PARTE 2
—¡No disparéis! —ordenó de pronto el hombre de la túnica.
Su voz resonó con tanta autoridad que todos los mercenarios bajaron ligeramente sus armas.
La anciana abrió los ojos.
El perro seguía gruñendo frente a Mateo, protegiéndolo con su enorme cuerpo. Sus ojos oscuros parecían vigilar cada movimiento dentro del almacén.
—¿Qué quieren de mi nieto? —preguntó ella, abrazándolo con desesperación.
El líder de los hombres armados avanzó lentamente.
—Ese niño lleva algo que nos pertenece.
Mateo escondió la mano dentro de su camisa. Del cuello le colgaba un pequeño medallón de metal que su abuela le había entregado años atrás.
El misterioso hombre lo vio y su expresión cambió por completo.
—¿Quién te dio ese símbolo?
La anciana se puso pálida.
—Era de mi esposo.
El desconocido se acercó con cautela.
—Su esposo no murió en un accidente.
Aquellas palabras golpearon a la mujer como una brutal bofetada.
—Eso es mentira.
—Él protegía este medallón —continuó el hombre—. Contiene la ubicación de documentos capaces de destruir a una poderosa organización criminal.
El líder armado levantó nuevamente la mano.
—Entréganos al niño y todos saldréis vivos.
El perro mostró los dientes.
—No volveré a pedirlo —amenazó el mercenario.
Mateo comenzó a llorar.
—Abuela, tengo miedo.
Ella se arrodilló y sostuvo su rostro entre las manos.
—No permitiré que nadie vuelva a separarnos.
El hombre de la túnica observó al animal.
—Rex, protege al heredero.
El perro ladró con una fuerza estremecedora.
En ese instante, las luces del almacén se apagaron.
Se escucharon gritos, pasos acelerados y disparos contra las paredes. La anciana cubrió al niño mientras el desconocido se enfrentaba a los atacantes en medio de la oscuridad.
Cuando la iluminación de emergencia se encendió, varios hombres estaban desarmados en el suelo.
El líder sostenía a la anciana por detrás.
—¡Dame el medallón o ella morirá!
Mateo miró al perro y después a su abuela.
Sacó lentamente el objeto de su cuello.
—¡No se lo entregues! —gritó ella.
El niño lanzó el medallón hacia el centro del almacén.
Todos corrieron para atraparlo.
Pero Rex saltó primero y lo sujetó entre sus dientes.
El mercenario soltó a la anciana para apuntar contra el animal.
Antes de que pudiera disparar, el hombre de la túnica lo derribó de un solo golpe.
Pocos minutos después, se escucharon sirenas en el exterior.
Los mercenarios intentaron huir, pero las autoridades ya habían rodeado el edificio.
La anciana abrazó a Mateo mientras Rex depositaba cuidadosamente el medallón en sus manos.
—¿Quién es usted realmente? —preguntó ella al misterioso salvador.
El hombre se quitó lentamente la capucha.
La anciana retrocedió horrorizada.
Aquel rostro era idéntico al de su esposo desaparecido.
—No puede ser…
El desconocido la miró con lágrimas contenidas.
—Soy su hermano.
Ella sintió que el mundo se detenía.
—Entonces sabes dónde está mi marido.
El hombre miró hacia la puerta del almacén.

—Está vivo.
Mateo abrió los ojos con sorpresa.
—¿Dónde está mi abuelo?
El hombre señaló al líder capturado.
—Encerrado en una propiedad que pertenece a ese sujeto.
El criminal comenzó a reír.
—Llegáis demasiado tarde.
El misterioso hombre lo agarró del cuello de la chaqueta.
—¿Qué has hecho?
El mercenario mostró una sonrisa cruel.
—Cuando el reloj marque la medianoche, nadie volverá a encontrarlo.
La anciana miró el reloj de la pared.
Faltaban solamente treinta minutos.