Parte 2: LA VERDAD COMIENZA A DESMORONAR A LA FAMILIA

El silencio que siguió a la orden de mi abuela era tan pesado que incluso el suave zumbido del aire acondicionado parecía un estruendo. Nadie se atrevía a moverse. Nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte.

Patricia intentó sonreír, pero sus labios temblaban de manera evidente.

—Leonor… de verdad creo que esto puede aclararse con una conversación tranquila…

No. —La voz de mi abuela fue seca—. Las conversaciones terminaron cuando alguien utilizó mi nombre para engañarme.

Mi madre, Denisse, dio un paso al frente.

—Mamá, Patricia solo quiso ayudarte. Después del accidente de Valeria todo fue muy confuso…

—¿Confuso? —preguntó mi abuela sin levantar la voz—. Tres millones trescientos mil pesos jamás desaparecen por confusión.

Nadie respondió.

Sofía comenzó a moverse entre mis brazos. Abrí un poco la vieja cobija para acomodarla mientras intentaba contener las lágrimas. Ver a mi hija dormida, ajena a todo aquel desastre, hizo que el dolor de los últimos meses regresara con una fuerza insoportable.

Recordé las noches sin electricidad.

Las cuentas del hospital acumulándose sobre la mesa.

Las veces que fingí haber cenado para que alcanzara la comida para preparar el biberón de mi hija.

Y todo ese tiempo alguien sabía perfectamente que existía un dinero destinado para nosotras.

Media hora después sonó el timbre.

El mayordomo abrió la puerta y permitió el ingreso del licenciado Ramírez y de la contadora Herrera. Ambos llevaban varios portafolios negros y una carpeta metálica asegurada con sellos.

Mi abuela ni siquiera los saludó.

—Muéstrenme todo.

Los documentos comenzaron a extenderse sobre el enorme comedor.

Transferencias bancarias.

Estados de cuenta.

Contratos del fideicomiso.

Autorizaciones notariales.

El abogado acomodó cuidadosamente varias hojas.

—Señora Leonor, aquí consta una transferencia inicial de un millón quinientos mil pesos, realizada tres semanas después del fallecimiento del señor Alejandro.

Pasó otra hoja.

—Aquí aparece una segunda transferencia de ochocientos mil pesos.

Después otra.

—Y finalmente una tercera por un millón de pesos.

Levantó la vista.

—Las tres fueron enviadas a la misma cuenta bancaria.

Sentí un pequeño alivio.

—Entonces pueden revisar el banco. Esa cuenta no es mía.

La contadora ajustó sus lentes.

—Precisamente eso estábamos verificando.

Tecleó algunos datos en su computadora portátil.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Entonces frunció el ceño.

—Aquí hay algo extraño.

Mi abuela cruzó los brazos.

—Explíquese.

—La cuenta receptora no pertenece a la señorita Valeria.

Patricia dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

Pero la contadora continuó.

—Fue abierta apenas diez días antes de la primera transferencia.

Todos giramos hacia Patricia.

Ella tragó saliva.

—Eso… eso no significa nada.

El abogado deslizó otro documento sobre la mesa.

—La titular de esa cuenta es una empresa denominada Grupo Familiar Horizonte.

Mi tío Roberto frunció el ceño.

—Nunca había oído hablar de esa empresa.

La contadora hizo otro clic.

Su expresión cambió por completo.

—Porque fue constituida únicamente cuatro meses antes del accidente.

Mi abuela apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.

—¿Quién aparece como representante legal?

La mujer leyó cuidadosamente.

—Patricia Alcázar Mendoza.

El vaso que sostenía mi madre cayó al suelo.

El cristal explotó en decenas de pedazos.

Patricia comenzó a negar con desesperación.

—No es lo que parece…

—Entonces dinos qué parece —respondió mi abuela con una calma mucho más aterradora que cualquier grito.

Patricia respiraba cada vez más rápido.

—Yo… administré ese dinero por seguridad…

—¿Seguridad para quién? —pregunté sin poder contenerme—. ¿Para mi hija o para ti?

Ella evitó mirarme.

El abogado siguió revisando documentos.

—Hay más movimientos.

Todos guardamos silencio.

—Durante los siguientes ocho meses se realizaron múltiples retiros.

La contadora fue leyendo uno por uno.

—Compra de una camioneta de lujo.

Patricia cerró los ojos.

—Remodelación de una residencia.

Roberto comenzó a observar a su esposa con una mezcla de incredulidad y miedo.

—Viaje internacional a Europa.

Mi prima Mariana abrió la boca sin poder creer lo que escuchaba.

—¿Mamá?

Pero aquello apenas comenzaba.

La contadora abrió otro archivo.

—También existen transferencias hacia cuentas personales.

Mi abuela habló con absoluta frialdad.

—¿Cuánto queda actualmente?

Los dedos de la contadora recorrieron el teclado.

Después levantó lentamente la cabeza.

—Menos de ciento veinte mil pesos.

La habitación entera quedó congelada.

Patricia rompió a llorar.

—¡Yo pensaba devolverlo!

Nadie respondió.

—¡Solo necesitaba un poco de tiempo!

Mi abuela la observó durante varios segundos.

—¿Tiempo?

Su voz apenas era un susurro.

—Mientras Valeria vendía su anillo de matrimonio para comprar leche…

Sentí un nudo insoportable en la garganta.

—Mientras Sofía dormía con cobijas prestadas…

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Mariana.

—Mientras mi bisnieta crecía sin lo que legítimamente le pertenecía…

Patricia cayó de rodillas.

—Perdóname…

Mi abuela dio un paso atrás.

—No me lo pidas a mí.

Lentamente giró hacia donde yo estaba.

Nuestros ojos se encontraron.

Por primera vez desde que había llegado, vi lágrimas en los suyos.

—Perdóname tú.

No supe qué responder.

Ella extendió una mano y acarició suavemente la cabeza de Sofía.

—Debí buscarte personalmente.

Negué con la cabeza.

—Nadie imaginaba algo así.

El abogado volvió a intervenir.

—Señora Leonor…

—¿Qué ocurre ahora?

—Encontramos otro documento que no estaba en el expediente principal.

Todos volvimos a mirar la mesa.

Era un sobre color marfil, sellado con lacre rojo.

El abogado parecía confundido.

—Este documento fue incorporado al fideicomiso hace nueve meses.

Mi abuela frunció el ceño.

—Yo nunca autoricé ningún cambio.

El abogado rompió cuidadosamente el sello.

Comenzó a leer.

Su rostro perdió completamente el color.

—Esto… esto no puede ser correcto.

—Lea en voz alta —ordenó mi abuela.

El abogado respiró profundamente.

—Aquí consta que… si la señorita Valeria llegaba a reclamar cualquier apoyo económico, debía demostrarse que ya había recibido la totalidad del dinero mediante su firma.

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

—¿Mi firma?

La contadora acercó el documento hacia mí.

Allí estaba.

Mi nombre.

Mi identificación.

Y una firma casi idéntica a la mía.

Solo había un problema.

Yo jamás había visto ese papel en toda mi vida.

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