Mateo sostuvo el bolígrafo durante varios segundos.
Sus manos no dejaban de temblar.
Miró a Valeria con los ojos llenos de miedo.
—¿De verdad te quedarás conmigo si firmo?
Ella no respondió de inmediato.
Solo dejó el documento sobre la mesa.
—Primero demuestra que eres capaz de decir la verdad.
Mateo cerró los ojos.
Después firmó.
La tinta apenas terminó de secarse cuando el timbre de la mansión sonó con fuerza.
Tres golpes secos.
Valeria respiró profundamente.
—Han llegado.
La puerta principal se abrió.
Varios agentes de policía entraron acompañados por un fiscal.
Mateo comprendió al instante que todo había sido una trampa.
—Me utilizaste…

Valeria sostuvo la confesión sin mostrar ninguna emoción.
—No. Tú decidiste escribir la verdad con tu propia mano.
Uno de los agentes tomó el documento.
Pero el fiscal levantó la vista apenas terminó de leerlo.
—Aquí hay un problema.
Todos guardaron silencio.
—Esta confesión afirma que usted asesinó al padre de la señora Valeria.
Mateo bajó la cabeza.
—Así es.
El fiscal negó lentamente.
—Eso no coincide con las nuevas pruebas.
Valeria sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué quiere decir?
El fiscal colocó un informe forense sobre la mesa.
—Su padre no murió por el golpe que recibió aquella noche.
La habitación quedó completamente muda.
—Murió cuarenta y ocho horas después por una sobredosis de un medicamento que alguien sustituyó deliberadamente.
Mateo levantó la cabeza completamente desconcertado.
—Yo… jamás hice eso.
Valeria retrocedió un paso.
Durante años había vivido convencida de que Mateo era el único responsable.
Entonces escuchó un sollozo.
Su hermano menor apareció en la puerta del comedor.
Tenía el rostro empapado en lágrimas.
—Ya no puedo seguir callando.
Todos lo miraron.
—Papá seguía vivo cuando llegamos al hospital.
Su voz se quebró.
—Escuché a alguien discutir con el médico. Querían que nunca despertara porque iba a revelar quién había desviado millones de la empresa familiar.
El fiscal frunció el ceño.
—¿Reconociste esa voz?
El joven asintió lentamente.
Se giró hacia el retrato familiar que colgaba sobre la chimenea.
Señaló la fotografía de una mujer sonriente.
—Era mamá.
Valeria sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Su propia madre acababa de convertirse en la principal sospechosa del crimen que había destruido a toda la familia.
En ese instante, un coche arrancó violentamente fuera de la mansión.
Uno de los agentes corrió hacia la ventana.
—¡La señora acaba de huir!
El fiscal guardó la confesión de Mateo dentro de una carpeta.
—Parece que el verdadero culpable acaba de confirmar, con su huida, que esta historia nunca fue como todos creían.