Alejandro sacó uno de los frascos de la bolsa.
Seguía completamente sellado.
Luego otro.
Y otro más.
Todos tenían la fecha de esa misma semana.
Miró a Karina.
—¿Por qué mi mamá no está tomando sus medicamentos?
Ella cruzó los brazos.
—A veces los escupe cuando me doy la vuelta.
Alejandro no respondió.
Abrió un cajón de la cómoda.
Encontró más cajas.
Todas intactas.
Aquello no era un olvido.
Era un patrón.
Esa misma tarde llamó al neurólogo que llevaba dos años tratando a doña Elena.
El doctor Ramírez llegó menos de una hora después.
Revisó cuidadosamente a la anciana.
Los moretones.
La deshidratación.
La pérdida de peso.
Y finalmente la medicación.
Su expresión cambió por completo.
—¿Desde cuándo dejó de tomar estos medicamentos?
Alejandro negó con la cabeza.
—Yo los compro cada semana.

Pensé que Karina se los administraba.
El médico levantó lentamente varios frascos.
—Si hubiera pasado otra semana más…
Miró directamente a Alejandro.
—Probablemente estaríamos hablando de un deterioro irreversible.
El silencio cayó sobre toda la habitación.
Karina dio un paso adelante.
—Doctor, usted no entiende.
Ella es muy difícil.
A veces los rechaza.
El médico señaló la bolsa.
—Estos envases nunca fueron abiertos.
No fueron rechazados.
Nunca fueron administrados.
Karina dejó de hablar.
Aquella noche Alejandro instaló discretamente cámaras nuevas en la habitación de su madre y en la cocina.
No dijo absolutamente nada.
Actuó como si creyera todas las explicaciones de Karina.
Incluso le pidió perdón por haber dudado de ella.
Ella sonrió.
Pensó que todo había terminado.
No sabía que cada movimiento quedaría grabado.
A la mañana siguiente Alejandro salió de casa como de costumbre.
Esperó exactamente veinte minutos.
Luego abrió la aplicación de las cámaras.
Karina entró en la habitación.
No saludó a doña Elena.
Simplemente tomó los medicamentos.
Los dejó sobre la mesa.
Esperó unos segundos.
Y los volvió a guardar sin abrirlos.
Después acercó un vaso de agua helada.
Sin decir una palabra…
Lo vació lentamente sobre el pecho de la anciana.
Doña Elena comenzó a temblar.
—Por favor…
Tengo frío.
Karina respondió con una sonrisa.
—Mientras más rápido te mueras…
Más rápido se acaba este problema.
Alejandro sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Pero siguió grabando.
No regresó solo.
Llegó acompañado por dos policías y el doctor Ramírez.
Cuando Karina abrió la puerta todavía tenía el vaso en la mano.
Al ver a los agentes perdió completamente el color.
El médico fue directamente hacia la cama.
Cubrió inmediatamente a doña Elena con una manta térmica.
Después observó nuevamente los moretones.
—Necesita ser hospitalizada ahora mismo.
Los policías comenzaron a tomar fotografías.
Karina intentó impedirlo.
—¡Esto es un asunto familiar!
Uno de los agentes respondió con firmeza.
—No.
Es una posible investigación por violencia contra una persona vulnerable.
Mientras preparaban el traslado al hospital, Alejandro decidió revisar toda la casa.
No buscaba dinero.
Ni joyas.
Quería entender por qué Karina había llegado tan lejos.
Abrió un clóset del estudio.
Nada.
Luego otro.
Hasta que encontró una pequeña caja metálica escondida detrás de varias cobijas.
Dentro había documentos.
Muchos documentos.
Escrituras.
Copias certificadas.
Poderes notariales.
Y una carpeta con el nombre de su madre.
La abrió lentamente.
Su respiración se detuvo.
El primer documento era una valuación inmobiliaria reciente.
Correspondía a un terreno en San Ángel.
Valor estimado:
Noventa y cuatro millones de pesos.
Alejandro frunció el ceño.
Jamás había escuchado hablar de aquella propiedad.
Siguió leyendo.
El terreno pertenecía legalmente a doña Elena desde hacía más de treinta años.
Nadie en la familia lo sabía.
Ni siquiera él.
Entonces encontró otro documento.
Una solicitud para tramitar un poder general.
El nombre del representante aparecía claramente.
Karina Ruiz.
La firma atribuida a doña Elena era torpe.
Irregular.
Completamente distinta de la auténtica.
El notario figuraba como pendiente de ratificación.
Solo faltaba una cosa.
Que doña Elena compareciera personalmente.
Alejandro comprendió todo de golpe.
La falta de medicamentos.
El aislamiento.
El miedo.
Querían que pareciera incapaz.
Así sería mucho más fácil controlar su patrimonio.
Horas más tarde, en el hospital, doña Elena despertó un poco más lúcida gracias al tratamiento.
Miró a su hijo.
—Encontraste los papeles…
Él asintió lentamente.
—¿Por qué nunca me hablaste de ese terreno?
La anciana cerró los ojos unos segundos.
—Porque no era para mí.
—¿Entonces para quién?
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Era para ti.
Y para tus hijos.
Tu padre me pidió que jamás lo vendiera.
Hasta que llegara el momento correcto.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
Todo aquel sufrimiento…
Nunca había sido únicamente por crueldad.
Karina sabía perfectamente lo que buscaba.
Y mientras sostenía la mano de su madre, el teléfono vibró.
Era un mensaje del abogado de la familia.
Solo contenía una frase.
“Señor Ruiz, acabamos de descubrir que alguien presentó esta mañana una solicitud urgente para vender el terreno… utilizando un poder notarial firmado hace apenas cuarenta minutos.”