PARTE 2
Los golpes contra la puerta principal hicieron temblar toda la mansión.
—¡Policía! ¡Abran inmediatamente!
La mujer miró desesperadamente hacia las ventanas.
Durante unos segundos pensó en huir, pero Lucas se colocó delante de su abuelo con el teléfono todavía entre las manos.
—No vas a escapar.
Ella soltó una risa nerviosa.
—No entiendes nada, niño. Tu abuelo está enfermo y se hace daño él solo.
El anciano bajó la mirada.
Aquella mentira le resultaba demasiado conocida.
La mujer llevaba años repitiéndola delante de médicos, vecinos y familiares. Cada vez que alguien preguntaba por sus marcas, ella aseguraba que sufría caídas frecuentes debido a su edad.
La puerta fue derribada.
Dos agentes entraron acompañados por una paramédica.
—¡No se acerquen! —gritó la madrastra—. El anciano es agresivo y está confundido.
Lucas levantó el teléfono.
—Tengo fotografías.
Mostró imágenes tomadas aquella misma tarde.
En ellas aparecía la habitación del abuelo sin calefacción, un plato vacío sobre el suelo y varios medicamentos escondidos dentro del armario de la mujer.
La paramédica se arrodilló junto al anciano.
—Señor, ¿puede decirme su nombre?
Él intentó responder, pero apenas tenía fuerzas.
Uno de los agentes miró a la mujer.
—¿Por qué no ha recibido atención médica?
—Se negaba a comer y a tomar sus pastillas.
Lucas negó con indignación.
—¡Ella no se las daba!
La policía pidió revisar la casa.
Dentro del dormitorio de la mujer encontraron tarjetas bancarias, documentos de la pensión del anciano y varios recibos de compras costosas.
También hallaron una carpeta con una solicitud para declararlo incapaz legalmente.
—Esto no demuestra ningún delito —protestó ella—. Yo administraba sus asuntos porque él me lo pidió.
El anciano levantó lentamente una mano.
—Nunca… te di permiso.
La mujer palideció.
Era la primera vez que él se atrevía a contradecirla delante de otras personas.
—Está confundido —insistió ella.
Lucas corrió hacia una estantería.
—Abuelo, ¿dónde escondiste la grabadora?
El anciano señaló débilmente un viejo reloj.
Un agente retiró la parte trasera y encontró un pequeño dispositivo de sonido.
Lucas lo había colocado allí dos semanas antes, después de escuchar a su madrastra amenazar al anciano.
La grabación comenzó a reproducirse.
—Si hablas con alguien, te dejaré sin comida durante tres días —decía la voz de la mujer—. Nadie creerá a un viejo enfermo antes que a mí.
Después se escuchó otra voz masculina.
—Necesitamos que firme pronto. La casa vale demasiado para esperar.
Lucas frunció el ceño.
—¿Quién es ese hombre?
La madrastra intentó arrebatar la grabadora, pero los agentes la detuvieron.
—No sé quién es —mintió.
El abuelo comenzó a llorar.
—Es mi hijo.
Lucas sintió que el pecho se le cerraba.
El hombre de la grabación era su propio padre, quien llevaba meses afirmando que trabajaba fuera de la ciudad.
—¿Mi papá sabía lo que pasaba?
El anciano cerró los ojos.
—Él organizó todo.
La madrastra ya no era únicamente una agresora actuando por su cuenta.
El hijo del anciano le había pedido que debilitara a su padre hasta conseguir que firmara la cesión de la mansión y de todas sus cuentas.
A cambio, ambos compartirían el dinero.
Lucas retrocedió horrorizado.
—Pero papá me dijo que tú no querías verlo.
—Me quitó el teléfono —explicó el abuelo—. También prohibió que saliera de esta casa.
La mujer comenzó a reír con amargura.
—No me culpen solo a mí. Su hijo fue quien decidió que el viejo ya no servía para nada.
Los agentes le colocaron las esposas.
La paramédica pidió una ambulancia para trasladar al anciano al hospital.
Antes de salir, Lucas recogió una fotografía familiar caída sobre la alfombra.
En ella aparecía su padre abrazando al abuelo durante un cumpleaños.
El niño no podía comprender cómo aquella sonrisa se había convertido en una traición tan cruel.
—¿Van a detener también a mi papá? —preguntó.
Uno de los policías asintió.
—Primero tendremos que encontrarlo.
En ese instante, el teléfono de la madrastra comenzó a sonar.
La pantalla mostraba el nombre del padre de Lucas.

El agente contestó y activó el altavoz.
—¿Ya firmó el viejo? —preguntó la voz masculina—. El comprador llegará mañana por la mañana.
Todos guardaron silencio.
—¿Hola? —insistió el hombre.
Lucas tomó el teléfono.
—Papá, la policía está aquí.
La llamada quedó muda durante varios segundos.
—Lucas, escúchame. Esa mujer te está confundiendo.
—El abuelo nos contó la verdad.
La voz de su padre cambió.
—No sabes lo que estás haciendo. Esa casa nos pertenece.
—No —respondió el niño—. La casa es del abuelo.
La llamada terminó abruptamente.
Los agentes rastrearon el número y enviaron una patrulla hacia un hotel de la carretera.
Horas después, el padre de Lucas fue detenido cuando intentaba abandonar la ciudad.
El anciano recibió atención médica y comenzó a recuperarse lentamente.
Sin embargo, antes de prestar declaración, pidió hablar a solas con su nieto.
Sacó una pequeña llave que llevaba escondida dentro del calcetín.
—Tu padre no quería solamente esta mansión.
Lucas la observó con inquietud.
—¿Qué abre?
—Una caja de seguridad que pertenece a nuestra familia desde hace cuarenta años.
Dentro encontraron documentos, fotografías y una antigua libreta de cuentas.
El nombre del padre de Lucas aparecía en varias páginas.
Pero no estaba solo.
Junto a él figuraban jueces, médicos y empleados bancarios que ayudaban a declarar incapaces a personas mayores para apropiarse de sus propiedades.
Lucas miró a su abuelo con horror.
—¿Hay más ancianos pasando por lo mismo?
El hombre asintió con lágrimas en los ojos.
La llamada del niño no había salvado únicamente a su abuelo.
También había descubierto una red que llevaba años destruyendo familias enteras desde las sombras.