PARTE 2
Carlos tiró del cabello de Lucía, pero ella consiguió sujetarse al borde de la mesa.
La bandeja cayó al suelo.
Los dumplings se abrieron entre la harina y la salsa derramada.
Lucía apartó la mirada, aterrorizada.
—Míralos —ordenó Carlos—. Esto te ocurre por desobedecerme.
Entonces alguien golpeó tres veces desde debajo del suelo.
Carlos se quedó inmóvil.
Lucía también lo escuchó.
El sonido procedía del sótano.
—¿Quién está ahí? —preguntó ella.
—Son las tuberías.
Volvieron a escucharse los golpes.
Esta vez siguieron un ritmo desesperado.
Lucía comprendió que había una persona encerrada abajo.
Carlos soltó su cabello y recogió el cuchillo de la mesa.
—No te muevas.
Caminó hacia la puerta del sótano, pero Lucía aprovechó el instante para lanzar una silla contra la ventana.
El cristal se rompió.
—¡Ayuda! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Estamos dentro!
Las luces policiales se detuvieron frente a la vivienda.
Carlos se volvió con furia.
—Acabas de condenarnos a los dos.
—Solo tú tienes algo que ocultar.
Él corrió hacia ella, pero la puerta principal fue derribada antes de que pudiera alcanzarla.
Dos agentes entraron en la cocina y le ordenaron soltar el cuchillo.
Carlos fingió confusión.
—Mi esposa está sufriendo una crisis. Ha inventado toda esta historia.
Lucía señaló el sótano.
—Hay alguien encerrado ahí.
Uno de los agentes encontró un candado colocado en la parte exterior de la puerta.
Carlos intentó escapar por el pasillo, pero fue reducido junto a la escalera.
Los policías abrieron el acceso.
Un olor a humedad subió desde la oscuridad.
—¡Aquí abajo! —gritó una voz débil.
Lucía reconoció aquella voz.
—Doña Mercedes…
La suegra apareció sentada detrás de unas cajas, con las muñecas sujetas y el rostro agotado.
Estaba viva.
Lucía bajó corriendo y la abrazó.
—Pensé que había muerto.
—Eso era lo que Carlos quería que todos creyeran —respondió la anciana.
Los agentes la ayudaron a subir.
Cuando Mercedes vio los dumplings destruidos, cerró los ojos con dolor.
—La carne no era humana —aclaró—. Carlos quería asustarte para que pensaras lo peor.
Lucía lo miró con incredulidad.
—¿Por qué haría algo así?
La anciana señaló una caja metálica escondida bajo la escalera.
Dentro había documentos bancarios, contratos falsificados y varias grabaciones.
Mercedes había descubierto que su hijo desviaba dinero de la empresa familiar y utilizaba su firma para solicitar préstamos.
Cuando amenazó con denunciarlo, Carlos la encerró en el sótano.
Después difundió el rumor de que había desaparecido voluntariamente.
—Los dumplings eran parte de su plan —explicó Mercedes—. Quería que parecieras inestable si acudías a la policía contando una historia imposible.
Carlos comenzó a reír desde el suelo.
—Nadie creerá a dos mujeres asustadas.
Un agente levantó un pequeño dispositivo encontrado dentro de la caja.
—Esta grabadora puede cambiar eso.
La encendió.
La voz de Carlos llenó la cocina.
—Cuando mi madre firme la cesión, la dejaré salir. Si se niega, todos creerán que Lucía tuvo algo que ver con su desaparición.
Lucía sintió que las piernas le fallaban.
Carlos no solo pretendía quedarse con la fortuna.
También planeaba culparla.
—¿Quién llamó a la policía? —preguntó ella.
Doña Mercedes sacó de su bolsillo un viejo reloj.
—Conseguí activar la alarma de emergencia.
El reloj había enviado una señal silenciosa a la empresa de seguridad.
Carlos había escuchado las sirenas y fingido huir para comprobar si Lucía intentaba pedir ayuda.
Los agentes lo esposaron por secuestro, amenazas, fraude y falsificación.
Antes de que se lo llevaran, Carlos miró a su madre.
—Todo lo hice porque nunca confiabas en mí.
Mercedes negó con tristeza.
—No confiaba en ti porque te vi convertirte en alguien capaz de destruir a su propia familia.
Lucía acompañó a la anciana al hospital.
Durante el trayecto, Mercedes tomó su mano.

—Perdóname por no haberte advertido antes.
—¿Usted sabía que Carlos era peligroso?
—Sabía que mentía y robaba. Nunca imaginé hasta dónde llegaría.
Horas después, la policía registró toda la vivienda.
En el dormitorio de Carlos encontraron fotografías de Lucía tomadas sin su conocimiento, copias de sus documentos personales y una póliza de seguro reciente.
El beneficiario era Carlos.
Pero el descubrimiento más inquietante apareció dentro del congelador.
No había restos humanos.
Había varias bolsas de carne común etiquetadas con fechas y notas.
En una de ellas se leía:
“Usar para asustar a Lucía.”
Todo había sido calculado.
El olor extraño, las amenazas y la desaparición de Mercedes formaban parte de una representación diseñada para quebrar su mente.
Sin embargo, la fiscal encontró algo que Carlos no había preparado.
Una segunda grabación dentro del teléfono de Mercedes.
En ella se escuchaba a una mujer hablando con él.
—Cuando Lucía sea declarada culpable, la empresa quedará en nuestras manos.
Mercedes palideció al reconocer la voz.
—Esa mujer es mi hermana.
Lucía miró a su suegra.
La tía de Carlos había participado en el fraude y conocía el encierro desde el principio.
Carlos no había planeado la traición solo.
Y mientras todos estaban en el hospital, aquella mujer acababa de entrar en la casa para recuperar la caja metálica.