PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS DESPRECIARON TERMINÓ SALVANDO EL IMPERIO

Mateo salió del hospital con la misma mochila vieja con la que había llegado.

Llevaba el uniforme manchado de sangre.

La suya.

Y la de Don Alejandro.

Nadie fue a darle las gracias.

Carlos permanecía junto a la puerta de la UCI convencido de que aquel muchacho había provocado el ataque de su padre.

—No quiero volver a verlo cerca de esta empresa.

Mateo solo bajó la cabeza.

—Como usted diga.

Se marchó sin mirar atrás.

Horas más tarde, el cardiólogo salió de la sala de operaciones.

—El paciente está fuera de peligro.

Carlos respiró aliviado.

—Gracias, doctor.

El médico negó lentamente.

—Agradezca al joven que le practicó la reanimación.

Carlos frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Si hubieran esperado dos minutos más, su padre habría sufrido un daño cerebral irreversible.

El silencio cayó sobre el pasillo.

El doctor continuó.

—Las compresiones fueron prácticamente perfectas. Eso mantuvo el flujo sanguíneo hasta nuestra llegada.

Carlos sintió un nudo en el estómago.

—¿Dónde está ese empleado?

Nadie lo sabía.

Al día siguiente, Don Alejandro recuperó la conciencia.

Lo primero que hizo fue mirar alrededor.

—¿Dónde está el muchacho?

Carlos respondió en voz baja.

—Lo despedí.

El anciano abrió los ojos con incredulidad.

—¿Despediste al hombre que me salvó la vida?

Carlos intentó justificarse.

—Pensé que…

—Pensaste mal.

Don Alejandro golpeó la cama con la poca fuerza que tenía.

—Tráelo inmediatamente.

Mientras tanto, Mateo estaba en el hospital público acompañando a su madre.

Acababa de vender su motocicleta para comprar las medicinas que faltaban.

En ese momento recibió una llamada.

—¿Señor Mateo?

—Sí.

—Le hablamos de Corporación Alejandro.

Creemos que debemos pedirle disculpas.

Él guardó silencio.

Dos horas después regresó a la empresa.

Todos los empleados estaban reunidos en el vestíbulo principal.

Don Alejandro apareció caminando lentamente con ayuda de un bastón.

Se detuvo frente a Mateo.

Sin decir una palabra, inclinó ligeramente la cabeza.

Toda la oficina quedó paralizada.

Jamás habían visto al presidente disculparse con un empleado.

—Te humillé delante de todos.

Su voz estaba quebrada.

—Y aun así elegiste salvarme.

Mateo respondió con serenidad.

—No veía a un jefe.

Veía a una persona que necesitaba ayuda.

Don Alejandro asintió emocionado.

—Hoy me has dado una lección que el dinero nunca pudo comprar.

Se volvió hacia todos los presentes.

—A partir de este momento, Mateo queda reincorporado.

Hizo una pausa.

—Y trabajará directamente conmigo.

Los directivos comenzaron a murmurar.

Carlos apretó los puños.

No podía aceptar aquella decisión.

Entonces la directora de Recursos Humanos entró apresuradamente.

Traía una carpeta marcada como Confidencial.

—Señor presidente… durante la investigación interna descubrimos algo muy grave.

Dejó varios documentos sobre la mesa.

No hablaban de Mateo.

Hablaban de Carlos.

Durante años había desviado millones de dólares de la empresa utilizando proveedores ficticios.

Don Alejandro levantó lentamente la vista hacia su hijo.

Carlos retrocedió un paso.

—Papá… puedo explicarlo.

Pero antes de que pudiera decir una palabra más, Mateo reconoció uno de los nombres que aparecían en las facturas falsas.

Su rostro cambió por completo.

Aquel supuesto proveedor pertenecía al mismo pueblo donde había nacido.

Y quien figuraba como propietario… era el hombre que todos en la región conocían como su padre, fallecido hacía diez años.

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