La figura del fondo avanzó lentamente hasta quedar bajo la luz del enorme candelabro.
Era Rosa, la anciana ama de llaves que había servido a la familia durante más de cuarenta años.
Sus manos temblaban, pero sus ojos mostraban una determinación que nadie le había visto jamás.
—Yo lo vi todo —dijo con voz firme.
El comedor entero quedó en silencio.
Don Alejandro la observó sin apartar la mirada.
—Habla.
Rosa señaló directamente a Verónica, la cuñada de Elena.
—Fue ella quien la empujó.
Los invitados giraron la cabeza al mismo tiempo.
Verónica dio un paso atrás.
—¡Está mintiendo!
—También vi cómo cambiaste la copa antes de servir la cena.
Aquellas palabras congelaron el ambiente.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Don Alejandro tomó la copa intacta que permanecía frente a Elena y la entregó a uno de los escoltas.
—Que nadie toque nada.
Verónica comenzó a perder la calma.
—Solo fue una broma.
—¿Una broma? —preguntó el patriarca con una frialdad aterradora.
El escolta acercó la copa a un pequeño detector portátil que utilizaban para revisar bebidas durante las reuniones importantes.
Un pitido agudo rompió el silencio.
Todos quedaron inmóviles.
—Hay una sustancia tóxica —informó el hombre.

El esposo de Elena levantó la cabeza por primera vez en toda la noche.
Miró a su hermana con incredulidad.
—¿Intentaste envenenarla?
Verónica negó desesperadamente.
—¡No era para ella!
Don Alejandro golpeó nuevamente la mesa.
—¿Entonces para quién era?
La mujer rompió a llorar.
—La copa era para usted.
El comedor quedó paralizado.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó el anciano.
—No quería matarla a ella… quería que usted muriera.
Nadie fue capaz de pronunciar una palabra.
Verónica cayó de rodillas.
—Estoy arruinada. Debía millones y acepté dinero para hacerlo.
—¿Quién te pagó?
Antes de que pudiera responder, todas las luces de la mansión se apagaron.
Los invitados comenzaron a gritar.
Solo se escuchaban respiraciones agitadas y pasos apresurados sobre el mármol.
Un disparo resonó en la oscuridad.
Después volvió la electricidad.
Todos buscaron con la mirada el origen del ruido.
Don Alejandro seguía de pie.
Pero Rosa yacía en el suelo con una herida en el pecho.
La anciana señaló con dificultad hacia uno de los invitados.
—Él… él…
Su brazo cayó lentamente.
El hombre señalado aprovechó el caos para correr hacia la salida.
Los escoltas fueron tras él.
Cuando lo alcanzaron en el jardín, descubrieron que llevaba un documento oculto dentro del abrigo.
Era un contrato firmado meses atrás.
En él aparecía una recompensa millonaria por la muerte de Don Alejandro.
Pero lo más inquietante no era la cantidad.
Era el nombre de la persona que había financiado el crimen.
Don Alejandro tomó el documento con manos temblorosas.
Leyó una sola línea.
Después cerró los ojos.
—No puede ser…
Elena se acercó lentamente.
—¿Quién es?
El anciano levantó la vista, completamente destrozado.
—Mi propio hijo… el padre de tu esposo.