Parte 4: EL HOMBRE QUE TRAICIONÓ LA INVESTIGACIÓN DESDE ADENTRO

Nadie dijo una palabra.

La fotografía seguía entre los dedos de Julián.

Él alternó la mirada entre la imagen y mi rostro.

—¿Quién es?

Respiré hondo.

Había pasado más de veinte años intentando olvidar aquel nombre.

—Arturo Castañeda.

El silencio volvió a instalarse.

Julián frunció el ceño.

—¿El constructor?

Negué lentamente.

—Hoy todos lo conocen como empresario inmobiliario. Hace veinte años era contador externo de un grupo de agencias de automóviles. Cuando investigábamos una red de lavado de dinero, era la única pieza que nunca pudimos detener.

El comandante observó nuevamente la fotografía.

—¿Y desapareció?

—No.

—¿Entonces?

—Alguien lo sacó del expediente antes de que pudiéramos solicitar su captura.

Los agentes dejaron de mover cajas.

Todos escuchaban.

—Pensé durante años que había sido un error administrativo. Después creí que simplemente nos habían ganado la carrera. Ahora entiendo que alguien protegía toda la operación desde el principio.

El perito financiero levantó otra carpeta.

—Comandante, encontramos los libros contables del último año.

Julián la abrió.

Las páginas estaban llenas de transferencias entre empresas distintas.

Sin embargo, un detalle llamó inmediatamente mi atención.

Todos los depósitos terminaban en el mismo fideicomiso.

—Déjeme verlo.

Tomé la carpeta.

Revisé las primeras hojas.

Después las siguientes.

Hasta que encontré el nombre del administrador.

Sentí un escalofrío.

—No puede ser…

Julián se acercó.

—¿Qué encontró?

Señalé una firma.

—El administrador del fideicomiso es Arturo Castañeda.

El despacho quedó completamente en silencio.

Octavio bajó la cabeza.

Era la primera vez en toda la noche que evitaba mirar a alguien.

Julián dio media vuelta.

—¿Dónde está Barragán?

Dos agentes ya lo tenían sujeto.

—Aquí.

El comandante se acercó hasta quedar frente a él.

—Tiene una oportunidad para empezar a colaborar.

Octavio sonrió con una tranquilidad que resultaba inquietante.

—Aunque me encierren, no van a encontrarlo.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque cuando ustedes lleguen… él ya habrá desaparecido otra vez.

Aquellas palabras hicieron que Julián sacara inmediatamente su teléfono.

—Centro de mando.

Necesito ubicación inmediata de Arturo Castañeda.

Prioridad máxima.

Mientras hablaba, otro agente apareció corriendo desde el garaje.

—¡Comandante!

Todos volteamos.

—Acabamos de revisar las cámaras de seguridad de la casa.

—¿Y?

—Hace exactamente cuarenta minutos salió una camioneta negra.

El conductor llevaba una gorra y cubrebocas.

Pero antes de irse entró directamente al despacho de Octavio durante ocho minutos.

Julián miró la hora.

—Eso fue mientras nosotros veníamos en camino.

El agente asintió.

—Sí.

El comandante respiró profundamente.

—Envíen la placa a todas las patrullas.

Cierren las salidas hacia Toluca y Querétaro.

Octavio soltó una carcajada.

—Van tarde.

Siempre llegan tarde.

No respondí.

Solo observé el escritorio vacío.

Había algo que no terminaba de encajar.

Durante treinta y un años aprendí que el dinero dejaba rastros.

Siempre.

Incluso cuando alguien intentaba borrarlos.

Recorrí lentamente el despacho.

Había libreros de caoba.

Una colección de relojes.

Botellas de whisky.

Reconocimientos empresariales.

Todo cuidadosamente acomodado.

Demasiado cuidadosamente.

Me acerqué a una fotografía familiar.

Octavio aparecía sonriendo junto a Renata y Emiliano durante unas vacaciones.

Algo llamó mi atención.

La fotografía estaba ligeramente inclinada.

La retiré de la pared.

Detrás había un pequeño compartimento metálico.

—Julián.

El comandante se acercó.

Dentro solo había una memoria USB.

Nada más.

La entregué usando un pañuelo.

—No la conecten aquí.

Puede estar protegida.

Uno de los peritos digitales la guardó inmediatamente en una bolsa de evidencia.

—La analizaremos en el laboratorio.

En ese instante sonó el teléfono del comandante.

Escuchó durante varios segundos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Está seguro?

Colgó lentamente.

Todos esperábamos.

—Encontraron la camioneta.

—¿Y Arturo?

Julián negó con la cabeza.

—La camioneta apareció abandonada en un estacionamiento privado.

No hay conductor.

No hay cámaras útiles.

No hay rastro de él.

Octavio volvió a sonreír.

—Se los dije.

Pero aquella sonrisa apenas duró unos segundos.

El teléfono del perito informático comenzó a sonar casi al mismo tiempo.

Miró la pantalla.

Después abrió mucho los ojos.

—Comandante…

Acabamos de hacer una copia rápida del contenido de la USB.

Julián levantó la vista.

—¿Qué tiene?

El perito tragó saliva.

—Más de cuatro mil archivos.

Contratos.

Transferencias.

Grabaciones.

Y una carpeta titulada “Protección”.

—Ábrala.

El especialista dudó unos segundos.

—Creo que primero debería ver esto.

Conectó el equipo portátil.

En la pantalla apareció una lista de videos.

Cada uno tenía una fecha.

Un nombre.

Y un cargo público.

Jueces.

Notarios.

Funcionarios fiscales.

Mandos policiales.

Empresarios.

Al lado de cada nombre aparecía una palabra.

“Pagado”.

El laboratorio improvisado quedó completamente en silencio.

El perito abrió el primer video.

En la pantalla apareció Arturo Castañeda entregando un maletín negro a un funcionario dentro del estacionamiento subterráneo de un edificio gubernamental.

La fecha era de diecinueve años atrás.

Julián observó el video sin pestañear.

Después me miró.

—Ernesto…

Esto ya no pertenece únicamente a la Fiscalía estatal.

Asentí lentamente.

Sabía exactamente lo que significaba.

Aquella memoria no solo podía destruir a Octavio Barragán.

Podía derrumbar una red de corrupción construida durante dos décadas.

Pero justo cuando el perito iba a abrir el segundo archivo, la pantalla del portátil se volvió completamente negra.

Durante un segundo nadie entendió qué ocurría.

Luego apareció una única línea de texto blanco.

“SI ESTÁN VIENDO ESTO… YA ES DEMASIADO TARDE.”

Y, antes de que alguien pudiera desconectar el equipo, comenzó una cuenta regresiva de sesenta segundos.

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