PARTE 2
Ninguno de los guardaespaldas respondió al desafío.
Diego permaneció inmóvil bajo la lluvia, observando cómo la arrogancia de Mateo se desmoronaba frente a todos.
—¿Qué estáis esperando? —rugió Mateo—. ¡Os pago para que me defendáis!
Uno de sus hombres bajó la mirada.
—Nos paga para protegerlo, señor. No para participar en una venganza personal.
Aquella respuesta fue peor que otro golpe.
Mateo levantó una mano temblorosa y señaló a Diego.
—Ese hombre robó documentos confidenciales de mi empresa.
La multitud comenzó a murmurar.
Diego introdujo una mano dentro de su chaqueta mojada y sacó una carpeta protegida por una funda transparente.
—No robé nada —respondió—. Recuperé lo que pertenecía a mi familia.
Mateo palideció.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explica por qué la firma de mi padre aparece en los documentos originales de constitución.
Diego abrió la carpeta.
Mostró contratos, fotografías y antiguos registros bancarios. En todos ellos figuraba el nombre de Julián Herrera, su padre.
El mismo hombre que, según la versión oficial, había abandonado la ciudad veinte años atrás después de robar dinero de la compañía.
—Tu padre era un delincuente —escupió Mateo—. Mi familia tuvo que salvar la empresa después de su traición.
Una voz firme surgió entre la multitud.
—Eso es mentira.
Un anciano avanzó apoyándose en un bastón.
Mateo lo reconoció de inmediato.
Era Ernesto, el antiguo contable de la empresa familiar, despedido años atrás por supuestas irregularidades.
—Usted no debería estar aquí —murmuró Mateo.
Ernesto sonrió con amargura.
—Durante veinte años guardé silencio por miedo a tu padre. Ya no pienso hacerlo más.
El anciano explicó que Julián había creado la tecnología que convirtió la pequeña compañía en un imperio. Sin embargo, el padre de Mateo falsificó documentos, transfirió las acciones y lo acusó de desviar fondos.
—Julián intentó denunciarlo —continuó Ernesto—. Una semana después desapareció.
Diego apretó los puños.
—Mi madre murió creyendo que él nos había abandonado.
Mateo negó con desesperación.
—No tengo nada que ver con lo que hicieron nuestros padres.
—Hace tres meses encontraste estos documentos —respondió Diego—. Y ordenaste destruirlos.
Uno de los guardaespaldas retrocedió.
Diego lo señaló.
—Él estaba presente cuando diste la orden.
Todos miraron al hombre.
El guardaespaldas dudó unos segundos antes de hablar.
—El señor Mateo nos pidió entrar en la antigua oficina del fundador y quemar todas las cajas.
Mateo se abalanzó sobre él.
—¡Traidor!
Diego se interpuso sin necesidad de golpearlo.
—Ya perdiste. Deja de actuar como si todavía pudieras controlar a todos.
Las sirenas comenzaron a escucharse al final de la calle.
Mateo volvió la cabeza con pánico.
Varias patrullas se acercaban al callejón.
—¿Llamaste a la policía? —preguntó.
Diego negó lentamente.
—Llamé a la fiscalía financiera.
Las pruebas no solo demostraban la traición contra Julián. También revelaban que Mateo había falsificado balances, ocultado deudas y utilizado empresas fantasma para mantener una imagen de riqueza.
Su supuesto imperio estaba al borde de la quiebra.
—No puedes destruir a cientos de trabajadores por una venganza familiar —dijo Mateo.
—Fuiste tú quien puso sus empleos en peligro —respondió Diego—. Yo entregué un plan para salvar la empresa sin dejarte al mando.
Los agentes entraron al callejón.
Mateo intentó recuperar su tono arrogante.
—Soy el presidente de una de las compañías más importantes de la ciudad. No podéis tratarme como a un criminal.
La fiscal que encabezaba el operativo le mostró una orden.
—Precisamente por su posición, sus delitos afectaron a miles de personas.
Los agentes comenzaron a revisar sus documentos.
Mateo miró a Diego con odio.
—Todo esto ocurrió porque te despedí.
—Me despediste porque descubrí que mi padre era el verdadero fundador.

—Te di trabajo cuando no eras nadie.
Diego se acercó hasta quedar frente a él.
—Yo siempre fui alguien. Solo necesitabas creer que era inferior para sentirte poderoso.
La fiscal ordenó detener a Mateo por destrucción de pruebas, fraude corporativo y amenazas contra testigos.
Cuando le colocaron las esposas, sus guardaespaldas se apartaron definitivamente.
Nadie intentó defenderlo.
El hombre que minutos antes presumía de poder fue conducido hacia una patrulla bajo la lluvia, con el traje cubierto de barro y su dinero incapaz de comprar un solo gesto de lealtad.
Antes de subir al vehículo, se volvió hacia Diego.
—Mi padre jamás habría permitido que esto ocurriera.
Ernesto levantó la cabeza.
—Tu padre no puede protegerte.
Mateo soltó una sonrisa amarga.
—Eso creéis vosotros.
En ese instante, el teléfono de la fiscal comenzó a sonar.
Escuchó durante unos segundos y su expresión cambió por completo.
—Han encontrado a Julián Herrera.
Diego quedó paralizado.
—¿Mi padre está vivo?
La fiscal guardó silencio antes de responder.
—Sí. Pero no estaba escondiéndose de la familia de Mateo.
Sacó una fotografía enviada por los investigadores.
En ella aparecía Julián dentro de una mansión extranjera, sentado junto al padre de Mateo.
Ambos sonreían frente a varios contratos recientes.
Diego sintió que la verdad volvía a derrumbarse bajo sus pies.
Su padre no había sido únicamente la víctima de aquella traición.
Durante años había seguido haciendo negocios en secreto con el hombre que supuestamente había destruido su vida.