PARTE 2
La lluvia golpeó con fuerza los cristales.
Un relámpago iluminó el rostro de Mateo.
Julián sonrió con arrogancia.
—¿De verdad vas a enfrentarte a mí por unas plantas viejas?
La madre de Mateo cayó de rodillas junto a la maceta rota.
Con manos temblorosas intentó recoger la tierra húmeda.
Las lágrimas caían sobre las raíces arrancadas.
Mateo sintió que toda la rabia acumulada durante años explotaba en su interior.
Se acercó lentamente a Julián.
—Sal de esta casa.
Ahora.
Julián soltó una carcajada.
—¿Y quién va a obligarme?
Empujó a Mateo con el hombro.
Fue un error.
Mateo lo sujetó del brazo y lo apartó de un solo movimiento.
Julián perdió el equilibrio y cayó contra la mesa del comedor.
Los platos estallaron contra el suelo.
Durante unos segundos, ambos quedaron frente a frente.
Ninguno apartó la mirada.
Entonces la anciana gritó con todas las fuerzas que le quedaban.
—¡Basta!
Los dos hombres se giraron.
La mujer señalaba un viejo armario de madera.
—Ya hicieron suficiente daño.
Saquen la carta.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué carta?
Con manos temblorosas, la anciana abrió un compartimento oculto detrás de un cajón.
Sacó un sobre amarillento cerrado con cera.
—Su padre me pidió que solo la entregara cuando esta familia estuviera a punto de destruirse.
Mateo rompió el sello.
Comenzó a leer en voz alta.
“Si estás leyendo estas líneas, significa que alguien volvió a dividir a nuestra familia por la ambición.”
El silencio invadió la habitación.
La carta continuaba.
“Quien intente quedarse con esta casa mediante engaños perderá cualquier derecho sobre la herencia que dejé protegida.”
Julián dejó de sonreír.
Mateo levantó lentamente la vista.
—¿Qué significa esto?
La anciana señaló otra hoja dentro del sobre.
Era un plano de la finca.
En él aparecía marcada una pequeña construcción detrás del invernadero.
—Tu padre nunca dejó allí herramientas.
Guardó algo mucho más importante.
Los tres salieron bajo la lluvia.
Caminaron hasta el viejo cobertizo.
Mateo retiró unas tablas podridas del suelo.
Debajo apareció una caja metálica completamente sellada.
Dentro había escrituras originales, registros bancarios y un cuaderno escrito por el padre de Mateo durante sus últimos años de vida.
Pero también había otra carpeta.
En la portada solo podía leerse un nombre.
“JULIÁN”.
El rostro del cuñado perdió todo el color.
Mateo abrió lentamente la carpeta.
La primera página contenía una investigación privada con fechas, fotografías y transferencias bancarias.
La última hoja terminaba con una frase escrita por su padre.
“Si algún día Julián intenta enfrentar a esta familia, es porque ya descubrió que fui yo quien averiguó el verdadero motivo por el que se acercó a mi hija. Nunca la amó. Solo buscaba lo que está enterrado en esta propiedad.”

Julián retrocedió un paso.
Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, el miedo apareció claramente en sus ojos.