El capitán Salgado guardó silencio al otro lado de la línea, como si estuviera esperando que yo comprendiera la gravedad de sus palabras.
—¿Está diciendo que alguien quiso incendiar la casa? —pregunté.
—No exactamente. La acumulación de gas estaba calculada para provocar una explosión cuando se activara una fuente de ignición.
Miré hacia la sala de Mariana.
Sofía estaba dormida en el sofá, con la pierna vendada y una manta hasta la barbilla. Incluso dormida mantenía una mano cerrada alrededor de mi blusa, como si temiera que yo también desapareciera.
—¿Qué fuente de ignición?
—El sistema automático de la cafetera.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Alejandro había preparado el café aquella mañana.
Él mismo había programado la cafetera antes de besarme en la frente y decir que regresaría por la noche.
—¿Están seguros?
—Encontramos marcas recientes en la conexión y restos de una herramienta en el regulador. Además, alguien desactivó el detector de gas del sótano.
Me apoyé contra la pared.
—Mi esposo dijo que iba al aeropuerto.
—Estamos verificándolo. Necesito que no lo confronte todavía.
—Está aquí, en casa de mi hermana.
El silencio del capitán cambió.
—¿Está con usted ahora?
—Salió hace veinte minutos. Dijo que iría a reunirse con la aseguradora.
—Cierre las puertas. No le diga que hablamos. Enviaré una patrulla discreta.
Colgué con las manos heladas.
Durante años había interpretado la tranquilidad de Alejandro como seguridad. Nunca levantaba la voz en público. No rompía objetos. No amenazaba abiertamente. Su forma de controlar era más silenciosa.
Sabía qué documentos guardaba.
Qué cuentas revisaba.
A quién podía llamar.
Y qué versión de cada historia debía escuchar la gente.
Ahora esa calma tenía otro significado.
Mariana apareció detrás de mí.
—¿Qué pasó?
Le conté lo esencial.
Mi hermana no lloró ni gritó. Cerró la puerta con llave, bajó las persianas y tomó el teléfono.
—Voy a llamar a un abogado.
—No quiero que Alejandro sospeche.
—Valeria, alguien intentó volar una casa contigo y con tu hija adentro. Ya no estamos tratando de proteger su reputación.
Aquella frase me golpeó.
Yo había pasado demasiado tiempo preguntándome cómo evitar que Alejandro se enojara.
Nunca me había preguntado qué ocurriría si dejaba de protegerlo.
Una hora después llegó una abogada llamada Teresa Robles. Era una mujer de cabello corto y voz serena que no perdió tiempo con frases de consuelo.
—Necesito saber qué bienes, seguros y cuentas están a nombre de ambos.
—La casa era nuestra. Tenemos dos vehículos, una cuenta de ahorro y una póliza de vida.
—¿De cuánto?
—No lo recuerdo. Alejandro manejaba todo.
Teresa me miró con atención.
—Eso tiene que cambiar hoy.
Abrí la computadora de Mariana e intenté entrar al portal de la aseguradora. Mi contraseña ya no funcionaba.
Probé con el correo familiar.
Bloqueado.
La cuenta bancaria conjunta.
Bloqueada también.
—Cambió los accesos —dije.
Teresa anotó algo.
—¿Cuándo fue la última vez que pudo entrar?
—Hace dos semanas.
—Entonces los movimientos recientes son importantes.
Mariana recordó que yo había enviado copias de algunos documentos al correo de mi padre cuando solicitamos el crédito hipotecario. Buscamos durante casi una hora hasta encontrar una carpeta antigua con archivos escaneados.
Entre ellos apareció la póliza del inmueble.
La cobertura original era de tres millones de pesos.
Pero el documento tenía una modificación añadida seis meses atrás.
La cantidad había aumentado a once millones.
—Yo nunca firmé esto —dije.
Teresa amplió la página.
Mi firma aparecía debajo de la de Alejandro.
Era parecida.
Lo bastante parecida para engañar a alguien que no me conociera.
Pero la inclinación de las letras era incorrecta.
—¿Su esposo tenía acceso a su firma digital? —preguntó.
—Sí. La usamos para unos trámites de la empresa.
Mariana golpeó la mesa.
—Ese desgraciado aumentó el seguro.
Teresa siguió leyendo.
La beneficiaria inicial era la cuenta conjunta.
Sin embargo, tres meses antes de la explosión se había registrado una modificación.
Ocho millones serían depositados en una cuenta empresarial vinculada a una sociedad llamada Proyectos Albor.
Nunca había escuchado ese nombre.
—¿Alejandro tiene una empresa con ese nombre?
—No que yo sepa.
Teresa buscó el registro mercantil.
La sociedad había sido creada diez meses antes.
Alejandro aparecía como administrador suplente.
La administradora principal era otra persona.
Mariana Ortega.
Mi hermana dejó de respirar.
—Eso es imposible.
La miré.
—¿Qué?
—Yo nunca he abierto ninguna empresa.
Teresa giró la pantalla hacia ella.
El nombre completo de Mariana aparecía junto a su número de identificación y una dirección antigua.
—Han usado tus datos —dije.
Mi hermana negó lentamente.
—Solo Alejandro tenía copias de esos documentos.
Recordé una cena de Navidad, dos años antes. Alejandro había ofrecido ayudar a Mariana con una solicitud de crédito. Le pidió comprobantes, identificaciones y firmas.
Ella confió en él.
Todos confiamos.
Teresa descargó el historial de la sociedad.
Había recibido transferencias por casi ocho millones de pesos antes de la explosión.
Pagos fraccionados.
Servicios de construcción inexistentes.
Consultorías.
Anticipos.
Dinero que salía de nuestras cuentas y terminaba en una empresa falsa a nombre de mi hermana.
—Aquí están los ocho millones desaparecidos —dijo Teresa—. Si alguien investigaba, la responsable aparente sería Mariana.
Mi hermana se levantó.
—Quería culparme.
—O utilizarla como pantalla —respondió la abogada—. Pero falta saber quién controla realmente la cuenta.
En ese momento escuchamos un automóvil detenerse afuera.
Sofía se despertó sobresaltada.
—Es papá.
Alejandro entró con dos bolsas de comida y una expresión cansada cuidadosamente ensayada.
—Pensé que necesitarían cenar.

Sus ojos recorrieron la sala.
Vio a Teresa.
Vio la computadora abierta.
Y se detuvo.
—¿Quién es ella?
—Una amiga de Mariana —respondí.
Él sonrió, pero no llegó a sus ojos.
—No sabía que recibiríamos visitas.
Se acercó a Sofía.
Mi hija se escondió detrás de mí.
—Princesa, papá quiere abrazarte.
—No.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—No quiero que me toques.
El silencio se volvió insoportable.
Él me miró.
—¿Qué le has dicho?
—Nada.
—Los niños no inventan ese miedo solos.
—Tienes razón —respondí—. Lo aprenden.
Por un instante vi algo detrás de su máscara.
No culpa.
Cálculo.
Dejó las bolsas sobre la mesa.
—Valeria, necesito hablar contigo en privado.
—Aquí está bien.
—No.
Teresa se levantó.
—La señora no tiene obligación de quedarse a solas con usted.
Alejandro la observó con atención.
—Usted no es amiga de Mariana.
Nadie respondió.
Él tomó su teléfono.
—Entonces supongo que ya llamaron a la policía.
Sofía volvió a aferrarse a mí.
—¿Por qué dirías eso? —pregunté.
Alejandro sonrió con tristeza.
—Porque sé cómo se ve todo.
—¿Cómo se ve?
—Como si yo hubiera provocado la explosión.
Su respuesta llegó demasiado rápido.
Teresa lo notó.
Yo también.
—¿Por qué pensaríamos eso?
Alejandro abrió la boca, pero el sonido de una patrulla estacionándose frente a la casa interrumpió la conversación.
Dos agentes bajaron del vehículo.
La sonrisa de Alejandro desapareció.
Entonces su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Un mensaje.
Solo alcancé a ver el nombre del remitente antes de que lo ocultara.
Mariana.
Volví lentamente la mirada hacia mi hermana.
Ella estaba a mi lado.
Su teléfono permanecía sobre la mesa.
Alejandro retrocedió hacia la puerta.
Teresa alzó la voz.
—No salga.
Pero él ya había abierto.
Antes de cruzar el umbral, miró directamente a Mariana.
—Diles la verdad.
Mi hermana se puso pálida.
—¿Qué verdad?
Alejandro levantó su teléfono.
—La cuenta no está solo a tu nombre.
Los policías se acercaban.
Sofía comenzó a llorar.
Y entonces Teresa abrió el último documento de la sociedad.
Debajo de la firma de Alejandro aparecía una segunda autorización manuscrita.
La letra era idéntica a la de mi hermana.
Mariana miró el papel.
Después me miró a mí.
—Valeria, te juro que yo no firmé eso.
Quise creerle.
Pero antes de poder responder, Sofía habló desde detrás de mí.
—Tía Mariana sí estuvo en nuestra casa esa noche.
Todos nos volvimos hacia ella.
Mi hija temblaba.
—La vi en el sótano con papá.
Mariana dejó caer el teléfono.
Y en la pantalla encendida apareció una conversación eliminada que acababa de recuperarse automáticamente.
El último mensaje enviado a Alejandro decía:
“Asegúrate de que Valeria no salga antes de la explosión.”