.

—Nunca te había visto así.

—Está escondiéndose.

—¿Y te preguntas por qué?

Adrian cerró los puños.

—No entiendo qué hice para que huyera de esta manera.

Samuel soltó una amarga carcajada.

—Ese es precisamente tu problema.

Siempre crees que el silencio significa que la otra persona no siente nada.

Adrian no respondió.

El anciano continuó.

—La utilizaste durante tres años.

Firmaste un contrato.

Le pagaste por ser tu esposa.

Cuando terminó, ni siquiera fuiste capaz de despedirte personalmente.

Hubo un largo silencio.

Samuel dio un paso más cerca.

—Ahora la buscas desesperadamente.

¿Por amor…

…o porque temes descubrir qué escondía aquel sobre del hospital?

Aquella pregunta quedó suspendida en el aire.

Porque Adrian todavía no conocía la respuesta.


A cientos de kilómetros de allí, salí del supermercado cargando bolsas.

De repente sentí un fuerte mareo.

Todo comenzó a girar.

Apoyé una mano sobre el automóvil más cercano.

Una mujer corrió hacia mí.

—¡Está embarazada!

Otra persona llamó a una ambulancia.

Intenté decir que estaba bien.

No pude.

Caí de rodillas mientras protegía instintivamente el vientre.

Lo único que escuchaba era mi propia respiración.

Y después…

Una voz masculina.

—Soy médico.

Déjenme pasar.

Levanté lentamente la cabeza.

Era un hombre de unos cuarenta años.

Cabello oscuro.

Bata blanca.

Su identificación decía:

Doctor Gabriel Mendoza. Medicina Materno-Fetal.

Él revisó rápidamente mi pulso.

—Necesita ir al hospital inmediatamente.

—Mis bebés…

—Siguen vivos.

Pero debemos actuar ahora.

Las sirenas comenzaron a acercarse.

Mientras la ambulancia avanzaba por la avenida, Gabriel observó discretamente mi expediente.

Frunció el ceño.

No por mi nombre.

Sino por una pequeña anotación médica.

Levantó la mirada.

—¿Quién hizo este estudio genético?

Sentí un nudo en la garganta.

—Un hospital público.

Gabriel permaneció completamente inmóvil.

Porque conocía perfectamente aquel formato.

Era un protocolo exclusivo del Holt Medical Group.

Y solo existían cinco especialistas autorizados para realizarlo.

Él era uno de ellos.


A más de mil kilómetros de distancia, el teléfono de Adrian vibró.

Era Gabriel.

Un viejo compañero de residencia.

—¿Qué ocurre? —preguntó Adrian.

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.

—Necesito hacerte una pregunta muy extraña.

—Habla.

—¿Tu exesposa…

…está embarazada?

Adrian dejó de respirar.

—¿Por qué preguntas eso?

Gabriel miró hacia la habitación donde yo acababa de ingresar para una nueva ecografía de emergencia.

Su rostro perdió completamente el color.

Porque la imagen acababa de aparecer en la pantalla.

No era un bebé.

Ni dos.

Eran tres pequeños corazones latiendo al mismo tiempo.

Gabriel cerró lentamente la puerta de la sala.

Y, con la voz más seria que Adrian le había escuchado jamás, pronunció una frase que cambiaría el destino de todos.

—Adrian…

Creo que acabo de encontrar aquello por lo que llevas cuarenta y ocho horas buscando desesperadamente.

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